1er
NIVEL – 1er. año – 2do. Año – 3er año.
EN ESTA PRIMAVERA
A
PRESTAR MUCHA ATENCIÓN…
ALGUNOS
ÁRBOLES LE HABLAN A LOS NIÑOS: LE CUENTAN COMO SON Y COMO
PIENSAN.
EL
CEIBO
Además
del nombre por el cual se me conoce, “Ceibo”, tengo otro
que me pusieron los botánicos, me llaman Eritrina Cristagalli,
y a mi familia leguminosas papilionoideas, por mis flores y mis frutos.
Mi copa es irregular y de pocas hojas, verdes y lanceoladas, soy un
tanto despeinado y mis ramas no crecen todas iguales, tengo un tronco
robusto, de corteza persistente, de color castaño y espinoso.
Mi especie tendió a tener un follaje no resistente al viento.
Tengo flores rojas intensas, brillantes dispuestas en racimos.
Recuerda que mi flor es uno de los símbolos del Uruguay.
Mi fruto es una legumbre leñosa de 10 a 15 cm. de largo. Mis
semillas son de color castaño oscuro y mi follaje caduco.
Florezco de noviembre a febrero y fructifico en otoño.
Yo y mis hermanos somos propios del sur.
Me acuerdo
de un cuento que dice que en la época en la que los charrúas
eran perseguidos por los que invadieron su tierra, corrían a
refugiarse en los montes.
Mientras estaban en guerra y no podían cazar se alimentaban con
los cogollos de mis flores. También comían frutos de otros
árboles y se mantenían fuertes para enfrentar al enemigo,
hasta que éste los venció. Dice la leyenda que cada hombre
charrúa que moría iba tiñendo con su sangre nuestras
flores como forma de no dejar sus tierras que defendieron hasta las
últimas consecuencias.
Por eso su espíritu quedó vivo en nosotros, los árboles.
Me gustan mucho estas historias, por eso trato de que no mueran conmigo
y te las cuento a ti, a los pájaros, a los otros árboles
que van naciendo…
Recuerda
que tengo una madera blanda y liviana, antiguamente se usaba para escultura
y canoas, hoy se usa en boyas, salvavidas, aparatos ortopédicos,
balsas y bateas.
Dato: Ceibo
Blanco: clasificado por A. Lombardo como oriundo del río Cebollatí
en el departamento de Treinta y Tres (Uruguay).
EL
OMBÚ
Yo soy
lajáu el gran árbol en el cual los charrúas, que
me dieron este nombre calmaban el cansancio de sus cuerpos cuando luego
de largas caminatas se recostaban a respirar en mis enormes raíces.
Soy al igual que todos los árboles de esta tierra, testigo de
los triunfos y las derrotas de los grandes y pequeños hombres.
Soy la memoria viva de la tierra que ve ante sus ojos todo lo que el
hombre ha perdido para ganar llamarse “civilizado”. Perdió
la condición de humano porque no sabe el valor que tiene la vida.
Perdió el sentido de la vida porque no sabe para que es. Perdió
también la sabiduría que todos los seres acumulamos generación
tras generación, de cómo relacionarnos unos con otros
sin exterminarnos.
¿Qué
sabes tú de mí? Seguramente que me llamo Ombú.
Es otro de mis nombres.
Lo que tienes que recordar que lo más importante es el fruto
porque es lo que nutre y genera la nueva semilla. La fruta es la parte
que une lo que era con lo que es y lo que será.
Te lo voy a explicar mejor: antes que la fruta fuera fruta primero hubo
una flor, antes de eso un árbol que le dio vida, antes del árbol
una semilla.
Para que esta semilla llegara a vivir, necesitó de las lluvias,
de la tierra blanda, oxigenada, calentada por la luz del sol. Soportó
vientos, sequía, pisadas de animales y del hombre. Entonces venció.
Ganó crecer y llegara ser árbol y dar flor y fruto. Posteriormente
comienza todo el ciclo nuevamente.
Es por eso que la fruta une lo que estuvo con lo que va a estar.
Los científicos
hacen una descripción detallada de cómo me ves. Me pusieron
Phytolacea dioica haciendo alusión a la forma en que mi especie
se reproduce. Dioico quiere decir que las flores machos y hembras están
en diferentes árboles es decir, existen árboles machos
y árboles hembras.
Si me observan
bien verán que tengo un gran tronco que se ensancha considerablemente.
Por mi tronco pueden saber si soy joven o adulto. Tengo una amplia copa
que da buena sombra. Mis flores son apétalas, blancas, pequeñas,
dispuestas en racimos colgantes. Mis frutos parecen tomates pequeños,
achatados. Se llaman bayas, son carnosas de color verde. Permanecen
largo tiempo de este color, hasta que se tornan amarillas y caen formando
una alfombra a mi alrededor.
En un tiempo mi especie se extendía por todo nuestro territorio
(Uruguay) y también en la Argentina. Actualmente el monte del
Ombú que está cerca de la Laguna de Castillos es el único
en el mundo.
Si quieres conocer mis flores debes visitarme a comienzos del verano
y mis frutos los verás en verano-otoño.
CEDRO
Soy conocido
con el nombre de “Cedro” (Cedrus pinaceae) y pertenezco
a la variedad Deodara. Soy una conífera de follaje persistente.
Algunos de mis hermanos son el Cedro de la Martinica (Cedrela Adorata),
el Alcayu legítimo (Sweitenia mahogani) mal llamado “Cedro
macho” pues, nosotros los cedros somos monoicos, no existen árboles
machos y hembras como en el caso del Ombú o la Anacahuita que
sí son dioicos.
También tengo otro hermano que se llama Cedro libanítica.
Todos somos
preciados por nuestra noble madera. Somos originarios de la región
de Himalaya. Nos trajeron verdaderamente lejos.
Me reproduzco
por semillas y tardo unos treinta años en dar semillas fértiles.
Yo particularmente soy un árbol que puede llegar a alcanzar unos
12 metros de altura y más.
Suelo tomar formas cónicas, con ramas colgantes de color verde
y a veces reflejos azulados.
Mi madera se utiliza en la industria maderera, carpintería (muebles
de interiores y exteriores), talados, etc. Es una madera blanda y resistente.
Muchas veces el hombre no respeta el orden natural, en la carrera de
la producción no hay tiempo para respetarlo. Hay que hacer mesas,
sillas, camas, roperos, papel y todo tipo de muebles por cientos. Repito:
no se puede esperar y no respetan mi ciclo vital.
Es por eso que una madera tan buena como la mía se puede apolillar
porque repito, no se me cortan en la estación que corresponde.
De todo esto resulta que ni se hacen buenos productos, ni se cuidan
las fuentes de vida que proveen al hombre materia prima.
Llegará un momento que habrá tan pocas especies que no
alcanzarán para cubrir las necesidades de unos y otros.
Yo me pregunto que si ese momento llega tendrán el valor para
mirar atrás y encontrar una salida a semejante caos, si es que
la hay.
ACACIA BLANCA
Me llamo
“Acacia blanca” (Robinia pseudacacia).
No soy de aquí, soy originaria de América del Norte.
Soy particularmente un árbol muy rústico, generalmente
espinoso y puedo medir hasta 20 metros. Mi tronco es relativamente derecho
o en algunos casos donde me plantan muy expuesta al viento este se tuerce.
Mis flores son blancas, muy perfumadas, dispuestas en racimos colgantes
de 10 a 12 cm de largo. Mis frutos son legumbres de color castaño
claro.
Florezco en setiembre y octubre. Me plantan en parques y plazas como
adorno.
Fui destinada a vivir en la ciudad, donde se enmudece la voz de los
pájaros, donde se nubla y opaca la luz del sol, donde el agua
no murmura canciones a los guijarros, anunciando que corre ladera abajo.
Donde el cemento opaca nuestras raíces.
Nosotros,
los árboles también caminamos. Con nuestras raíces
caminamos bajo la tierra buscando tomar lo necesario para sobrevivir
y con nuestras ramas y hojas, buscamos tomar del aire y de la luz solar
lo que nuestro organismo precisa para cumplir nuestras funciones vitales,
imprescindibles también para tu vida pues, nosotros, los árboles,
te aportamos el oxígeno que respiras: no lo olvides!!!
Espero
algún día volver a sentir el llamado de la vida a mí
alrededor que cada vez menos se escucha en las ciudades.
Solo me ha quedado la fresca lluvia, aunque contaminada, sigue siendo
al menos por ahora un reencuentro vivificante con la vida que siempre
me llena, me reafirma que vale la pena estar viva.
ÁLAMO
Soy el “Álamo
criollo” (Pópulus nigra). Soy un árbol muy conocido
aquí porque forestan conmigo grandes porciones de territorio
para utilizar mi madera en la industria maderera, del papel, etc.
Soy de origen italiano.
La madera de mi tronco es blanda, liviana y flexible, pero resistente.
En estas tierras alcanzo los 25 metros.
En unos 4 o 5 años se consigue ejemplares adultos si me plantan
en suelos húmedos y bien drenados.
Mis hojas no se caen, son perennes.
Me multiplico por estacas.
Recuerda que en la naturaleza todo está en continuo movimiento,
todo cambia para adaptarse y no perecer.
El conocimiento de tu entorno y medio ambiente lo adquirirás
observando, probando, conviviendo, siendo parte del mismo movimiento
de la vida y no pretendiendo llegar a ser dueño de ella.
ESPINILLO
Hola!
Soy el Espinillo, pariente del Timbó. Para los científicos
me llamo Acacia coven. Me conocen como Espinillo o Aromo, por el perfume
que desprenden mis flores.
Soy un árbol bajo, achaparrado. Mis hojas son bipinadas, alternas
y mis ramas tienen dos espinas por nudo: ¡cuidado!, es mi defensa
porque mis flores son muy atractivas para ti. Son de color amarillo
oro, pequeñas, muy perfumadas.
Mi fruto es una legumbre lisa y cilíndrica de color negro.
Mi follaje es caduco. Florezco en setiembre-octubre y fructifico en
verano.
Pertenezco a estas tierras y también a Chile central, Argentina
y Paraguay. Aquí, en Uruguay, crezco formando montes de parque
a los que llaman “Espinillares”. Me propago naturalmente
por semilla.
Mi madera es dura y resistente, de ella hacen carbón y cabos
para herramientas.
¿Sabías
que mis flores son la base más importante de esencias europeas
de perfumes?
Está bien que el hombre tenga en su cuerpo olor a mí.
Lo acerca más a mi mundo.
Cada flor significa
para mí la posibilidad de generar una semilla, otra vida como
la mía. Y es parte de mi existencia dejar nuevos árboles
que nazcan de mí, para que mi especie no desaparezca y ocasione
un daño al medio natural.
Recuerda que es muy
necesario para todos los seres vivos seguir vivos, porque si alguno
deja de existir toda la vida en la naturaleza cambia, se altera y arrastra
a otras especies y formas vivas a dejar de existir también, porque
dejó de estar lo que las alimentaba.
TIMBÓ
Tengo varios
nombres que me han puesto diferentes pueblos.
Los mas conocidos son: Pacará, Timbó, Oreja de Negro.
Pacará le dicen a mis hermanos en Paraguay.
Timbó le pusieron a mis hermanos en Brasil los indios de esas
tierras, los tupiguaraníes.
Oreja de Negro me llaman aquí en Uruguay.
Los botánicos
me pusieron un nombre científico muy difícil: Enterolobium
contortisilicum.
No tengo
espinas, mis hojas son compuestas, bipinadas, alternas.
Doy flores banco-verdosas.
Mi fruto es una legumbre en forma de oreja, negra en su madurez.
Mis frutos traen en su cuerpo almacenada la luz y energía del
sol que tomo a través de mis hojas.
Quiero
que sepas que yo y mis padres, mis abuelos y los abuelos de mis abuelos,
nacimos aquí y hemos vivido aquí desde tiempos inmemoriales.
Por eso los científicos me dicen que soy indígena o autóctono.
Mi madera
es blanda y liviana. Los indios la utilizaban para hacer sus canoas.
Hoy se utiliza para carpintería de interiores, colmenas, pasta
de papel.
Solía
crecer a orillas del Río Uruguay pero me han talado en forma
indiscriminada.
También crecen hermanos míos en Paraguay, sur de Brasil
y Argentina.
Me reproduzco
por semillas.
Mis flores nacen de noviembre a enero y mis frutos en otoño-invierno,
pero no es difícil que permanezcan en las ramas sin caer todo
el año.
Me gustaría
que todo esto que te cuento sirva para que me sientas algo más
que leña. Si investigas descubrirás que soy útil
al hombre en muchísimas cosas más.
DAMMARA
Soy Damara
(Agathis robusta), la araucaria Australiana. Soy hermana de todas las
araucarias.
Vengo de la tierra de los legendarios canguros. Tengo el aspecto de
un eucaliptos raro. Mido unos 25 metros en esta tierra.
A mí me trajeron para la estancia de los Búshental donde
hoy es el Prado.
Mi tronco es cilíndrico y de corteza caduca. Se desprende en
pequeñas placas. Tengo ramas verticiladas y mis hojas son de
color verde intenso.
Una de mis hermanas que es originaria de Chile cuenta en su historia
que por miles de años los pueblos pehuelches han vivido de sus
frutos (llamados pehvén) y madera.
Con la madera construían todos los útiles necesarios y
herramientas: hacían canoas y vasijas.
Jamás en su concepción algo vivo como la tierra, los animales,
los ríos, los árboles se podía comprar o vender.
Pero hoy todo cambió. Todo tiene precio.
Yo pienso que los árboles somos materia prima, elemento decorativo
o simplemente árboles que dan sombra, pienso que el hombre no
se pone a pensar realmente que somos seres especializados dentro de
los vegetales, que somos el primer y fundamental extracto en la cadena
alimenticia.
Aunque los botánicos sigan escribiendo en sus libros que lo somos
y muchos lo repitan hay una disociación en lo que el hombre piensa
y dice, distinto y opuesto de lo que hace.
En otro tiempo los hombres hacían lo que decían, pensaban
y vivían en relación a eso. Entonces eran más humanos,
más hermanos.
El hombre debe de hallar una forma de vivir en relación a lo
que piensa, siente y dice.
CIPRÉS
Me llamo
Ciprés (Cipressus semperviven).
Mi especie es originaria de Europa. En estas tierras alcanzo a medir
unos 20 metros.
Soy el “siempre vivo” porque mi follaje mantiene el color
verde oscuro y no caen mis hojas. Tal vez por eso me plantan en cementerios
como un símbolo, aunque también me plantan en muchísimos
lados.
Soy un árbol resinoso que florezco en julio, agosto y setiembre.
Mi copa es un poco abierta, tengo ramillas cilíndricas y en los
extremos de mis ramas, mi follaje es denso.
Los agricultores me plantan en algunas zonas donde los vientos son fuertes
ya que en hilera protejo plantaciones y cultivos. Por eso me dicen “Rompevientos”.
También me plantan en cercos.
A pesar
que soy extranjero cumplo con las leyes de la naturaleza al igual que
los demás árboles.
No soy yo quien deteriora el suelo, ni ocasiona desequilibrios en el
medio ambiente, sino el hombre, que haciendo oídos sordos a lo
que indica la naturaleza, saca la vida existente en un lugar y la coloca
en otro, sin tener en cuenta las demás vidas de las cuales ésta
es parte.
Algún
día el hombre entenderá y dejará de destruir. Por
el bien de todos espero que sea pronto porque las especies que murieron,
se extinguieron, ya no volverán a estar y los daños al
ecosistema el hombre no los puede reparar sino con una actitud diferente
hacia la vida de aquí en más.
ANACAHUITA
Hola!!!
Soy yo, la Anacahuita o también Aguaribay, como me llaman los
guaraníes.
Los botánicos me pusieron Schinus molle y pertenezco a la familia
de las Anacardiáceas.
Soy un árbol resinoso de copa ancha, casi esférica y con
ramillas colgantes, llego a medir hasta 10 metros.
Tengo un tronco grueso, hojas alternas, pinadas hasta de 35 cm. de largo,
compuestas.
Mis flores son amarillentas.
Yo soy un individuo femenino pero tengo hermanos hermafroditas, no existen
ejemplares masculinos.
Tanto los individuos femeninos como los hermafroditas nos reproducimos
por semillas.
Ellas se encuentran de a una en mis frutos, rojizos en la madurez, redondos
o drupas globosas.
Mi follaje es verde claro, persistente.
Fructifico en verano, mis flores nacen de octubre a noviembre.
Soy un árbol común de América del Sur. En Uruguay
crezco en Tacuarembó y Rivera.
Pero se nos ve en todas partes.
Fue elegida nuestra especie para parques y plazas por la sombra y frescura
que da nuestro follaje.
Tengo alto porcentaje de Tanino: sustancia que es muy utilizada en las
curtiembres para curar cuero animal.
Mi madera es semidura
y algo pesada, resistente y flexible. Se utiliza para fabricar postes,
en carpintería y pisos de parquet.
Me propago por semillas
por todo el territorio.
Te cuento que mis
abuelos cuando yo era pequeño me enseñaron que los hombres
son hermanos de los árboles.
¿Sabes por
qué?
Porque compartimos
los elementos que hacen posible tu vida y la mía.
Piensa en esto: yo soy un árbol de hojas verdes. Ellas tienen
clorofila.
Con la luz solar mis raíces absorben de la tierra agua y sales
minerales (sustancias inorgánicas) que mi tronco transporta.
Se llama savia bruta. Cuando llega a mis hojas ellas toman del aire
anhídrido carbónico y energía solar y a partir
de estas sustancias inorgánicas elabora sustancias orgánicas
elementales para otras formas de vida como la tuya: por ejemplo, el
oxígeno.
Parte de este oxígeno pasa al aire y otra parte vuelve a la raíz
en lo que se llama savia elaborada junto con otras sustancias como el
almidón que sirven para nutrirme y nutrir la tierra de la cual
soy hijo.
Este proceso se llama Fotosíntesis. Cuando no hay luz doy al
aire anhídrido carbónico y tomo oxígeno porque
mi sangre (la savia) circula en sentido contrario. De esta forma se
mantiene en la composición del aire un equilibrio.
Cuando digo que el
hombre es hermano del árbol trato de explicarte que respiramos
el mismo aire, pisamos la misma tierra, tomamos la misma agua, al igual
que los demás animales y somos tan necesarios unos y otros en
la cadena de la vida. Unos precisamos de otros formando círculo
en la naturaleza y todos somos parte del orden natural.
Un indio piel roja
dijo algo acerca de esto: “…lo que el hombre hace al río,
a la tierra, a los animales, se lo hace a sí mismo”…
PIÉNSALO!!!
BUTIÁ CAPITATA
Yo crezco formando
“Palmares”, soy de aquí, de esta tierra (Uruguay),
al igual que el charrúa, el águila mora, el gato montés,
etc.
Mis frutos alimentaron en un tiempo muchas generaciones de quienes me
conocían y jamás pusieron en peligro mi especie por este
motivo.
Yo alimentaba a otras vidas, mis hojas que caían de mí
eran aprovechadas, era útil y a la vez importante.
Pero esto se acabó cuando murieron los indígenas. Otra
forma de sentir se instaló, sin el menor conocimiento de lo que
esta tierra tenía: comenzó la carrera de la destrucción.
Yo puedo enseñarte
que no soy solamente un adorno, soy un organismo vivo necesario para
ti, como tú lo eres para mí y los demás seres.
Pero estoy convencido
que el impulso de la vida grita más fuerte que el de la destrucción.
Porque hay algo que nunca se podrá matar, las ganas de vivir.
Se mató el conocimiento de que existimos y cumplimos una función
en la naturaleza. Debemos entonces redescubrirla y comenzar de nuevo,
mirando atrás porque es la forma de conocer que nos une a unos
y otros.
Los científicos
me dicen Butiá capitata. Llego a medir unos 10 metros.
Mi tronco es grueso, más o menos recto. Mis hojas son de color
verde intenso.
Mis flores nacen en racimos de aproximadamente un metro de largo.
Mis frutos son el orgullo de mi especie: son una drupa ovoide, amarillo
y amarillo anaranjado, también rojizos.
Florezco en primavera-verano y mis frutos nacen en primavera-otoño.
Soy originaria del
sur del Brasil y por supuesto del Uruguay, aquí crezco en los
departamentos de Rocha y Treinta y Tres, formando extensos palmares.
También me puedes encontrar asociada a montes ribereños
y trepando laderas serranas en Rocha.
Me reproduzco por
semillas.
Mis frutos son comestibles
y muy ricos. Macerados en alcohol producen un buen licor.
Es muy común la maceración de mi fruto en caña.
Mis hojas se utilizan como forraje para el ganado vacuno. Éste
come mis brotes y los cerdos mis semillas.
PINDÓ
Me llamo
también Chirivá, guardián del monte, porque suelo
habitar todo el territorio en montes serranos y ribereños, pero
crezco solo, no formo familia alrededor, es decir lo que se conoce como
Palmares.
Los botánicos
me dieron el nombre de Arecastrum iomanzo fianum.
Mido aproximadamente 15 metros de altura y como los montes de los cuales
soy oriunda son achaparrados, generalmente sobresalgo de los demás.
De lejos parezco un verdadero guardián que controla todo desde
arriba.
Mis hojas
son de color verde intenso brillante. Soy despeinada, el viento se encarga
de ello.
Mis frutos son redondos, elípticos, amarillo-rojizo, de pulpa
fibrosa y dulce.
Florezco en primavera-verano y fructifico en verano-otoño.
Crezco, aparte de Uruguay, en el sur de Brasil, noreste y norte de Argentina.
Te cuento
que la gente me encuentra tan bonita que han venido de lugares lejanos
y se han llevado las semillas para adornar importantes avenidas, por
ejemplo: las ramblas de Hollywood y la ciudad de Shangai en China.
Mis frutos
son comestibles y muy sabrosos, los charrúas los tenían
como uno de sus alimentos.
Actualmente los hombres lo utilizan para alimentar los cerdos y para
hacer bebidas.
Existen
además de mí, cuatro especies de Palmeras en Uruguay:
“Yatay” (Butiá Yatay), “Butiá”
(Butiá capitata), “Yatay Poñi” (Butiá
paraguayensis) y “Caranday” (Trithrinax campestris).
Yo me asocio,
como ya te he contado, a bosques ribereños y de quebradas, abarco
el norte y noroeste del país, llegando en el sur a las sierras
de las Ánimas (Maldonado) y la Blanqueada (Rocha), el cerro Pan
de Azúcar, etc.
Mi hermana
Yatay se agrupa, contraria a mí, en pequeños palmares
al noroeste dando lugar a los llamados palmares de Quebracho y Guichón
entre otros.
Yatay se desarrolla en suelos arenosos bien drenados, mientras que Butiá
crece en suelos pesados y muy mal drenados.
La Butiá forma extensos palmares en la zona este del país.
La Yatay Poñi o palmerita enana se extiende por el departamento
de Rivera.
La especie Caranday crece sobre suelos alcalinos, en los departamentos
de Paysandú, Río Negro y Soriano. Al igual que yo no forma
palmares puros.
TARUMÁN
Yo también
soy un árbol indígena.
Me llamo Tarumá o Tarumán (citharexilum montevideeno)
y pertenezco a la comunidad de los montes ribereños y serranos.
Las especies que crecemos en las márgenes de los ríos
somos hidrófilas, absorbemos agua.
En los montes ribereños vivo con hermanos como el “Sauce
criollo”, los Sarandíes “banco”, “negro”,
“colorado”, el “Mataojos”, “Blanquillo”,
etc.
Estas especies son las que absorben, como yo, el agua y viven en suelos
muy húmedos (hidrófilos).
De mí te cuento
que soy de poca altura, con ramillas cuadrangulares, hojas simples,
opuestas y elípticas. Tengo espinas axilares que crecen dos por
nudo.
Mis flores son amarillentas o blanquecinas pequeñas y muy perfumadas.
Mi fruta es una drupa ovoide roja de 1 cm. de largo con una semilla
clara.
Mi follaje es persistente.
Florezco en primavera y fructifico en verano.
En montes serranos me desarrollo con mis hermanos en los llamados “mares
de piedras”. Normalmente en esta zona tienen mayor desarrollo
los árboles que crecen en las zonas bajas y protegidas, recorridas
por cañadas. Cuanto más trepamos las laderas de los cerros,
más achaparrados nos vamos desarrollando. En estos montes predominamos
las especies espinosas. En esta zona convivo con hermanos como: “La
Coronilla”, “El Tala”, “El Tembetarí”,
“El Molle”, “La Espina de la Cruz”, etc.
Crezco por semillas.
Mi madera es dura, elástica y fácil de lustrar o pulir.
Luego de cortada no resiste la intemperie. Se pudre con facilidad. Antiguamente
los indios realizaban con ellas sus arcos. Hoy se utiliza en carpintería
de interiores, arcos para deportes y cabo de herramienta.
OLMO
Me llamo
“Olmo”. Soy extranjero. Mis antepasados son autóctonos
del Hemisferio Norte. Mi variedad viene de las tierras de Norteamérica.
Llegué aquí en la época en que los hombres que
vivían en estas tierras tenían por costumbre traer de
todas partes del mundo especies exóticas.
A estos hombres les daba prestigio social traernos y plantarnos.
Los científicos me clasificaron con el nombre de ULMUS americana
y a mi familia la llamaron ULMACEAE.
Existen unas veinte especies en el género “ULMUS”.
Tengo follaje caduco o semipersistente (se caen solamente algunas hojas).
Mis flores son hermafroditas (tienen los dos sexos en la misma flor).
Mis hojas son alternas, simples, dentadas.
Florezco en agosto.
Soy un árbol relativamente alto para este medio, tengo hermanos
originarios de la China que son la variedad más alta.
Tengo que
contarte algo:
Mira: un
árbol para ser tal, debe cumplir determinadas leyes, y a diferencia
del hombre no tiene la posibilidad de dudar.
Lo que quiero decir es que si yo dudo en tomar o no el agua y los minerales
de la tierra y al final decido no tomarlos porque pienso que hago daño
a la tierra, sencillamente muero.
Dejo de ser árbol y paso a ser algo que desafía su propia
naturaleza. Entonces doy fin a mi vida.
La ley de los árboles dice que nuestras raíces deben ser
el sostén del tronco, hojas, flor y frutos. Además nos
nutren y cumplen la función de reserva y almacenamiento del alimento
que produce nuestro organismo.
Imagina que mis raíces dijeran un día: no quiero guardar
mis alimentos, sostendré mi tronco solamente, porque no me gusta
ser depósito. Irremediablemente yo moriría.
Nosotros los vegetales tenemos que cumplir con las leyes de la naturaleza,
así como dar frutos en la estación propicia, si no lo
hacemos nuestra especie puede llegar a extinguirse porque el fruto es
el vientre de las nuevas semillas.
El hombre
se pregunta si debe o no matar un animal para comer o si debe comer
carne, cuando es parte de la cadena alimenticia que hace posible la
vida y la existencia equilibrada de cada especie puesto que es enemigo
natural de muchos animales, controlando así la natalidad y población
de estos. Siempre los excesos son dañinos.
Si hay
animales de una especie y no tienen enemigo natural, al crecer la población
de estos disminuye la población de la vida que los alimenta y
corre peligro esa especie animal o vegetal.
Si se mata
indiscriminadamente ocurre lo mismo.
Por eso tiene que existir un equilibrio en todos los órdenes:
esto es muy importante que lo recuerdes.
ESPUMILLA
Me llaman
Espumilla haciendo alusión a la forma de mis flores, parecen
verdaderas espumitas.
Mi nombre
científico es Lagerstroemi inidica y pertenezco a la familia
de las Lytraceae.
Lo que me caracteriza es mi tronco, porque da la imagen de cambiar de
piel. No es piel sino mácula que dejan los Ritidomas. Estas palabras
raras utilizan los científicos para definir al conjunto de tejidos
muertos que recubren mi tronco.
Cuando estos tejidos caen, mi tronco queda como lustrado, de color rojizo.
Te cuento también que mis flores son de color rojo-rosado, liláceas
y blanquecinas.
Florezco en enero-febrero y me multiplico por semillas.
Con la ayuda del hombre también por estacas.
Soy extranjera
aquí, mi origen es asiático. Yo soy de la India donde
existe un clima subtropical, templado, muy similar al de aquí.
En esta tierra me utilizan principalmente para adornar parques y plazas.
Aunque mi follaje caduco, la presencia de mi tronco y ramas es igualmente
agradable.
Te cuento:
En un tiempo era costumbre regalarse semillas de un campesino a otro,
cultivadas por ellos mismos. Significaba un augurio de prosperidad.
Actualmente es muy difícil que los campesinos continúen
con dichas tradiciones.
Si quieres
comprender la vida de un árbol debes hacer lo siguiente: plantar
una semilla, cuidarla, verla crecer y luego encontrarle una utilidad
en tu vida: comer sus frutos, trabajar su madera, usar sus propiedades
medicinales.
Pero cuidado
no puede ser cualquier semilla!!
Debes conseguir la semilla de alguien que tenga una planta cultivada
por él y que ésta dé semillas fértiles.
Entonces sí, aventúrate a conocer el complejo y maravilloso
proceso de la vida.
EUCALIPTUS COLORADO
O CRIOLLO
Yo soy el árbol
más conocido aquí a pesar que soy extranjero.
Me conocen como eucaliptos criollo porque soy dentro de las 600 variedades
de mi especie, el más común en Uruguay.
Mis abuelos, fueron traídos en 1851 y nacieron en 1853. Nos trajo
un tal Tomkinson de África, pero soy de origen australiano, parece
que fuimos llevados primero al continente africano, específicamente
a un lugar llamado Ciudad del Cabo (Sur de África).
Tengo gran altura,
soy corpulento y robusto, mi tronco es liso, de corteza más o
menos delgada que se desprende en largas fajas, rara vez persistente.
Tengo hojas biformes que cambian dependiendo de la edad y flores blancas
solitarias.
Mis frutos son acampanados, relativamente grandes y los niños
suelen llamarlos trompitos.
Florezco en julio pero aquí en Uruguay no es difícil vernos
con flores casi todo el año.
Debes saber que por
plantarme excesivamente, produzco desequilibrios en el medio ambiente.
Por ejemplo, empobrecimiento del suelo, puesto que crezco en pocos años
y me cortan para producir nuevamente mi madera sumamente utilizada a
nivel industrial.
Mis abuelos contaban
que al ser traídos aquí, sin saberlo, convirtieron un
animal habitante de los montes como son las cotorras, en plaga.
¿Sabes por
qué?
Porque como verás
los montes aquí son achaparrados. Las cotorras anidaban en ellos
y tenían un enemigo natural, las comadrejas, que trepaban los
árboles bajos y enmarañados y se alimentaban de sus huevos
controlando así el nacimiento de estas naturalmente. Al llegar
árboles altos de troncos lisos, las cotorras comenzaron a anidar
en nosotros, pero las comadrejas no pudieron treparnos, entonces al
quedar a salvo del enemigo natural, creció la población
descomunalmente y comenzaron a alimentarse de las plantaciones, siendo
un peligro para la agricultura y los cultivos.
Recuerda siempre
que debemos aprender a convivir en armonía con la naturaleza.
El hombre debe aprender a “vivir sin matar y sí a transformar”.
Porque ten presente que no debe haber muerte sino cambio de forma.
No olvides que los vegetales verdes aportan el oxígeno que tú
necesitas:
Protégelos
por siempre!!!
TODOS
ELLOS TE PIDEN CUIDADO, RESPETO, AMOR:
SE LO MERECEN!!!!
Sería interesante
que investigaras mucho más sobre los árboles que aquí
citamos, sobre todo de las propiedades medicinales que cada uno posee:
¡son tan útiles!!!!
¿Qué te
parece?
Este material fue
extraído de ECO-NATURA´95 – Prado – MONTEVIDEO.
Autor Verónica Iribarne
Bibliografía: Atilio Lomabardo: “Árboles cultivados
en los paseos públicos” – 1958, “Arbustos y
Arbustillos de los paseos públicos”- 1979, “Árboles
y Arbustos”- 1970, Museo y Jardín Botánico: “Curso
de Conocimiento y Reconocimiento Flora Indígena”- 1995,
Shiva Vandana: “Monocultivos y Biotecnología” –
1993, Carrere Ricardo: “Desarrollo Forestal y Medio Ambiente en
el Uruguay” -1990, Dr.Leo Monfred: “Siete mil recetas a
base de tres mil plantas medicinales” – 1947.
ACLARACIÓN:
Consideramos que es un material riquísimo con grandes aportes,
a pesar de que fue compaginado en el año 1995, los temas son
vigentes.
Si se encuentran errores de las características de cada árbol,
sugerimos consultar bibliografía actualizada.
2do.
NIVEL – 4to. año – 5to. Año – 6to. año.
BUSCABICHOS
– JULIO C. da ROSA
Material extraído
de BUSCABICHOS – JULIO C. da ROSA – EDICIONES DE LA BANDA
ORIENTAL S.R.L. – Impreso en Montevideo- Uruguay – marzo
2000 – Ilustraciones de Mario Spallanzani –
Datos
Biográficos del autor que posteriormente serán ampliados
en la sección Biografías.
Julio
C. da Rosa:
Nació
en 1920 en el Departamento de Treinta y Tres, en cuya campaña
vivió niñez y adolescencia y en cuya capital realizó
la Secundaria. En Montevideo cursó estudios de Abogacía
hasta segundo año de Facultad. Realizó múltiples
actividades: Diputado por su departamento (1963-1966), Director de CX
32 (emisora radial de Montevideo); Presidente de la Unidad Asesora de
Teatros Municipales, Director Interventor del Servicio de Espectáculos
Públicos y Director de la División de Cultura de la Intendencia
Municipal de Montevideo; Presidente de la Academia Nacional de Letras;
Presidente de la Sociedad Uruguaya de Enseñanza y su Colegio
Nacional “José Pedro Varela”. Integra, además
diversas instituciones vinculadas a la cultura y la educación.
Salvo excepciones muy escasas, toda su obra literaria tiene como ambiente
literario el ambiente campesino o pueblerino. Ha recibido múltiples
premios, entre ellos: Premio Nacional de Literatura del Ministerio de
Educación y Cultura (1977-1978), el Gran Premio Municipal de
Literatura “José enrique Rodó”, de la I.M.
dE Montevideo (1982-1983) y el Gran Premio Nacional a la Labor Intelectual
(1999).
OBRAS
PUBLICADAS:
Teatro:
“Más allá de las sierras” (1949)
Cuentos:
“Cuesta arriba” (1952), “De sol a sol” (1955),
“Camino adentro” (1959), “Cuentos completos”
(1966), “Caminos” (1978), “Hombre-flauta y otros cuentos”
(1988), “Hijos de la noche” (1944).
Novelas:
“Juan de los desamparados” (1961), “Rancho amargo”
(1969), “Mundo chico” (1975), “Tiempos negros”
(1977), “Rumbo sur” (1980).
Crónicas
evocativas: “Recuerdos de Treinta y tres” (1961), “Ratos
de padre” (1968), “Lejano pago” (1970).
Relatos
para niños: “Buscabichos” (1971), “Gurises
y pájaros” (1973), “Yunta brava” (1990), “Tata
viejo” (1999), “De zorrillos y avestruces” (1999).
Ensayos:
“Civilización y Terrofobia” (1968), “Antología
del cuento criollo del Uruguay” (en colaboración con su
hijo Juan Justino, 1979), “Antología de Juana de Ibarbourou
(en colaboración con Arturo S. Visca, 1980).
Yo me crié
entre multitud de animales de las más variadas especies. Mi padre
tenía potreros repletos de vacas, ovejas, chivos y caballos.
Mi madre tenía rodeos de gallinas, patos, pavos y otros plumíferos.
Mi casa era el centro geográfico de un archipiélago de
patios, corrales, mangueras, chiqueros, quintas y piquetes, por donde
campeaba una pintoresca población: aquí un par de perros
barullentos; allí una media docena de marrones escandalosos;
enfrente, un matungo nochero, masticando ruidosamente su ración;
cerca, un coloquio de vacas lecheras con sus hijos encerrados. Todo
esto sin contar el trajín habitual de tropas y tropillas, bajo
cuyas tormentas de polvo, patas, cuentos, chirlazos, balidos y gritos,
solían sepultarse, durante horas, las poblaciones de mi casa
paterna.
Pero por encima de esta enorme masa viviente –terrícola,
propiamente dicha- estaba la inmensa muchedumbre alada. Miles y miles
de pájaros de todos los tamaños, formas, trinos y plumajes.
Fondo permanente de rumor y zumbido, canto y color. Ruidos y vaivén
que, en los días apacibles, prestaban a las arboledas apariencias
de gigantescos colmenares.
Todavía más allá de todo eso, que podría
ser algo así como la capital de aquel populoso país de
mi infancia, quedaba el misterioso mundo rural y silvestre. El de los
ganados chúcaros y los pájaros rapiñeros; el de
los carnívoros y ovíparos nocturnos; el de los condenados
por su carne, su piel, su pelo y su hambre, a vivir huyendo del hombre.
Y parar que nada faltara allí de cuanto hay de vivo sobre la
tierra, abundaban roedores, víboras e insectos para todos los
gustos y disgustos.
Sin embargo, hasta los seis años yo no tuve nada viviente en
mi propiedad. Nada; ni un miserable gato. Todo mi capital se componía
de cosas y objetos. Cosas y objetos muertos, inanimados; sin más
alma que la que yo les prestaba.
Como me gustaba reproducir en mis juegos los quehaceres de mi padre,
hacía estancias, alambrando con estacas y piolines. Poblaba con
hacienda compuesta de huesos, carozos, marlos, frutas y pedruscos. Paraba
rodeo y tropeaba, montado en primorosos pingos de una tropilla de todos
los pelos, formada con palos de todos los colores.
Pero mi mayor anhelo consistía en ser dueño de algo vivo.
De un ser al que pudiera ayudar a ser. Un ser que me estuviera permitido
alimentar, abrigar, cuidar y proteger. Un bichito cualquiera con el
que me fuera posible conversar por las noches para ahuyentarle el miedo;
aconsejarlo para que se portara
como un hombre. Tenerlo siempre cerca, para compartir con él
las alegrías de las mañanas soleadas y las tristezas de
los sombríos ventosos o de los largos temporales.
Un hijo, quería yo, a los seis años. Una piel tibia, un
rostro suave, unos ojos chiquitos, una respiración de criatura,
junto a mí. Eso sí, cuando me preguntaba a mí mismo
si podría servirme un gurisito, me contestaba que no. Por qué,
no sabía. Tal vez la gran responsabilidad; un gurí ya
era asunto serio. Daba mucho trabajo; costaba demasiados rezongos. Sólo
pensando en las rabietas que me agarraría para hacerlo sestear
no más, me bastaba.
Tenía que ser animal, mi hijo. Chico, pero no muy chico. Alegre
y un poco tristón. Compañero mío –compañerazo-
tenía que ser.
Pues en busca de ese hijo irracional, pero no mucho, me largué
por aquellos mundos que yo entonces suponía rendidos a mi personal
y exclusivo dominio. De ahí, de esa permanente búsqueda,
me vino aquel nombrete: Buscabichos. Un mote burlón, pero que
a mí no me molestaba. Creo que hasta llegó a gustarme.
Porque bichos, en el campo, son todos los animales. Hasta algunos hombres,
se les llama bichos.
Hablaré aquí sobre algunos de los muchos bichos que, en
una u otra forma, estuvieron vinculados a mí, entre los cinco
y diez años. Unos, apenas pasaron cerca de mí.
Otros, formaron parte entrañable de mi personalidad infantil.
Todos ellos continúan poblando el mundo de mi niñez. Lejano
mundo aquel. Se habría perdido en el mar de la vida, si no fuera
por esos islotes de la memoria.
Al
seleccionar estos hermosos cuentos de Julio C. Da Rosa pretendemos estimular
la lectura.
Estamos seguros que el alumno/a al leer el primer cuento se sentirá
con muchas ganas de leer el siguiente. Son historias muy dulces, entretenidas
y conmovedoras que se las debemos a este gran autor de la generación
del ´45 que logró en BUSCABICHOS (1970) una verdadera obra
maestra de gracia y fluidez narrativa.
A Julio C. Da Rosa: GRACIAS!!!
Nuestro Portal te recuerda que para lograr una
buena comprensión lectora no debes olvidar el uso del diccionario.
Además no olvides nunca las moralejas
que cada cuento deja.
Compártelas!!!.
Es muy bonito compartir
todo lo que aprendemos!!!
CHARABONCITOS
Pocas cosas me dolían
tanto, de niño, como cambiar de pago. Naturalmente, lo que me
dolía era desprenderme de lo que dejaba. Era como sacarme pedazos
de mí mismo. Cuanto más distintos eran los paisajes que
intercambiaba, más sufría yo.
Si pasaba de la llanura a la sierra, sentía la pérdida
de las grandes distancias. Un ahogo, sentía, al verme imposibilitado
de tender la vista. Un ahogo que me entraba por los ojos.
Si lo que dejaba era serranías, la sensación era de vacío.
Tal cual se me escapara el cuerpo mismo de la tierra. Como si, de golpe,
me quedara abandonado y solito. Un vacío que me llegaba directamente
al alma, era aquél.
Muchos pagos perdí en mi niñez. Llanuras como mares, cerrilladas
como tormentas. Todos se me han venido juntando en una geografía
de la memoria. Geografía de un mundo que se me fue; pero que
hasta ahora me duele.
Algo que mucho extrañé al pasar de la llanura a la sierra,
fueron los ñandúes. Extrañé su presencia
familiar.
Pero extrañé, sobre todo, el regalo primaveral de sus
hermosos huevos dorados. Era liadísimo encontrarse por esos campos
con aquella mercancía brillosa y nueva.
Comenzaban a aparecer de a uno, como tirados al azar. Eran los huevos
“gauchos”. Se dice que el animal los va dejando por ahí,
para alimentar después a los pichones, con las moscas que aquellos
juntan al podrirse.
Fiesta de los ojos y de las manos, era sorprender un nido oculto entre
malezas, con dos, tres, cuatro o más docenas de huevos. Parecía
una enorme bandeja redonda, colmada de fruta recién caída
desde el mismo sol.
Según también se afirma, en un mismo nido ponen varias
hembras. Luego los machos empollan y crían los pichones. En esta
época se ponen furiosos. Si se les mueven los huevos del nido,
abandonan éste, desparramando antes aquéllos a patadas.
Si pasa una persona medio cerca de un nido con ñandú echado,
peligra llevarse una buena paliza de pico y uñas.
Si al faltar los ñandúes faltaron los huevos, al faltar
los huevos faltaron los postres que con ellos hacía mi madre.
Era pérdida que apenaba profundamente. ¡Había que
ver aquellas golosinas de mamá! Sobre todo, había que
saborearlas. Un huevo de ñandú le rendía doce de
gallina.
Tanto me cargoseó aquella ausencia de ñandúes,
que decidí pasársela a mi padre. Día tras día
le hice oír mi cantinela. Era cualquier lugar. A cualquier hora.
Hasta que un día, en un lugar, en una hora:
-¿Y por qué no traés un casal de ñanduces?
-¿No te dije que se mandan mudar de aquí?
-Entonces, nunca vamos a tener ñanduces? ¿Eh?
Decime, ¿nunca?
-Podríamos, pero de una sola manera.
-¿Cuál?
-Criándolos aquí.
Me quedé pendiente de lo que quedaba pendiente.
Pero quería que fuese él quien lo dijera. Esperé.
Salí con la mía. Fue él, al fin.
-Vamos a encargar unos charaboncitos.
Tragué saliva antes de repetir:
-¡Unos charaboncitos!....
Y quedé mirándolo con esa gratitud que suele anidar en
el pecho de los gurises. Anida allí, silenciosa y quieta. Si
hace ruido o se mueve, ha de ser goteando lágrimas.
Me dormí repitiendo “charaboncitos”. Soñé
con charaboncitos. Me desperté pronunciando “charaboncitos”.
Recuerdo patentemente la mañana en que llegaron los tres a casa.
En el carro de pértigo, venían. Estaban echaditos en el
cajón donde los habían encerrado, sin más ropa
que la puesta. Lloraban de pena.
Tres, eran. Un varón y dos nenas, según me dijo tío
Sebastián. Mientras los liberaban, yo me quedé pensando
en su desgraciada situación. Su caza campo afuera; su separación
de padres y hermanos; su largo viaje encerrados, haciéndose preguntas
sobre su incierto destino.
Me sacaron de tales cavilaciones los lastimeros silbidos de los recién
desembarcados, ya caminando por el patio.
-¿Los querías? Ahí están. Son tuyos –me
dijo mi padre, ya haciéndome responsable de la cría y
el cuidado de las tres criaturas. Y estaba yo haciendo conciencia de
semejante responsabilidad, cuando me sorprendieron los gritos de la
vieja Juana. Tomaba un mate dulce allí, lo más tranquila.
De pronto se le acercó uno de los tres y de un picotazo más
rápido que un tiro, le arrancó un botón de la bata.
Mientras todo el mundo reía, salió el ladrón a
los escarceos, tragándose la presa. A su ejemplo, corrieron los
otros dos hacia la vieja. Si no dispara, allí mismo la desbotonan
totalmente.
Vinieron enseguida los comentarios sobre los peligros que suponían
aquellos tragalotodo. Y enseguida, la orden de mi madre para que los
llevara a una quinta cercada de piedra.
Para allá salí con mi tropita. Ellos delante, tirándoles
botes a las moscas y largando aquellos silbidos tristes. Yo atrás,
tratando de imitárselos y tirándoles granos y trozos de
carne.
Durante un largo mes aquellos hijos robados a la llanura fueron mi gloria.
Me trataba con ellos como con hermanos menores. Unos hermanos puro pescuezo
y canillas. Con las camisas sueltas sobre los pantaloncitos rabones.
Con la fama creciente por sus travesuras de pico y gañote.
Adonde estuviera yo, los hacía llegar desalándose con
mi silbido. Me rodeaban, estiraban sus largos pescuezos y tragaban lo
que les diera. Luego de llenarse, se echaban a mi lado y se dejaban
rascar la cabeza y el lomo, como gatos mimosos. Hasta dormitaban allí,
bajo mis caricias y mi conversación. Yo me sentía orgulloso
de mi papel. Contento de tener a mi edad, hijos tan obedientes y cariñosos.
Me gustaba deslumbrar a otros gurises con aquellas habilidades paternas.
Algunos de ellos volvieron a sus casas pidiendo ñandúes
para criar.
Al caer de las tardecitas iba a buscarlos. Me paraba sobre los travesaños
de la portera de la quinta y tras dos o tres silbos tenía a los
tres ante mí. Les daba una merienda liviana y los hacía
arrebujarse bajo un techo improvisado contra la pared de piedra. Uno
contra otro, allí dormían como buenos hermanos.
A la mañana siguiente, llegaba yo con el desayuno.
Andaban ellos “haciendo boca” con los insectos tempraneros.
Volví a llamarlos y otra vez se repetía la escena de alimento,
mimos y siesta. Y de mi agradecimiento a la vida por aquel papel de
ternura.
Un mes y algo, me duró el regalo. Hasta una mañana de
cerrazón. De una cerrazón espesa. Callada. Opaca. Por
entre ella me fui yendo, campo afuera. Silbando y silbando, me fui,
en busca de mi trío de papamoscas.
Fue inútil. La tierra o quién sabe qué se los había
tragado.
De allá, no sé de dónde, ya cayendo la noche, regresé
a casa. Solito, venía. Silbando y silbando. Y a los manotazos
contra aquella cerrazón que se me empozaba en los ojos y me corría
por las mejillas.
MI
PERRO TANGO
Todavía me
cuesta llamarlo perro. ¡Era tan gente!
Me lo regaló el sargento Alfredo Olivera, el día en que
cumplí mis ocho años. Olivera supo ser mi mejor amigo
policial. Supo porque se lo propuso. Y lo consiguió gracias a
dos grandes aciertos suyos. Uno, vestirse de particular mientras estaba
en casa. Se habría dado cuenta que yo le tenía un miedo
bárbaro a los uniformes. El otro acierto de Olivera, fue el conversar
conmigo sobre cosas de mayores. La gente le llamaba el milico Olivera.
Yo, el sargento Alfredo Olivera.
Con aquel regalo del Tango, Olivera selló para siempre nuestra
amistad. Todavía recuerdo la mañana de mi cumpleaños,
cuando llegó con una cajita llena de agujeros. Apenas lo vi,
me dije: “aquí viene un regalo”. Cuando el hombre
abrió la cajita, me dejó deslumbrado.
-Los amigos regalan amigos –dijo, y enseguida liberó la
pequeña bolita que salió ladrando a los brincos.
Lo recuerdo como si lo tuviera ante los ojos. La mañana estaba
sucia. El sol peleaba con unas nubes pardas. El viento se encarnizaba
contra los árboles y las pelambres de los animales. Triste, estaba.
Sin embargo, yo de golpe lo vi todo color plácido. Inundado de
un azul feliz y de una calma de ensueño. Y lo vi así,
por obra de aquel obsequio del sargento Alfredo Olivera. Aquel obsequio
inesperado que fue para mí el Tango.
Desde el día siguiente vivimos el uno para el otro. Se crió
poco menos que en mi falda. Llegamos a conocernos como dos amigos íntimos.
Se hizo arriero, rastreador, correbichos. Fue mi ayudante de casa y
de campo. Me sacó de mil apuros. Me acompañó a
lo largo de todos los caminos de la sierra; a lo ancho de las extensiones
solitarias; a lo hondo de las inmensas noches campesinas. Sudó
conmigo en las brutales faenas; veraniegas con vacunos, lanares y yeguarizos.
Tiritó en los arreos y las recorridas bajo lluvias y temporales.
Compartió mis alegrías y mis tristezas de niño;
mis correrías por entre quebradas y pedregales; mis hastíos
al vaivén de rondas monótonas; mis grandes miedos nocturnos.
Ovejero puro, tenía todas las virtudes de su raza inteligente
y noble. Desde el hermoso vellón tostado que cubría su
corpachón de sabueso con alma de corderito, hasta la dulzura
infantil de la mirada. Desde la delicadeza casi femenina del rostro
alargado, hasta la conmovedora ternura de sentimientos.
Pero sólo con eso quedaría incompleta la imagen de aquel
amigo sin par. Faltaría la suavidad juguetona de su conversación
mal llamada ladrido. Y la bondad paternal de su carácter. Y la
honradez ejemplar de su conducta.
Faltarían la pulcritud de sus modales y costumbres; la humildad
de su temperamento. Faltarían la sensibilidad y la fineza de
su espíritu caballer… digo canino.
Yo conversaba con él como con una persona. Y confieso que muchas
veces estuve tentado de pedirle a mi tío Sebastián que
le dirigiera la palabra. Si no le pedí, fue por temor de que
el viejo se enojase o se me riera en la cara.
Sufrí mucho antes de resignarme a que Tango no fuera más
que un perro. Claro, tuve que aprender a resignarme. Un día llegué
a una conclusión definitiva. Cuándo y cómo fue,
no lo recuerdo. Pero debe haber sido mirándolo repetir por milésima
vez alguna de sus perrerías comprometedoras que yo tanto le reprimía.
Advertí al fin que, por muchas vueltas que le diera, el Tango
era un perro sin vuelta.
Pero no terminó en eso mi penar. Otros amargos tragos me esperaban.
El primero fue tolerar que –perro y todo como era para mí-
el Tango tuviera que ocupar sitio de perro. Me costó mucho, pero
también en eso transé. Permití que, delante de
cualquier persona que no fuera yo, mi amigo se diera el lugar de su
condición perruna.
Eso sí, estando los dos solos o entre perros, nos desquitábamos.
Entonces sí, podíamos tratarnos de igual a igual. Contento
él, de recuperar su dignidad humana. Contento yo de sentirme
tan parecido a él.
Lo que nunca consentí, fue que lo trataran como un perro cualquiera.
Para algo habría de servirme conocer la caterva de cuzcos ordinarios,
barbillas malagradecidos, galgos tragaldabas, sabuesos asesinos y toda
clase de mestizos indefinidos que vi desfilar por mi casa. Mi perro
tenía derecho a que no lo confundieran con rufianes.
Desde luego, nunca faltaba quien me lo rebajase a categorías
que yo no podía tolerar. Unos tirándole un hueso pelado,
como cualquier hambriento. Otros, correteándolo a los gritos,
como a cualquier hijo de perra.
Todo eso me ponía fuera de mí. Me agarraba unas rabietas
de perro. Lloraba como cachorro extraviado. Vuelta a vuelta andaba trenzándome
a uñas y dientes, como un cimarrón.
Mas también en esto aprendí a ser tolerante. Y para ser
fiel a la memoria de mi fiel amigo, debo decir lo que aprendí
del propio Tango. Porque sólo él pudo haberme enseñado
que ser perro no es tan gran defecto. Y que hasta puede ser una virtud,
cuando se es perro con la dignidad con que supo serlo él.
ZORRADAS
Que yo fuera buscabichos,
no quiere decir que todos los bichos me fueran simpáticos. A
algunos se las tenía juradas. Si los buscaba, no era por cierto
para ofrecerles mi cariño. Uno de ellos fue el zorro. Trataré
de dar razones.
Aparecía una gallina muerta y sin pechuga. “¡Zorro!,
decían los mayores. “Bicho condenado”, contestaba
yo.
Nos encontrábamos con un pobre corderito mordido en el pescuezo
o abierto de un costado. “¡Zorro!, era la voz. Y yo: “¡Bicho
asesino!”
Íbamos caminando a bocas de noche, por un caminito solitario.
De repente, “guac”, gritaron de atrás de unas piedras.
“Zorro” exclamó alguien en alta voz. “¡Mamita!”,
había murmurado antes yo, los pelos pinchos, los dientes como
pororó.
Allí cuando pelos y dientes se me sosegaron, se me desató
la lengua:
-¡Bicho abusador con la gente buena y desprevenida! ¡Cobarde!
¡Lindo para sobarte a palos por mal acostumbrado a pasar por gracioso!
¡Matagallinas! ¡Asesinacorderitos! ¡Asustagur…
digo hombres!...
Estábamos alambrando en pleno diciembre seco, sobre una cuchilla
pedregosa y árida. Trabajábamos de sol a sol. Unos soles
que duraban doce horas y pesaban toneladas de fuego lento.
Por no poder cocinar más de una sola vez, de la comida del almuerzo
apartábamos la de la cena. De ésta, la del desayuno del
día siguiente. Antes de acostarnos, acomodábamos como
un tesoro aquel alimento de la madrugada inmediata. Nos levantábamos
con indisimulada simpatía por él.
Pues cierta madrugada en que nos disponíamos a dar cuenta del
tesoro, nos encontramos con el campamento desmantelado. El fogón
hecho un revoltijo de tizones. Las guascas mascadas. Dispersas las ropas
y las provisiones.
-¡Zorro! –gritaron varias voces airadas. Viendo semejante
zafarrancho, yo no pude aguantar la risa. Me vio mi tío Sebastián.
Me ordenó, serio el viejo:
-Traiga la olla con el desayuno.
Y aquel zafarrancho sí, que me sacó las ganas de reírme.
La olla estaba caída de costado, relumbrando por adentro. De
nuestro guiso, ni una grasita de recuerdo. El único recuerdo
que yo recuerdo, era un olor asqueroso.
No sé qué cara habré puesto, para que ahora fuera
mi tío quien largara una carcajada que rebotó ladera abajo.
Lo que sé es que mi apetito me gritó con tal firmeza,
que mi boca se volvió una ametralladora contra el ladrón
lambeta. Juré seguirlo hasta el fin del mundo.
Aquella misma noche me puse a aguardarlo con la escopeta de mi tío.
Horas enteras noche adentro. Cansado como andaba, me dormía como
marmota. A la madrugada me despertaban las risas y las pullas de mis
compañeros. Frente a mí, la misma visión del campamento
dado vuelta.
Cambié la táctica. Resolví sestear de día,
para velar toda la noche. Me pasé varias noches de punta a punta,
con la escopeta amartillada. Un ojo cerrado y otro abierto sobre la
mira. Pues ni un ruido, ni una señal a lo largo de las noches.
Nada. Ni sombra; ni olor de zorro cruzó por allí.
Viéndome derrotado como quedé, mi tío me prometió
ayudarme:
-Al zorro, zorro –me dijo, y se puso a construir sobre una rastra
un “bendito” de varejones. Era una trampa. Se armaba colocando
en su interior un buen bocado de carne sujeto a un alambre. Este alambre
a su vez sostenía una puerta de cuchilla. Tirando de la carne,
escapaba el sostén de la puerta y ésta caía, encerrando
al ladrón.
Al oscurecer condujimos la trampa hasta unas grutas zorreras. La armamos.
Hicimos fuego con bastante grasa. El viento se encargaría de
llevar el apetitoso aroma hasta cuantas narices entrometidas hubiese
por allí. Después nos fuimos.
A la mañana siguiente, para allí marchamos. Yo iba tenso
de emoción. Poco antes de llegar, me anunció el viejo:
-El individuo nos está esperando.
En dos saltos de mi caballo, estuve junto a la trampa. Allí estaba,
mismo, el matrero. Era un zorro regular; pelo grisáceo renegrido,
aspecto y tamaño de un perro policía joven; cola apenachada.
Estaba furioso de impotencia.
-¡Al fin nos encontramos! –le grité y con un palo
comencé a pincharlo a través de los barrotes. Se revolvía
a los mordiscos, entre ronquidos ásperos.
A mi tío no le gustó nada mi encarnizamiento. Agarró
un maneador y, como pudo, enlazó al zorro y lo hizo salir.
Alcanzándome luego la cuerda me dijo:
-Tome. Ahora sí, hágale lo que quiera.
Y se puso a armar un cigarro.
El bicho tironeaba y saltaba como un desesperado.
Comenzó a arrastrarme y yo con la mirada recurrí a mi
compañero. Lo encontré fumando inmutablemente.
Pude manotear un palo grueso y acertarle al enemigo dos o tres garrotazos.
Cuando me disponía a descargarle dos o tres cientos más,
me sorprendió lo inesperado: el zorro comenzó a tambalear,
para desplomarse enseguida, completamente inmóvil. Todavía
abrió dos o tres veces la boca y sacó tamaña lengua.
“Muerto”, me dije.
Y a mi tío:
-Lo maté.
-Capaz que sí…
-¿Qué hago?
-Pues y si lo mató, sáquele el maneador.
Obedecí y me puse a acomodar el recado para asegurar la valiosa
pieza.
De lo demás, no quise acordarme. Todavía me parece puro
sueño. Al volverme para cargarlo, “el muerto” se
había incorporado.
-¡Revivió! –grité o aullé.
-¡Agárrelo, que se le va! –le oí al viejo,
al tiempo que salté para caerle encima al maldito. ¡Qué
iba a caerle!
Contra unas piedras, fui a caer. Él iba allá tras unos
matorrales, haciéndose chiquito en la disparada.
Me levanté, volví a arremeter. Me perdí quebrada
adentro, ya sin rumbo.
Al rato largo volví. Mudo, venía. Lleno de magullones
y rasguños. Lagrimeando de rabia, desazón y ardores.
Monté a caballo y sin mirar al viejo salí a la disparada
hacia las casas. Asimismo, todavía pude oírle a mi tío:
-Lo volvieron a zorrear a mi sobrino.
Por mucho tiempo no quise hablar ni oír hablar de semejante bicho.
ZORRILLO
GAUCHO
Como a todos los
niños, a mí también los mayores me asustaban con
el cuco.
-¿Qué es el cuco? –pregunté una vez.
-Un zorrillo
-¿Y cómo es?
-Peludo, dientudo, coludo.
Me tapé hasta la cabeza. Estuve horas tratando de figurarme el
tamaño, la forma y el aspecto de aquel enemigo mortal. Cosa de
reconocerlo inmediatamente, apenas me topara con él, en medio
de esas noches y soledades. Me construí una imagen que me dejó
temblando: cuerpo de oso, pelambre de león, colmillos de elefante,
cola de caballo.
Más de dos años anduve con esa imagen de zorrillo a cuestas.
Hasta cierto día en que la cambié por un zorrillo guacho.
En casa habían comenzado a amanecer gallinas descabezadas.
-Eso es zorrillo –decía tío Sebastián desde
que apareció la primera. De puro aterrorizado, yo ni hablaba.
Me concentraba a tomar precauciones. Entre otras, recogerme temprano
y acostarme lo más cerca posible de mis padres. Como para que,
si llegaba a aparecer el ogro de mi horrible imagen buscando mi cabeza,
me encontrara lo mejor protegido posible.
Todo esto hasta una noche en que escuché una conversación
entre mi tío y mi padre. Estaban conviniendo la forma de enfrentar
al ogro aquella misma noche.
Suspiré de alivio y me fui a acostar. Al fin me iban a liberar
de aquella obsesión. Agradecido a mis héroes salvadores,
me quedé esperando el feroz encuentro nocturno.
Sólo bisbiseos estuve oyendo, durante horas. Vaivén de
faroles. Pasos furtivos. El sueño pudo más que yo y me
dormí. Al aclarar me despertó mi madre:
-Tu padre y tu tío mataron anoche al zorrillo.
Salí casi desnudo, preguntando dónde estaba el monstruo
derrotado. Tuve que buscarlo entre un yuyal. Cuando lo encontré,
debieron venir ambos matadores a declarar ante mí. Tenían
que convencerme de que aquello era el tal zorrillo. Me convencieron.
Pero en el mismo lugar de mi alma donde se derrumbaba la imagen de ogro,
comenzó a levantarse una inmensa lástima por el pobre
bichito infeliz que tenía ante mis ojos. Y más que por
él en particular, por todos los zorrillos del mundo perseguidos
sin cuartel por cuanto viviente humano había. Quien tuvo que
oírme fue tío Sebastián:
-Lo mataron porque se como unas cabezas de gallina.
-Sí…
-Y ustedes se comen gallinas enteras.
Lo dejé sin asunto, al viejo. Y aproveché para hacerlo
jurarme allí mismo, que me ayudaría a buscar un pichón
de zorrillo para criarlo guacho
Como siempre, cumplió mi tío. Una noche veníamos
los dos de recorrer el campo, trote y trote. Las estrellas alumbraban
más que la ceja de la luna nueva, ya sobre el horizonte. Crepitaba
el grillerío, entre guiños de luciérnagas. De pronto
me gritó el viejo:
-Venga, que aquí los tenemos.
-¿A quienes?
-A la doña con el gurí.
Delante de nosotros corría por un caminito una zorrilla con el
hijo en la boca. Igual que una perra o una gata.
Con paciencia, el zorrillo es un bicho al que se puede arrear durante
horas. Con paciencia; cuidando de que ni se enoje, perfila el cuerpo
y tapa a quien sea con una garúa fétida. Aquel olor no
se borra con nada, por muchos días.
La hicimos arrimarse al paso del arroyo. Allí debió elegir:
o exponerse con hijo y todo, enfrentándonos, o confiar el cachorro
a nuestra bondad. Eligió esto último.
Allí lo dejó, perdiéndose ella por entre unas pajas.
Llegamos a casa con aquel regalo de la noche. Lo encerré en un
cajón y comencé a darle mamadera de bebé. Aprendió
fácilmente a mamar en teta de goma.
Lloraba como un cuzquito. Me seguía como un hijo obediente. Nunca
utilizó con nadie en casa, el arma de su defensa. Se decía
que, a falta de uso, las glándulas donde guarda el líquido
de su ataque, se atrofian.
Tomaba leche, comía insectos y dormía como un bueno. No
molestaba a nadie, para vivir. Igual que todos los de su especie. Si
algo me faltaba para convencerme de la injusticia de su persecución
por la gente, allí estaba su ejemplo. Nunca mató una gallina.
Como nunca lo haría ningún zorrillo sin hambre.
Era hermoso y bien plantado. Tenía olor a gato aseado y mimoso.
Pelo negro sedoso, cruzado por una raya blanca en forma oval, a lo largo
del lomo, pasando por el nacimiento de la cola y la frente. Los hay
totalmente negros.
Años lo tuve cerca. Hasta una noche en que pasó fuera
de casa. Y otra en que amaneció en casa. Y otra en que desapareció
definitivamente. Nunca más lo vi.
“Se casó”, me dijo mi tío Sebastián
y le creí. “Que se case”, me dije. “Y que sea
feliz”. Me quedé lo más tranquilo.
Nadie pudo explicarme mi tranquilidad ante la pérdida de aquel
guacho tan querido por mí. Nadie, salvo yo.
La explicación estaba en que la huida del bichito coincidía
con tres hechos importantes.
Primer hecho: en casa había muchas gallinas. Segundo: él
se iba a construir su hogar, a tener hijos. Tercer hecho: ya me habían
regalado mi perro Tango. No se trataba de poca cosa, como se ve.
COSAS
DE LAGARTO
Algunos de mis mejores
recuerdos de niño campesino me vienen del tiempo en que Severiano
estuvo en casa.
Tiempo corto. Terminó una mañana que yo no olvidé
jamás y pienso que Severiano tampoco. Viento emperrado. Nubes
trotadoras. Sombríos como manchones de humedad. No nos despedimos.
Nos dijimos hasta luego. Creo que hicimos bien.
Lo único que nos faltaba para ser con aquel gurí, era
ser hijos de los mismos padres y madres. Y lo único que nos faltaba
para ser mellizos, era tener el mismo color y el mismo pelo. En todo
lo demás éramos idénticos: edades, tamaños,
gustos, disgustos.
Dos gotas de agua, vistos por dentro. Ahora vistos por fuera, él
una gota de café; yo, una de aceite. A veces me decía:
-Lástima que yo no sea rubio.
Le contestaba:
-O que yo no pueda requemarme…
-¡Qué par de mellizos, seríamos!
-Un par sin par.
-Nos andaríamos repitiendo por aquí y por allá.
-¡De las que no salvaríamos, echándonos las culpas
uno de otro!...
Eso sí, por encima de todo lo que nos unía, se destacaban
los sentimientos superiores: el odio a la siesta y el gusto por las
aventuras.
Por esos ideales llegamos a desafiar todos los peligros.
El mayor de ellos, era huir a la hora de la siesta. El que le seguía,
era largarnos por esos mundos mientras dormían los mayores. Es
decir, la gloria. Una gloria que duraba hasta tres horas por día.
A veces pudo durar más, pero Severiano y yo éramos personas
muy precavidas. Antes que nadie fuera a levantarse, nosotros nos devolvíamos
a nuestras camas. Cerrábamos los ojos y hasta roncábamos
para que no se dudara de nuestra “entrega de sueño”.
Un día la gloria se nos volvió susto. El susto de cara
más fea que yo recuerde de entonces.
Íbamos ideando nuestro programa del día. Figuraban en
él unas pedradas a las colmenas, sólo para embravecer
las abejas. Unos galopes enancados en un petiso bichoco, muy rodador.
La caza de algunos escuerzos en el azude. Y como broche de oro, un bañito
de inmersión allí mismo.
El sol áspero de enero apretaba la tierra como una mano dura.
El mundo parecía consumirse bajo un incendio. Silencioso y quieto,
entre crepitaciones de chicharras y langosta saltona.
Caminábamos sigilosamente bajo la sombra de los eucaliptos, cuando
nos envolvió aquella cadena de escándalo. El primer eslabón
fue el alerta de los teruteros. El último, el tropel de la perrada
en avance. Entre uno y otro, los lamentos de lechuzas, pirinchos y picapalos
y despavoridas carreras del gallinerío.
Los ojos duros, los cuerpos blandos, los corazones a todo motor, Severiano
y yo no atinamos más que a mirarnos, agarrarnos de las manos,
quedarnos inmóviles, hacernos lo más chiquitos que pudimos.
Poco nos duró esto. Porque si al instante debimos hacernos chiquitos,
fue para disparar. Disparar de aquel bicho que cuando quisimos acordar,
venía hacia nosotros seguido de los perros. Un bicho que nos
pareció el más grande y feroz de todos los bichos del
mundo. Le contamos más de veinte patas, no menos de diez colas
y otras tantas lenguas. Se parecía a un cocodrilo, corría
como ñandú, brillaba como un pez. Pero no era cocodrilo,
ni ñandú, ni pez.
Casi tocándonos las nucas con los talones llegamos a nuestros
dormitorios y nos zambullimos en las camas.
Nos tapamos hasta la cabeza.
Al tío Sebastián le podíamos contar los percances
de nuestras aventuras. Era amigo. Largó risa ancha y dijo:
-Lagarto
-¡Lagarto!
-Claro. Y cebado.
-¿Cómo, cebado?
-Manso de lambeta. De repente hasta huevero el mozo.
-¿Come huevos?
-Como un gran señorón. Claro, huevos rastreros. No es
bicho trepador.
-¿Qué huevos come?
-Los que encuentre a mano. Hasta de ñandú.
-¿Sí?
-Eso es lo lindo para él.
-¿Por?
-Por las mañas que se da. Siendo huevos de gallina para abajo,
los rompe fácilmente a coletazos.
-¿Y con los de ñandú?
-Ah, ya la cosa cambia.
Contó: el bicho coloca los huevos en fila en una ladera. Se va
lejos por el lado de arriba. De allá embiste a todo lo que da.
Pecha el primero de la fila.
-¿Y?
-Y… huevo que se quiebra, le mete la cabeza adentro, le menea
lengua y se lo pasa por el gaznate.
Nos reuníamos después con Severiano, a comentar los cuentos
del viejo.
-¿Qué te pareció?
-Mentira, me pareció. ¿Y a vos?
-Mentira y pico; pero linda.
-Ah, sí. Soberbia.
Al día siguiente, apenas mi tío se sentó a tomar
mate, lo rodeamos. Como toda persona mayor a quien los gurises le preguntan,
le gustaba hacerse rogar. Nosotros combinábamos de antemano la
forma de hacerle largar los rollos. En esto Severiano era un especialista.
Sabía buscarle la vuelta.
-Usted debe haber lidiado cientos de lagartos, ¿no, don Seba?
-¿Cientos? Jum. Miles y miles.
Pintaba hondo, mi tío. Chupaba largo la bombilla. Por allá
tras de un largo silencio, Severiano otra vez, después de hacerme
una morisqueta:
-Seguro que vio a muchos de cerca comiendo huevos de ñandú.
-Y melando lechiguana, también supe ver muchos.
-¿Cómo?
-Robando miel.
-¿También eso?
-Eso sí que es lindo.
-¿Y cómo hace?
-Como bien no más.
Dijo que el lagarto se arrima despacio a la lechiguana. De pronto corre,
le da un coletazo fuerte y sale disparando de cola parada. Mientras
las avispas se sosiegan, él se chupa la cola embadurnada de miel.
Horas en ese quehacer. Si alguna avispa lo trae mal, se zambulle en
el agua. Al fin las avispas abandonan la lechiguana, y él se
hace la gran panzada. “Lechiguana”: “Leche de iguana”.
“Iguana se llama también el lagarto”, terminó
mi tío.
Me comentaba Severiano:
-Miente lindo, el hombre viejo.
Y yo:
-Precioso. Y… vaya uno a saber si miente o dice la verdad…