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El año pasado (1833), poco más o menos por idéntico tiempo, todo aquello que París encierra de curioso y de desocupado, corría a ver como a animales de una especie rara, a los cuatro indios Charrúas importados de la América del Sud por un especulador. Estos desdichados, que nosotros hemos visto morir fríamente de nostalgia entre un rinoceronte y una boa, están hoy día completamente olvidados, como los Osages de la restauración. Se podría disertar largamente sobre este asunto, aún cuando sólo fuese para señalar la desemejanza admirable que establece en la condición de los hombres que existe en el color de su piel, por más que en el siglo se precie de tener a todas las razas por iguales. Un negro es libre al poner el pie sobre el suelo de Francia: insensato sería el que intentara ganarse la vida al mercadearlo en las ferias a continuación de una colección ambulante de fieras; pero ¡un indio! Excepto una o dos voces que claman tímidamente en el desierto, sin entrar en los oídos del procurador de rey, todo el mundo encuentra eso perfectamente justo y natural. El indio no representa con exactitud más que otro cráneo para una colección frenológica, una mascarilla de yeso para la del Museo de Historia Natural y una disertación académica. Nos encontramos aún a este respecto en los primeros tiempos del descubrimiento de América. No obstante, no se trata de eso en este momento: mi intención no es observar la moral, demasiado fácil en este caso; pero, sí, de definir, en mi calidad de testigo ocular, a continuación de qué acontecimientos los cuatro Charrúas han terminado por llegar hasta nosotros a París.
Si los que los hicieron cantar, saltar, correr y arrojar el lazo hubiesen sabido que tenían bajo los ojos, en la persona de esos cuatro miserables, los últimos restos de una nación que ha ocupado en otro tiempo un territorio tan vasto como los dos tercios de Francia; que apretujada, rechazada por los cuatro costados por los europeos, ha sabido conservar siempre su libertad hasta el día de ayer en que ha sido enteramente exterminada, es probable que un poco de compasión los hubiere impresionado; porque todas las runas son conmovedoras, cuanto más oscuras sean ellas. Al mismo tiempo que esta nación de los Charrúas, han desaparecido los restos de otra más célebre: la de los Guaraníes, de la cual los Jesuitas han hecho familiar su nombre en Europa, y que han sido largo tiempo testimonio vivo de lo que puede el espíritu religioso unido a una profunda habilidad. Estos últimos jugarán, aún en mi reseña, un papel más importante que los Charrúas, que, bajo todos los aspectos, son menos interesantes.
Se sabe que las primeras Misiones de los Jesuitas en estas regiones, esas que se denominan todavía en la actualidad, aunque impropiamente, Misiones del Paraguay, fueron establecidas a fines del Siglo XVI (1580) entre el Paraná y el Uruguay, en un lugar donde esos dos ríos, aproximando sus cursos, no dejan entre sí más que un estrecho linde. El carácter apacible de la nación de los Guaraníes que habitaban estas hermosas tierras, y de aquellas que los Jesuitas confundieron más tarde bajo el mismo nombre, se prestó fácilmente al régimen que estos Padres quisieron establecer.
En pocos años, veinte pueblos conteniendo una población de cerca de ciento cincuenta mil almas, se elevaron y convirtiéronse en el entro de este imperio, sobre el cual se han relatado tantas fábulas.
No contentos de este triunfo, desde el comienzo del Siglo XVII los Jesuitas pasaron a la margen izquierda del Uruguay y reunieron en siete grandes pueblos cerca de setenta y cinco mil indios Tapes que, así mismo, tomaron el nombre de Guaraníes. Para distinguir este establecimiento del procedente, recibió el nombre de Siete Misiones, que siempre ha conservado desde entonces. Paso por alto el régimen bien conocido de estos establecimientos; régimen que se ha condenado sin apreciar su valor relativo, pero admirable en sus efectos, y del que la historia no ofrece otro ejemplo.
En 1752, cuando España y Portugal enviaron sobre el terreno, para determinar los límites de sus territorios respectivos, una comisión a la cual nosotros debemos la relación de Azara, que la integraba, la primera de estas potencias cedió a la otra las Siete Misiones que le pertenecían, en permuta de la Colonia del Sacramento. Los Jesuitas se opusieron a esta transacción, y aunque vencidos en una batalla campal donde quince centenas de sus indios quedaron sobre el suelo, las Siete Misiones continuaron formando parte del territorio español.
Algunos años más tarde, en 1767, tuvo lugar su expulsión, y con ella comenzó el aniquilamiento de las Misiones que fueron confiadas a las manos de otras órdenes religiosas. El espíritu creador y vivificante se había retirado. Este es un hecho en el que están contestes los enemigos más acérrimos de los Jesuitas. Diez años después, el número de indios había disminuido más de la mitad, y continúa debilitándose sin cesar.
Las cosas permanecieron en tal estado hasta el comienzo de este Siglo (1800), cuando habiendo estallado la guerra en Europa, entre España y Portugal, los brasileños de la provincia de Río Grande invadieron las Siete Misiones y se apoderaron de las mismas. En la actualidad ellas todavía forman parte del Brasil.
La revolución y los desórdenes que le han seguido, y que no han terminado aún, han concluido por asentar el golpe mortal a aquellas que forman parte del territorio español, es decir, que están situadas entre el Paraná y el Uruguay. Arrebatados de sus trabajos y de sus costumbres pacíficas, transformados en soldados o, más bien, en bandidos por el famoso Artigas ( aquí el autor transcribe la leyenda negra sobre Artigas que ya flotaba en nuestro recién creado Estado Oriental por los intereses espurios ya conocidos ) ; perseguidos en seguida y despiadadamente masacrados, ora por los Portugueses, ora por las tropas del doctor Francia, los desdichados Guaraníes han sido casi enteramente aniquilados.
Los veinte pueblos de que he hablado, incendiados, destruidos de arriba abajo, no ofrecen más que las paredes de las murallas, los restos de los templos y montones de escombros entre los cuales se han cultivado bosques de naranjos y de otros árboles frutales que han invadido las plazas, las calles y hasta el interior de los edificios, que han llegado a convertirse en la guardia de los jaguares y de los reptiles.
El pequeño número de familias indígenas escapadas de esta destrucción lamentable, han sido trasladadas violentamente hacia el territorio brasileño, o andan vagando hoy, de una a otra parte, dispersas, deplorando la pérdida de la hermosa tierra que ellos cultivaban, y siempre dispuestos a reunirse para retornar a los lugares de sus habitaciones. En ninguna parte, en una palabra, el hombre se ha encarnizado con tanto furor sobre las obras de la naturaleza y de la civilización.
Las Siete Misiones, aún cuando han sufrido también mucho y perdido la parte más grande de su población, ofrecían no obstante todavía, la sombra de aquello que ellas habían sido en otro tiempo ¡hasta que la hora fatal sonó también para ellas! Los indios detestaban el yugo de los brasileños, y esa fue la esperanza de cambiarlo contra una suerte mejor que los perdió. En 1828, durante el tercer año de esta lucha que sostuvieron Buenos Aires y Montevideo contra el Brasil, el ejército patriota se encontraba dentro de la parte oriental de la provincia de Río Grande: Una diversión en la parte opuesta, se juzgó útil, y su ejército fue confiada al general Fructuoso Rivera, natural de la Banda Oriental. Este se adelantó a la cabeza de un cuerpo de guerrilleros sobre las Siete Misiones y expulsó fácilmente a los brasileños. (Agreguemos que Vaimaca Peru lucho en esta ocasión al frente de 200 lanceros en apoyo a Rivera). Los Guaraníes, librados de un gobierno tiránico, acogieron a Rivera como a un libertador, como a un ángel tutelar. Empero, mientras ellos se lisonjeaban de un porvenir más feliz, se firmó la Paz. Este golpe inesperado sumió a los Guaraníes en la desesperación ¡Era necesario volver a caer en la esclavitud! ¿Los libertadores iban a partir! ¡Los odiosos amos estaban a punto de reaparecer!
Rivera explotó hábilmente la disposición de espíritu de estos hombres simples. El incrementó su temor con las descripciones detalladas hechas a propósito de las venganzas que iban a hacer los brasileños al regresar; él les pintó con un aspecto seductor las campiñas de Montevideo; habló de libertad, de la protección indubitable de su gobierno, que no tenía más que un día de existencia; y terminó proponiendo a los Guaraníes que le siguieran en su retirada. Se vio entonces, aunque en una escala menor, un nuevo ejemplo de estas migraciones de un pueblo entero, tan frecuentes en la historia de las poblaciones del Asia. Los sedentarios y laboriosos Guaraníes, se dedicaron, todos, de común acuerdo, a abandonar sus campos, sus iglesias, sus viviendas para ponerse a la merced de los extranjeros. Llevando consigo todo aquello que pudieron, hasta las campanas de sus templos, trajeron tras suyo una inmensa cantidad de ganado; ellos se pusieron en marcha en número de cerca de ocho mil, escoltados por el pequeño ejército de Rivera. El viaje fue penoso y largo. A menudo, volviendo sus miradas hacia atrás, ellos rehusaban aumentar un paso la distancia ya demasiado grande que los separaba de su patria. Pero las carretas, conteniendo lo poco que ellos poseían, marchaban siempre adelante, y entonces se resignaban y seguían.
Llegaron, en fin, al lugar designado para el establecimiento de colonia: Era una extensa meseta, bañada en el Oeste por el Uruguay, al norte y al Sur por dos riachuelos que llevan sus aguas al río, y sin otros límites que el desierto por el Este.
Este pueblo, pacífico y agrícola, hubiera sido sin duda una preciosa adquisición para la provincia de Montevideo, enteramente poblada en la campaña por gauchos rudos, si se hubiese sabido sacar partido de él. Pero, en lugar de distribuirles tierras y algo que sembrar, Fructuoso Rivera, gaucho él mismo, y orgulloso de ser fundador de una colonia, se ocupó ante todo de fundar un poblado. Se trazó, en consecuencia, el plano de una ciudad magnífica, con calles de cien pies de ancho, aceras marginadas de naranjos, iglesias, hospitales, sin omitir las prisiones, como si Rivera hubiera previsto que los Guaraníes no podrían vivir mucho tiempo en la compañía de los suyos sin perder su candor primitivo. En fin, el nuevo poblado recibió el nombre de Bella Unión.
Dos ambiciosos comunes se disputaban a la sazón el mando en el Estado de la Banda Oriental, y lo han revuelto hasta estos últimos tiempos. (Esto es de una vigencia extraordinaria: Aubouin percibe claramente el origen del mal que aquejó a nuestra historia nacional!) Uno era aquel Fructuoso Rivera de quien ya he hablado antes, y que, de simple gaucho, estaba elevado a la jerarquía de general; el otro, Lavalleja, quien, en 1825, había sido el autor del levantamiento de la provincia contra el Brasil (lo que le había dado una grande influencia en el país). Sería difícil decidir quién de estos dos campeones poseía el mayor mérito, o, por mejor decir, la más grande ineptitud. Rivera, sin embargo, que, como un niño, anhelaba simplemente obtener el primer lugar, y hubiera permitido a los ministros más capaces que él actuar con cierta libertad, hubiese sido el menos malo de los dos. En cuanto a Lavalleja, éste estaba secundado por el partido federal, a la sazón predominante en Buenos Aires; partido que parece destinado a perpetuar en el país la ignorancia y el fanatismo españoles; y basta con eso sólo para explicar la repugnancia que demostraba a su respecto la parte más instruida de la población del nuevo Estado. En cambio, su influencia era muy grande en la campaña. Y bien; a la rivalidad que existía entre estos dos hombres se debieron a la vez la fundación y el aniquilamiento de Bella Unión. Rivera, al llevar allí a los Guaraníes, no había pensado otra cosa que procurarse hombres adictos sobre los cuales él podría contar en su lucha contra su competidor. La adquisición para su país de una población industriosa, no entraba para nada en sus intenciones, de suerte que los pobres indios, creyendo adquirir una patria, eran, sin saberlo, nada más que un instrumento con el cual los paridos contaban servirse para destrozarse mutuamente.
Sus discordias estallaron en 1829 mientras que la Asamblea Nacional, celebrando sus sesiones en Montevideo, redactaba la Constitución del Estado. Se había nombrado un Presidente provisorio, hombre leal a Rivera, que administraba la república, cuando Lavalleja lo derrocó a mano armada y se apropió del Poder. En su administración, que duró algunos meses, se decretó la disolución de la colonia india; pero Rivera, que la gobernaba, no tuvo para nada en consideración el decreto, y ella continuó existiendo, aun cuando hubiera perdido una parte de sus habitantes: Las enfermedades y la miseria los habían más que diezmado; otros se hallaban enrolados en el ejército o dispersados en la campaña, para vivir allí de la rapiña, a semejanza de los gauchos; algunos, en pequeño número, habían pasado hacia la margen derecha del Uruguay, en la provincia de Entre Ríos. Los que quedaban, atormentados por todos los males imaginarios, eran aún más dignos de compasión que en la época de mi estadía entre ellos. Rivera, no tuvo reparo en enrolar estos hombres hambrientos en el pequeño ejército que él organizaba entonces para partir contra su rival; cuando terminó sus preparativos, se puso en marcha, reclutando todos los bandidos que encontraba en su camino; y se presentó a las puertas de Montevideo. La sangre iba a correr, cuando una diputación de la Asamblea fue en busca de Rivera, y le hizo comprender que, como iba a promulgarse la Constitución de un momento a otro y el gobierno provisorio debería desde entonces cesar en sus funciones, él podría, tomándose la molestia de esperar un poco, llegar a ser pronto Presidente por la vía legal. Rivera, conmovido por esas razones, y seguro de ser elegido, merced a la presencia de su ejército, consintió en un armisticio; y fue, en efecto, nombrado Presidente pocos días después.
Los Guaraníes no ganaron nado con el ascenso de su pretendido protector al Poder. Estos, enrolados en el ejército regresaron con todos a Bella Unión, reconociendo al fin cómo habían sido engañados; y, dispusieronse vengarse. La ocasión se presentó pronto, y fue Lavalleja quien encargó de hacerla nacer. Volviendo las armas contra su adversario (que éste último había forjado contra él), hizo sublevar, en junio de 1832, a la población de Bella Unión. El comandante militar de la plaza fue inmolado, y los insurgentes se adelantaron hacia el Sud, hasta el pueblo de Salto, que ellos entregaron al pillaje.
A esta noticia, Rivera, a quien los Guaraníes nombraban poco antes su libertador, y su padre, se pone en camino para ir a exterminarlos. Pero apenas hubo dejado Montevideo, la guarnición de esta ciudad se subleva contra él, y proclama a Lavalleja como Presidente. Al mismo tiempo, una rebelión similar estalla en su propio campamento en el Durazno; y él escapa a la muerte saltando en camisa por una ventana y huyendo completamente solo a campo traviesa, después de haber visto a su ayudante de campo degollado a su lado. En un santiamén, él vio trastocar su poderío en toda la extensión de la república.
Rivera, con todo, no se consideró definitivamente derrotado. Reunió de nuevo a sus partidarios, y, tan pronto como se supo en Montevideo que él se encontraba a la cabeza de fuerzas capaces de liquidar a las de su adversario, una contra-revolución se operó, y Lavalleja, perseguido a su vez, buscó un refugio en el territorio brasileño, donde fue desarmado. En la actualidad está en Buenos Aires, donde ha buscado vanamente varias veces levantar tropas contra su patria.
Estas cuatro revoluciones, dado el caso que este nombre todavía convenga a esos alternativos cambios repentinos entre dos ambiciosos sin mérito y sin talentos, pueden dar una idea de la manera por la cual las nuevas repúblicas gobiernan sus asuntos, desde ellas están confiadas a su propia sapiencia. No obstante, se desparramó porca sangre en estas escaramuzas; las bajas traiciones y la ausencia de todo patriotismo, fueron las características más remarcables; los Guaraníes pagaron por todos. Rivera, reinstalado, resolvió castigarlos por su sublevación a favor de Lavalleja, e hizo partir contra ellos a su hermano, don Pernabé. En la destrucción se encontraban implicados los Charrúas, que habían hecho causa común con los Guaraníes.
Esta nación, poderosa en otro tiempo, ocupaba, en la época del Descubrimiento, toda la extensión comprendida entre el Río de la Plata, al Sur, el Uruguay al Norte y al Oeste, y las riberas del Atlántico al este. En 1516 ellos asesinaron, cerca de la costa del Santa Lucía, algunas leguas al Este de Montevideo, a Solís, el primer descubridor del río, y a varios de sus marineros.
Apretujados en sus desiertos a medida que se extendían los progresos de los europeos, los Charrúas vagaban últimamente también con los Minuanes, los Guaycanas, los Patos y algunos restos no civilizados de los Tapes, en la provincia de Río Grande, en las inmediaciones de las siete Misiones, y al Norte de la provincia de Montevideo. Los misioneros habían ensayado vanamente reducirlos y hacerles apreciar los beneficios de la civilización.
Uno de ellos informa en una obra manuscrita que me ha llegado a las manos, que los caciques de la nación, viéndolo bautizar apresuradamente a los niños recién nacidos, vinieron a proponerle, para burlarse de él, bautizar determinada parte de sus cuerpos, que ellos le mostraban con gestos indecentes, para que sus futuros hijos se encontraban bautizados por anticipación, sobre lo cual el buen Padre protesta con indignación, por esta manera de administrar los Sacramentos.
Excepto la adquisición del caballo, que había hecho sus correrías más rápidas y frecuentes, los Charrúas habían conservado sus costumbres primitivas, que son esencialmente las mismas que las de los indios de las pampas. Montados en pelo sobre los caballos apenas domados, que ellos guiaban por medio de una simple guasca de cuero a guisa de rienda, ellos vagaban de una a otra parte, poniendo solamente aquí y allá, por algunos días, sus toldos de pieles, cazando avestruces y robando los rebaños de las fronteras, o desvalijando a los contados viajeros que les caían en las manos.
En una palabra: eran vecinos muy incómodos y , en la imposibilidad de civilizados, se excusaría, casi , a quienes les han destruido, si uno no pensara que después de todo, estos infortunados estaban en su patria, sobre el suelo en el que sus padres eran antiguamente los amos, y que sus vencedores son apenas más civilizados que ellos mismos.
Los Charrúas, que se elevaban a setecientos u ochocientos individuos, eran más numerosos que los Guaraníes escapados de los desastres de Bella Unión. Los unos y los otros combatieron valientemente, y rehusaron varias veces la vida que se les ofrecía en cambio de su libertad. Apenas tenían ellos algunas armas de fuego y algunos sables, tomados en su mayor parte al enemigo; y ¿qué podían contra éste, bien aprovisionados, los hombres armados de lanzas?
Se hicieron, con todo, algunos prisioneros en el curso de esta guerra salvaje. Conducidos a Montevideo, donde el gobierno no sabía mucho qué hacer, cuatro de ellos fueron puestos en manos de un francés,(De Curel), quien a su llegada a Francia, los cedió a los que parece un especulador; de manos del cual pasaron a una casa de fieras, donde murieron, como lo he dicho, entre un rinoceronte y una boa.
Aunque haya hablado de destrucción completa, es posible que aún existan algunos individuos de estos dos pueblos. Se les encontraría en tal caso, dispersos en las vastas llanuras de Montevideo; en las estancias, donde se cría el ganado; o bien, fugitivos de la presencia de los blancos, en los bosques de las márgenes del Uruguay, ala espera que ellos vayan a reunirse con las otras mil naciones indígenas eclipsadas por debajo del Sol desde el Descubrimiento. FIN
NOTA.INTERESANTÍSIMA CRÓNICA. PERO DIGAMOS QUE LOS CHARRÚAS NO FUERON TOTALMENTE ANIQUILADOS, Y MUCHOS SE INTEGRARON A LA NUEVA SOCIEDAD. PERO DEJARON MILES DE DESCENDIENTES MESTIZOS, QUE HOY COMPONEN CERCA DEL 25% DE LA POBLACIÓN, COMO VENIMOS MOSTRANDO EN OTROS ARTÍCULOS.
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