Faustino Salaberry

Sacerdote Sr. Sallaberry.

 


"Aunque en más de una ocasión, recibieron cordialmente a los misioneros evangélicos, nunca doblegaron su inteligencia en obsequio de la fe, nunca recibieron la predicación evangélica; ni aún después de reducidos, pues desertaron todos a la primera generación, saliendo de Concepción de Cayastá, sin haber podido comprender ni practicar la vida cristiana y católica, esquilmados y explotados por los mismos católicos, que era el medio más contraproducente para hacerles abrazar y amar la fe que se les predicaba."

Los charrúas, atenidos a la experiencia hecha en las reducciones, prefirieron vivir como eran concentrándose en el territorio preferido para pelear por sus fueros hasta desaparecer.

Los piojos y pulgas no eligen raza ni país, descuellan por inclinaciones polirracistas. Parasitean donde la indolencia o abstrayentes preocupaciones les dan margen a eso; de preferencia en las huestes activas, y los tolderíos charrúas eran campamentos. Durante la gran guerra, los norteamericanos, en Europa, tuvieron que recurrir a un violento insecticida; los charrúas estaban incapacitados para usar un similar, y se acogían a la pericia y a la desaprensión de sus mujeres. La cuestión en esto, para ellos, estribaba en no propender a convertirse cada uno en una colonia de parásitos andante y sembrante.

No tenían alhajas de valor, ni hombres ni mujeres, sino alguno que otro adorno rústico, más éstas que aquellos. El Sr. Azara les niega alhajas y adornos, luego apunta que los entierran con sus armas, sus trajes, y todas sus alhajas y objetos. Vería ejemplares completamente desnudos, pero ni antes ni después nadie los vio apegados al nudismo.

Sus instrumentos musicales fueron a tambores y bocinas, a menos que se pretendiera desmentir o desautorizar a muy graves y santos varones; de los bailes, no se sabe más que de uno, antes de marchar a la lid, efectuado por los hombres, especie de trote circular de a uno en fondo, mientras las mujeres entonaban algo alusivo; y sus canciones no superaban a una cantiña ininteligible, pero suficientes a exteriorizar su placidez o su pena momentáneas.

El Sr. Azara observa que no se casaban entre hermanos, y que no le supieron dar la razón del porqué. Entre los occidentales civilizados, tampoco matrimonian entre hermanos. ¿Y qué razón daría un aldeano o arrabalero a quien de sopetón se le interrogara porque no matrimonia así? Porque no se habitúa. Sin embargo caen en concubinatos en vez de matrimonios, con más frecuencia de lo que se aguardaría, hermanos con hermanas, como caerían ciertos charrúas que tan meticuloso viajero no descubrió. Los Incas se casaban así.

No revelaron a nadie nombre de dios al que rindieran culto; tal vez fueran politeístas. Pero no eran ajenos al sentimiento religioso, cosa que revelan los ritos fúnebres que el mismo explorador detalla. Anteriormente al Sr. Azara, el Dr. Saldanha, conversando llanamente con un taita minúan, Batú, en Río Grande del Sur, interrogóle si no creía en un superior a los hombres, y Batú contestóle señalando el cielo:

"Solo el que allí está es señor de la vida y de la muerte".

A veces la manera de querer enterarse, provoca o impide la información.

En cuanto a cortesía, respeto y estima, Don Pedro Lopes de Souza, Don Diego García y gran cantidad de peninsulares que recurrieron a ellos apaciblemente, proporcionarán la respuesta a la negativa precitada.

Las costumbres, hasta en los irracionales se muestran y, cuando en los racionales son guardadas por la mayoría sistemáticamente, se las sabe obligatorias; el Sr. Azara, contradictorio, cita en los charrúas varias que les son particulares.

Amantes de su libre albedrío, no toleraban mandones; pero jefes, para los instantes críticos, si, y, durante ellos, los acataban. Corridos esos instantes, ¿para qué su mando? ¿Para qué leyes? Todos sabían su conveniencia y cada uno lograba su respeto. Su estado social era primitivo y, por lo tanto, carecía de las complicaciones de uno civilizado. En su época y medio, siendo altivo, nadie tenía por qué convertirse en sirviente de otro.

Afirma el Sr. Azara que no enseñaban ni prohibían nada a sus hijos y que estos no respetaban a los padres; lo repiten unos tras otros en las historias, por no discurrir un minuto. En la boca de un naturalista, eso es un disparate que no merece más que advertírselo a los incautos.

Don Félix de Azara descubre hostilidad hacia los charrúas; como militar comisionado que atravesó sus comarcas, fue vigilado y hostigado constantemente por ellos; esto no es de celebrar para él, claramente. Además, el Sr. Azara tuvo negocios en la Banda Oriental y tal vez en ellos interfirieron los charrúas aguzando en su espíritu la malquerencia.

Comentarios del Lic. Picerno:

Próximamente.

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Página actualizada el 05/06/2009  - ver Punto 43 del Indice y Fotos.