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Según Don Pedro Lozano, Sacerdote Jesuita.
"La nación charrúa fue antiguamente muy numerosa; extendíase desde la costa del Paraná septentrional, hasta las riberas del mar del Norte; gente muy belicosa, crecida y animosa, que fue el padrastro que encontraron siempre los españoles, cuando arribaron o derrotados o por arbitrio propio, a sus costas. Hánse conservado hasta estos tiempos con su nativo valor, ostentando su osadía contra todos, sin que nadie se haya atrevido a sojuzgarlos; ni profesan otro reconocimiento a los españoles, sino una amistad costosa, porque so capa de ella, ejecutan, más a su salvo, enormes maldades.(1). Hoy no ocupan tanto terreno, porque se contienen dentro de los límites naturales de los dos grandes ríos Paraná y Uruguay, siendo en la realidad, salteadores de ambas costas; por la del Paraná, en el camino real que conduce desde Santa Fe a las Corrientes; y en la del Uruguay, en las embarcaciones que arriban a su margen.
Es gente de poca fe, y de ninguna palabra,(2), sino en cuanto mira a su propio interés; muy alevosa, que en logrando la ocasión, ejecutan sin rubor las más feas traiciones.(2).
Al tiempo de la conquista que no sabían manejar el caballo, eran tan sueltos y ligeros en la carrera, que daban el alcance a los más ligeros gamos; ni les hacían ventaja los avestruces, para cuya caza usaban las bolas de piedra, no sólo para enredarlas y detenerlos, arrojándoselas atadas en una cuerda a los pies, sino para herirlos en la cabeza, en que eran tan certeros, que en poniéndoseles a competente distancia, no erraban tiro: y la misma destreza tenían en la flecha, haciendo certísima puntería a cien pasos de distancia. Hoy son menos ágiles en la carrera, pero muy diestros en el manejo de los caballos de que abunda su país. Al venir a su rancho con la caza que pudo coger, se tiende luego en la cama, y la mujer va a lavar el caballo, y es la que le apareja o desensilla, la que trae la leña del bosque, y finalmente, una triste criada de su marido.(3).
Los títulos de su mayor nobleza son haber ejecutado más muertes en sus enemigos, a quienes en matando, desollaban la piel de la cabeza,(4), y las guardaban como perpetuos blasones; y aún para que no pereciese en vida del vencedor la memoria o número de sus proezas, usaban una crueldad inaudita, y era que se daba cada uno a sí mismo en su cuerpo tantas cuchilladas, cuantas muertes había ejecutado: tanto puede aún entre bárbaros, la ambición de conseguir fama y renombre. Al presente andan en esto, más mirados consigo aunque se conservan crueles con sus enemigos.
Otra costumbre bárbara conservan y es que en muriendo alguno, los parientes se cortan un artejo de cada dedo en que no ha de haber falta, porque lo sería de piedad con el difunto, y se nota por infamia; con que acaece, que los ancianos llegan a tener truncas las manos, o los pies sin uso. También cargan con los huesos de sus parientes difuntos a donde quiera que se mudan, haciéndoles el amor muy leve esa carga hedionda.(5). Cúbrense con mantas hombres y mujeres, y de éstas tiene cada uno cuantas quiere, aunque son un poco celosos que los mismos maridos (si tan honrado nombre merece tal víleza) las ofrecen a los españoles para que usen de ellas a su antojo, por un víl interés.(6)
Siendo tan inconstantes y variables, como todos los indios muestran su genio aún en sus habitaciones, (i) que son portables, formadas de cuatro palos y unas débiles esteras que las plantan donde los coge la noche; con que teniendo tan pocas raíces en la tierra, fácilmente se trasponen a otra parte, sin que se les conozca sitio determinado ni asiento fijo; sino, hoy aquí mañana allá, siempre peregrinos y siempre en su patria, hallándose en todas partes para su útil y gozando los frutos del país según las estaciones del año; pero en tiempo de guerras, retiran sus rancherías a los bosques más cerrados y espesos, donde sería difícil penetrar, y andan muy vigilantes de día y de noche con perpetuas centinelas. La razón que dan para andar siempre vagabundos, es tan bárbara como sus ánimos, porque dicen, no pueden sufrir estar siempre debajo de un mismo cielo; que es forzoso mudarse para experimentar diferentes climas y temperamentos, por que uno mismo les es sobremanera molesto.(7).
De lecho, les sirven sus redes o hamacas que arman de tronco a tronco o entre dos palos; los menos acomodados, duermen en el duro suelo o en un cuero de venado. El fuego que encienden luego que arman sus casas, le sacan con el artificio de dos palos, uno blando y otro duro; ambos los rozan unos con otros a pura fuerza, hasta que con el movimiento consiguen calor, y con el calor, fuego.
Con el trato de los Españoles, han aprendido el juego de los naipes y cobrándole afición, que se pasan a veces jugando las noches de claro a claro, porque de noche, es observancia suya, no salir cada uno en tiempo de paz, por cosa del mundo: para fomentar este vicio del juego la mayor molestia que dan a los pasajeros en sus asaltos es para que les den barajas; con los que quieren librar mejor con ellos llevan algunas de repuesto para regalarlos.
Arman guerra con los comarcanos, por causas muy ligeras, y su modo de pelear es levantando al embestir, un horrendo y bárbaro grito que espante al enemigo. Estos suelen ser ordinariamente otra nación llamada de los yaros, tan bárbara como la charrúa; y por muchos años, fueron enemigos jurados de los guaraníes de nuestras reducciones quienes padecieron de ellos asaltos continuos, en los pueblos de Yapeyú y la Cruz que son las fronteras; pero obtenida licencia del Exm. señor virrey de estos reinos, para vengar en guerra descubierta los agravios recibidos, gobernados nuestros guaraníes por cabos españoles, tuvieron reducido a tal extremo el ejército de los charrúas, que los hubieran pasado a todos a cuchillo, o no haberlo estorbado por fines particulares, los que más debieran promover el exterminio de esa gente perversa.
Cuando están de paz, como al presente, concurren a los dichos dos pueblos a comprar frutos que apetecen, como es el tabaco en hoja y la célebre yerba del Paraguay, a trueque de caballos; pero aunque ven la cristiandad y racionalidad con que se vive en dichos pueblos, rarísimo se convierte , por más que sin perder la ocasión les prediquen siempre los Jesuitas sobre el negocio de su alma; antes suelen ser de tropiezo a algunos flacos que arrastrados del deseo de libertad, se huyen a tierra de los charrúas, que es la Ginebra de estas provincias, donde se refugian no sólo los indios, sino mestizos, negros y aún, lo que causa horror, algunos españoles que quieren vivir sin freno o tienen que temer de la rectitud de los jueces por sus enormes delitos, que allí continúan y agravan, viviendo peores que gentiles".
Comentarios del Lic. Picerno:
(1). Que otra cosa podría decir quienes les estaban sacando todo a los charrúas? Si se defendían entonces eran enormemente malos, claro que hubieran preferido que fueran buenos y se arrodillaran a esclavizarse, les regalaran sus tierras sus mujeres, etc. es muy claro.
(2). No es así, al contrario, fue proverbial el cumplimiento de la palabra charrúa. Pero los españoles no cumplías su palabra, entonces querías que sí lo hicieran ellos. Pues llegó un momento en que de verse tantas veces engañados, pensaron si valía la pena ser fieles a la palabra o si sería mejor dejar de cumplirla si esto les salvaba de un daño o despojo perpetrado contra ellos. Así de simple. Nunca se vio un caso en que dejaran de cumplir y no se le encontrara alguna explicación o causa que justificara tal incumplimiento. Lo mismo sucede cuando dice de traiciones, éstas habrían obedecido a las innumerables traiciones y crueldades a que los sometieron algunos españoles, que adueñándose de sus tierras quisieron luego adueñarse de sus vidas.
(3). Hay una intención de exagerar el machismo del charrúa. La mujer cumplía un papel determinado y el hombre otro: es la forma de dividir las funciones en toda sociedad organizada. No eran muy celosos, en ocasiones se tomaban a golpes de puño, nunca con armas y se iban abandonado a la mujer y al nuevo esposo. Esto es interesante: no se creían propietarios de su mujer, sentían algo de rabia y de dolor al perderla y nada más.
(4). Sobre que desollaban a sus enemigos no es cierto, jamás los militares enemigos consignaron en sus partes estos hechos. Por el contrario, tomaban prisioneros y los seguían cuidando en sus tolderías. La explicación puede estar en que el autor, Lozano, estuvo en Guatemala, y allí si vio pieles rojas desolladores de cabezas y realizo una traspolación de esa costumbre a los charrúas.
(5). Estimamos que debe ser esta un a observación particular, de un indio que llevaba un cuerpo hasta un lugar predeterminado y lejano de donde los vio el Padre Lozano. Sabemos que los charrúas enterraban a sus muertos en lugares especiales, generalmente en Cerros Cementerios, y al final sin tiempo por sus guerras, simplemente en tierra y ramas.
(6). No se ha visto narraciones en que ofrezcan sus mujeres a ningún precio. En cambio, cuando un jesuita de nombre Antonio Sepp quiso comprarle a la madre una niña de unos 10 años dándole unas alfileres y elementos similares, la madre dudó, pero enseguida se iluminó de la verdadera intención del cura, y lo rechazó violentamente.
(7). Esto es una broma de los charrúas , y una ingenuidad del padre Lozano. Cambiaban de lugar frecuentemente, no por estar aburridos del cielo que veían, (que es el mismo en otros lugares) sino por motivos de subsistencia, ya que cuando se agotaba la caza en un lugar se movían hacia uno más prometedor. En esta respuesta del charrúa se aprecia su prevención, no tenían porqué decir sus motivos a nadie, y a la vez el ingenio de la misma.
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