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EN ESCOLARES DE MAYO Y
JUNIO DICEN PRESENTES:
JUANA
DE IBARBOUROU – “EL CÁNTARO FRESCO”
JUAN JOSÉ MOROSOLI – “MUCHACHOS”
A
ELLOS… A SUS LIBROS…
EN EL DÍA DEL LIBRO:
NUESTRO HOMENAJE!!!!
MATERIAL SELECCIONADO PARA
PRIMER NIVEL DE PRIMARIA
EL CÁNTARO FRESCO (1920) –
JUANA DE IBARBOUROU
En
este libro, Juana de Ibarbourou, vierte su intenso amor a la naturaleza
en exquisitos poemas en prosa rebosantes de ternura hacia las humildes
criaturas del campo. Aún las cosas inanimadas cobran vida y se
transfiguran al conjuro de su fina sensibilidad y excepcional don poético.
Comenzamos
con:
“Noches
de lluvia” en la cual sentimos la sensibilidad de la poetisa hacia
aquellos que no tienen un hogar cómodo, digno, en una noche de
lluvia, así como hacia aquellos que directamente las grandes tormentas
se lo han llevado todo.
Es conciente que ella sola no puede remediar la situación, pero
igual se siente avergonzada y prefiere dormirse!!!
¡QUÉ
ALMA BUENA!!!
Recordemos
cuántas familias en estos momentos están en esta situación
debido a las grandes inundaciones en muchos de nuestros departamentos
(Durazno, Soriano y Treinta y Tres – Uruguay). Cuántos necesitan
comida, abrigo, cuántos han perdido sus casas. ¡Qué
difícil situación!
Ayudemos con lo que podamos y sobre todo con el corazón, como nuestra
Juana, valorando lo que tenemos en casa pensando que nuestra casa debe
ante todo ser un HOGAR, lleno de comprensión, cariño, amistad,
paz y AMOR.
NOCHES DE LLUVIA
Yo amo las noches de lluvia.
Son de una intimidad intensa y dulce como si nuestra casa se convirtiera,
de pronto, en el único refugio tibio e iluminado del universo.
Los objetos que nos rodean adquieren una familiaridad más afectuosa
y más honda;; la luz parece más límpida; el fuego,
la mecedora, los ovillos de la lana, el lecho, las mantas, todo es más
nuestro y más grato.
La alcoba, realmente, se
convierte en nido, en nido caliente y claro y sereno, en medio del viento
gruñidor, de la lluvia furiosa o mansa, del frío que hace
acurrucar cabeza con cabeza a las parejas de pájaros. Me imagino
mi casa, entonces, como un pequeño y vivo diamante apretado entre
el puño de un negro gigantesco. ¡Qué beatitud!
Hago por no dormirme para gozar esas horas de gracia propicial al ensueño
y al amor. Pero a veces, también, me asalta de pronto la visión
de pobres ranchos agujereados, de chicos friolentos, de mujeres que no
tienen como yo una casa tibia ni abrigada cama blanda y para quienes estas
noches así son un suplicio. Y entonces sí, me esfuerzo por
dormir. Ya que no puedo remediar yo sola su infinita miseria, les doy
el sacrificio de la conciencia de mi bienestar. Me duermo, me duermo,
avergonzada de paladear un gozo que atormenta a millares de seres humanos.
EL CÁNTARO FRESCO
Han traído para el
almuerzo un ventrudo recipiente de barro lleno de agua recién sacada
del pozo. Y es ésta tan fría que, rezumando por todos los
poros del cántaro, ha cubierto la rojiza superficie de un fresco
manto húmedo. A trechos, el vapor acuoso es más espeso y
forma gotas gruesas que caen sobre el mantel blanco. En el comedor reina
una penumbra dulce. Por una rendija del postigo entra, tendiéndose
en la parte superior de la ventana hasta el piso del centro de la habitación,
como una tirante cinta amarilla, un rayo de sol que, en el suelo, se concentra
simulando un ovillo dorado. A veces, al mover un ligero soplo de brisa
la cortina, el redondel de sol se mueve también, y Titanio, el
pequeño terranova que hace rato lo observa, salta sobre él.
Y ladra al ver que lo que el quizás supone un extraño insecto,
se trepa como una mariposa burlona a su pata peluda. De la cocina llega
ruido de loza; del patio un chirriar confuso de cigarras.
En espera del almuerzo empieza a invadirme la modorra de este cálido
mediodía de Diciembre. Mi hijo, con esa sana hambruna de los seis
años, pellizca un trozo de pan, sentado ya en su sillita, junto
a la mesa, esperando la llegada del padre. Mis agujas de tejer, la labor,
el ovillo, han resbalado poco a poco de mi falda a la estera. Yo apoyo
mi mejilla en la fresca superficie húmeda del cántaro. Y
ésta fácil y sencilla felicidad me basta para llenar la
hora presente.
SELVA
Selva; he aquí una
palabra húmeda, verde, fresca, rumorosa, profunda. Cuando uno la
dice tiene en seguida la sensación del bosque todo afelpado de
musgos, runruneante de píos y de roces, lleno de los quitasoles
apretados y movibles de las copas de los árboles, bajo los cuales
las siestas ardientes son tan dulces y donde en tan grato, tan grato,
tenderse a soñar. ¡Selva! ¡Oh Dios mío, qué
palabra tan alegre y tan fresca! ¡Qué palabra para mí
tan llena de reminiscencias! Huele a eucaliptos, a álamos, a sauces,
a grama; suena a viento, a agua que corre, a pájaros que cantan
y pían, a roce de insectos y croar de sapitos verdes; evoca redondeles
de sol sobre la tierra, frutas silvestres de una dulzura áspera,
caravanas de hormigas rojas cargadas de hojitas tiernas, penumbra verdosa
y fresca, soledad. ¡Oh Dios mío, evoca mis quince años
y toda mi alegría sana, inconsciente y salvaje!
LA MARIPOSA
Una mariposa pequeña
y amarilla ha venido a revolotear en torno a la luz. ¡Qué
giros locos, qué círculos precipitados y continuos!
-¿De dónde vienes, pequeñita? ¿Has estado
acaso en aquel bosque rumoroso que yo recorría encantada y sin
miedo cuando era niña? ¿Bebiste alguna vez una minúscula
gota de agua en aquella laguna bordeada de juncos y mimbres, que hay cerca
del bosque de que te hablo? ¿Has dormido alguna noche en una matita
de verbena? ¿Has curioseado en muchos ramajes? Ese polvo amarillento
que te cubre, ¿es polen de achiras, de achiras silvestres? ¡Oh
pequeñita, yo juraría que tienes olor a campo en las alas!
MELANCOLÍA
Estoy enferma. Llueve. Por
los vidrios de la ventana resbalan precipitadas gotas brillantes. Los
álamos de la carretera tienen un color verde claro, tan claro,
que parece que esa fuera su sonrisa bajo el agua fresca. Siempre que llueve
me voy a corretear por el camino sin paraguas, con la cabeza descubierta,
dichosa de mojarme. Y una vez entre los árboles, con los álamos,
el viento y la lluvia, me parece estar en familia. Río, canto,
corro, ¡yo tan constantemente taciturna! Y cuando retorno a mi casa
tengo la sensación de haber estado entre mis hermanos. Pero hoy
no puedo hacer eso. He empezado a toser, a toser… Y lo más
que me permiten es abrir una rendija de la ventana y recoger un poco de
lluvia en el hueco de mi mano ardiente. Se ha colado entonces un soplo
de viento, que, en un silbido leve, parece decirme que él, los
álamos y la lluvia me aguardan. Los ojos se me han llenado de lágrimas.
-¡No puedo, viento,
estoy enferma!
EL CERCO AZUL
Frente a mi casa hay un
tupido cerco de enredaderas. Y todas las mañanas amanece azul,
como si un trozo de cielo, durante la noche, se hubiera desmenuzado sobre
él.
Muy temprano, apenas me levanto, corro a abrir la ventana de mi cuarto
para mirar el hermoso cerco azul. Debe ocultar muchos nidos porque son
muchos los gorriones que entran, salen, y se agitan chillando entre el
verde laberinto de sus tallos. A veces los chicos del barrio arrancan
puñados de sus bellas flores y se las ponen en las gorras mugrientas.
Es como si llevaran penachos de cielo sobre la sucia cabeza. Pero las
tiran en seguida. Ayer vi que el lechero al pasar, pegó al cerco
con el látigo y la vereda quedó cubierta de campanillas
mutiladas. Yo sentí indignación profunda ante ese inconsciente
y torpe acto de maldad. Creo que, mirando ese cerco, ya tengo un diario
motivo de alegría para todo el verano.
No sé por qué me serena verlo tan lleno de viva y sana belleza.
Y creo que me da una constante lección de optimismo floreciendo
sin tasa, cubriéndose mañana a mañana con sus campanillas
azules, a pesar de la avidez inconstante de los muchachos del barrio y
de la crueldad torpe del lechero, que al pasar, le pega con el látigo.
EL GESTO MÍO
Fulgura tal cantidad de
estrellas esta noche, que me pregunto cómo puede haber en el cielo
espacio para tanto lunar de oro. Tal vez por eso, a ratos, algunas se
desprenden quizás empujadas por las otras que quieren sitio y cruzan
la alta sombra como una larga flecha rubia. Yo no me canso de mirar y
mirar el cielo esta noche. E inconscientemente cuando veo desprenderse
una estrella, alargo mi mano con la absurda pretensión de apresar
a la vagabunda. ¡Ay! ¡Es un gesto muy mío éste
de tender siempre las manos hacia las cosas más imposibles!
LA NOCHE
Me gusta el sol, el calor,
el ruido, la luz. Pero la noche me conmueve de una manera… Siempre,
antes de acostarme, abro el balcón de mi cuarto y me paso un rato
largo mirando el cielo y la sombra. Y es ésta, noche a noche, una
hora de conmoción espiritual constantemente renovada. Nunca me
pasa nada de extraordinario y sin embargo me son familiares todas las
emociones. Basta un roce, un grito, un poco de luna, un trozo perdido
de música, el canto áspero de un grillo, a veces nada, la
emoción viene sola, para que vibre mi sensibilidad agudizada por
mi vida solitaria y silenciosa. Mi alma parece un hilo en continua tensión:
se pone vibrante al menor roce. Y frente al mundo, de noche, el fenómeno
se hace más intenso. Yo no sé qué tienen la sombra
y la luna!
LOS ÁRBOLES
Ese transformar de los árboles
en muebles, ¿no es un suplicio monstruoso? El árbol, hecho
leña, va a poseer el alma multicolor y maravillosa del fuego; va
a concluirse más pronto, pero antes sentirá flamear su espíritu
en las lenguas inquietas de la llama y en las estrellitas de las chispas;
saciará su afán de ascensión y de cielo subiendo
hecho humo, hecho nube, él, que siempre estiraba la verde cabeza
de su copa a las nubes. Pero, convertido en mueble, no es más que
una momia, la forma más horrible de perdurar. Recorro las habitaciones
de mi casa y pienso:
-¿Cuántos árboles habrán talado para que yo
tenga todo esto? ¿Qué selvas enormes se han abatido para
amueblar todas las casas del mundo? Me lleno de tristeza pensando en el
duelo del rocío, de los pájaros y del viento. Y me lleno
de angustia imaginando el dolor de los gajos heridos, de los troncos mutilados,
de todas las selvas de la tierra caídas bajo las hachas brillantes
de los leñadores.
Esta madera ahora inmóvil y muda, ¡cómo habrá
susurrado y florecido en un tiempo!
VESTIDOS NUEVOS
Creo que a veces las plantas
son como las mujeres: les gusta cambiar de traje. Por eso en Otoño
arrojan al suelo todas su hojas amarillas y en Primavera se cubren de
brotes brillantes. ¡Es que, de veras, es tan lindo ponerse un vestido
nuevo. Y las acacias se adornan de moños blancos, los aromas de
linares de oro, los plátanos de borlitas verdes y los ciosotis
, como “Piel de Asno” le piden al hada de las flores un vestido
hecho de cielo.
¡Hasta los cardos, tan ásperos, sienten despertar su coquetería
y se prenden entre las duras greñas un penacho azul! ¡Me
río yo de los botánicos que quieren explicar gravemente
los fenómenos de la florescencia y de la vegetación! ¡Si
al brotar y al florecer las plantas no obedecen a otro impulso más
que al deseo de ponerse un bonito vestido nuevo! Por eso, también,
crecen con preferencia en torno de las acequias, de los estanques, de
los arroyuelos: para tener un espejo en que mirarse.
MATERIAL SELECCIONADO
PARA SEGUNDO NIVEL DE PRIMARIA
Sugerimos
a los maestros/as formular cuestionarios, reflexiones, opiniones, debates,
para cada uno de los fragmentos citados.
Es muy importante trabajar en forma grupal y remarcar las moralejas que
nos dejan estas hermosas lecturas.
MUCHACHOS - fragmentos – JUAN JOSÉ
MOROSOLI
1)
Cuando el primer toque de
campana de la Iglesia soltaba las palomas hacia el campo, se levantaba
Doña Manuela y llamaba a Perico.
A éste le costaba poco levantarse. Apenas tenía que vestirse,
pues dormía con lo puesto: un pantalón a media pierna, que
sostenía con tirantes de lienzo en forma de equis, cruzándole
los hombros, y una camisa de tela florida.
Doña Manuela entraba y salía del rancho con baldes y palanganas,
vigilando al muchacho hasta que éste se había lavado bien
la cara y manos. Luego comenzaba con su peinado. Tenía una cabellera
abundante que dejaba caer sobre el pecho, abierta y extendida, que luego
iba escarmenando despacio, a peinilla y agua.
Perico trajinaba en el medio del rancho que le correspondía de
habitación. Disponía al fin yerba y pava y comenzaba a cebar
mate dulce. Era el desayuno.
-Tome mama.
Comenzaba a sentirse los cencerros de los carros de los panaderos y los
tumbos lejanos de las carretas que entraban al pueblo con sus cargas de
leña, zapallos o sandías.
Madre e hijo, sentados en sendas sillas petizas, de asiento de cuero de
vaca, iban dando cuenta de la cebadura.
El patio –fondo, un sitio completo, se iba llenando de vuelos de
pájaros. Higueras, cedrones, membrilleros y saúcos en profusión,
cubrían la tierra. El cerco con caballete erizado de vidrios de
botella, desaparecía entre el hinojal y la ruda macho.
Una paz llena de frescura venía de las plantas y de la mañana
y se enredaba junto a ellos.
Ahora Doña Manuela
cargaba sobre la cabeza la bolsa de ropa para lavar. Perico hacía
lo mismo con una bolsa más pequeña. Tan pronto ganaba la
calle, acompasaba el paso y soltaba el bulto, dejando caer los brazos,
siguiendo a la madre en un alarde de equilibrio perfecto.
Ya en el arroyo la lavada, Perico quedaba en libertad hasta las 11, en
que iba a almorzar a lo de las Señoritas de Méndez, protectoras
del “Colegio Sagrado” y a quienes el muchacho hacía
los mandados.
Estas mujeres tenían cierta autoridad sobre Doña Manuela,
pues la madre de ésta, y ésta misma, habían sido
criadas en la casa solar de las Señoritas.
Cuando la madre de Perico resultó embarazada, abandonó la
casa, pues la familia Méndez era muy rígida en cuestiones
de moral.
La siguieron ayudando con lavados y trabajos fuera de la casa.
Manuela era la que limpiaba una vez al mes el panteón de la familia
y lavaba los pisos de la casona patriarcal. Al comienzo del verano iba
a la estancia a efectuar una limpieza general, pues allí no había
sino hombres que apenas entraban en el cuerpo enorme de la construcción
casi colonial. En estos viajes le acompañaba Perico.
Tras el almuerzo Perico
iba al colegio, y luego de las horas de clase quedaba en libertad total,
hasta que volvía a su casa a cenar.
Estas horas las cruzaba Perico en una actividad febril. En ellas iba penetrando
en los secretos de la vida ajena, aprendiendo malas palabras y resbalando
en el conocimiento de las cosas de los hombres.
Tenía una intuición maravillosa que le permitía filtrarse
en esos silencios que ponen en ciertas conversaciones los mayores, cuando
hay niños delante.
Sabía más que los otros muchachos de su edad, cuando estaba
n rueda con ellos, les asombraba con cuentos oídos a los hombres
en sus vagabundeos.
Al volver a su casa, su madre le esperaba con un sencillo y repetido:
-¿Qué tal m´hijo?
El contaba detalles de sus horas, Lo que había hecho en casa de
las Señoritas, algún episodio de la jornada escolar, alguna
noticia de la vida del pueblo.
-Cerraron la calle de lo de Píriz… Parece que está
en las últimas…
A pesar de que en el pueblo –sobre todo por las tardes- eran pocos
los ruidos y el tránsito de vehículos, era costumbre que
cuando algún vecino estaba enfermo de gravedad, se extendiera una
cuerda de esquina a esquina, indicando que les estaba prohibido a carruajes
y carros transitar por la calzada.
Otras veces iba a entregar algún lavado o a comprar “algún
olvido” en el almacén.
Tras la cena frugal, quedaba otra vez en libertad por un rato, hasta que
se cerraba la jornada para él con la primer pitada del guardia
civil, anunciando horas. Eran las ocho.
Aquella mañana volvía
de la panadería con una canasta llena de pan. En la esquina de
la plaza, pegado a la pared un guardia civil “bombeaba” un
grupo de muchachos amigos de Perico, que en la esquina de la otra cuadra
jugaban “a la figurita”. El grupo rodeaba a los dos jugadores
que junto a la pared iban dejando caer los cartones. La comisaría
estaba sólo a tres cuadras, calle derecha.
Había caminado dos o tres pasos, cuando sintió detrás
suyo, encorvándose para ocultarse, a El Carancho. Se iba a volver,
cuando éste le previno.
-Seguí contra la pared… Viá cazar aquéllos…
Perico sintió vergüenza de su papel. A lo mejor detenían
a un compañero por su culpa.
A los siete u ocho metros, los otros advirtieron la presencia del guardia
civil:
-¡Guarda el mataperro!
El grupo se desgranó entre gritos y risas. Perico se detuvo. Se
irguió El Carancho:
-Bueno, tás preso vos!
-¿Yo?
-Sí, vos mismo.
Perico asombrado preguntó:
-¿Por qué?
-Porque me ven de allá –y señaló la comisaría-
y porque se me antoja!
Perico sintió que una ola de rabia le subía desde lo hondo.
Rabia que le relampagueó una luz cortada entre los ojos. Lágrimas.
-Usté es un mataperro de m…!
Perico dio un tirón para desasirse. Saltaron los panes de la canasta.
Desde el cerco del frente asomó una cabeza. Era Leandro, su mejor
amigo:
-¡Bienecho por acagüete!
El Carancho soltó la mano de Perico:
-¡Juntá el pan!
Perico comenzó a llorar. Aquel grito que llegó desde el
cerco le aflojó las lágrimas y le hizo doler por dentro.
Era un dolor dulce, hacia sí mismo, a quienes los compañeros
lastimaban en su sentimiento más puro: la fraternidad.
Si no hubiera sido por eso, tal vez El Carancho hubiera tenido que golpearlo
para llevarlo a la comisaría.
Cuando llegó a su
casa anochecía. Su madre lo esperaba llena de preguntas.
-Decí dónde estuviste cachafaz!
Perico levantó la cabeza y emparejó su mirada a la de la
madre.
Tenía en los ojos una mirada que lo erguía frente a la mirada
severa de ella.
-¡Tuve preso!
-¡Ajá! ¡Preso!
-Sí. Fue una injusticia. ¡Me la van a pagar!
La madre que tenía el rebenque justiciero lo dejó caer.
Perico tenía una mirada que hacía muchos años no
penetraba en Doña Manuela. Una mirada que hacía años
estaba bajo la tierra.
-¿Quién te llevó? ¿Por qué?
Le apremiaba a preguntas, solidaria con el muchacho castigado injustamente,
convencida por aquella mirada que venía desde el hombre que le
dio aquel hijo, que estaba allí mismo, y que recién ahora
mostraba en la voz y en una extraña fuerza irradiada desde lo profundo,
sometiéndola y exaltándola.
La mujer que pelea y sangra por un hombre afloraba en preguntas, enérgica:
-¡Contá! ¡Decí pues!... ¡Los voy a acomodar!
Esto a Perico le hizo más daño que un talerazo. Replicó:
-¿V´andar como las Mendoza?
Las Mendozas eran unas vecinas llenas de hijos, que siempre andaban a
las greñas por causa de éstos –unos mano larga, pícaros
y llenos de vicios- a los que defendían a pesar de todo.
La madre alcanzada en su dignidad, buscaba salir del trance.
-Las Señoritas irán a la comisaría.
Tendrían que borrar aquella primera “entrada” que es
la que pierde para siempre. La que separa dos etapas como una virginidad
que se pierde.
-Ahora caminá a lavarte y te acostás!
Perico se lavó y entró en el medio rancho donde vivía.
Tras la cena apurada y nerviosa, ella hizo lo mismo.
Sintió dos o tres
pitadas de la ronda. No podía dormir. Oía a su hijo revolverse
en el catre y suspirar. Presentía que tras el silencio ardía
el insomnio del muchacho.
-¿Qué tiene m´hijo?, pregunta súbitamente condolida.
-Nada… Que no tengo sueño nomás!...
Seguían las vueltas que hacían crujir el catre.
-¿Se siente mal?, volvía a inquirir la madre.
-No.
Temblaba aún a contestación, cuando sintió un sollozo
estrangulado entre las ropas. Fue primero así, sordo y medio muerto
por las cobijas flojas y espesas, después cortado por quejidos
apretados pecho adentro. Fue por fin un llanto que parecía nacer
y morir machucándose contra algo sensible y caliente que producía
dolor oír.
Fluía ahora naturalmente, corriendo ancho y sin bordes. A veces
se interrumpida, tonificándose en algo viril, espesándose,
sin nada de cristal. Era un llanto viril, con mordiscos y puñales.
Un llanto de garganta de hombre que hacía olvidar al niño.
Ahora la madre, casi feliz, fingía no oír, ignorar aquella
escena con silencio y oscuridad que estaba pariendo un hombre.
Tras una pausa larga, en que ella sólo existió para oír,
preguntó:
-¿Quiere algo Perico?
Nada de “m´hijo” esta vez. Le vino quien sabe de donde
tratarlo así, de esta nueva manera que amachaba a aquel niño
estremecido de ira por la primera injusticia sufrida.
-No, nada.
Se quedó callado un rato y luego sereno ya, la voz firme:
-Mama: ¿quiere que nos pongamos a tomar mate?
-No. Véngase pacá mejor.
El se levantó e hizo luz.
Como se quedara indeciso:
-Acuéstese conmigo… apague la luz y venga.
Se acostó. Una tibieza
diferente a la de su lecho le ganaba carne y alma, aniñándole
suavemente. La madre le puso la mano en la frente y comenzó a golpearle
suavemente. También ella sentía una dulzura desconocida.
Nunca el niño había dormido con ella. Cuando su hombre vivía,
Doña Manuela había compartido el lecho con él. El
niño dormía solo. Ya era “crecidito” Perico
cuando se quedó sin padre. Sólo recordaba vagamente, que
un día le llevaron las Señoritas, y que vio después
–cuando le trajeron a despedirse del muerto- un montón de
hombres vestidos de ropa azul, empuñando palas gastadas de trabajo,
que hacían camino para dejarle pasar.
Tras la muerte del padre las costumbres no cambiaron. Perico siguió
durmiendo tras el tabique de lienzo que dividía la pieza.
Ahora estaba allí, acostado con la madre.
Los dos estaban gozando dulcemente del lecho común, callados y
felices. El niño sintiéndose pequeño por primera
vez. La madre anegada de una ternura en pensamientos que nunca conociera.
No alcanzaban palabras para gozar del momento, ni las deseaban a pesar
de que el silencio esperaba alguna voz.
Volvió el pito de la ronda, una y otra vez. Después un gallo
que parecía estar solo tras las paredes, batió las alas
con fuerza y lanzó el primer canto mañanero, Rasgó
el silencio como un metal, y pareció romper el ámbito de
la pieza que tenía quietos y unidos madre e hijo.
La distancia devolvió otro canto de gallo y al fin comenzaron a
sentirse otros, lejanos y cercanos, distintos y en coro, mil cantos más.
Comenzaba a despegarse la sombra de la tierra.
Tomaban mate, bajo el cobertizo
donde ella solía lavar cuando el mal tiempo le impedía ir
al arroyo. Un farol colgaba de un puntal.
La lucecilla en el borde del día, tan desusada, les daba la sensación
de que estaban haciendo algo raro, trascendental.
Un carnicero que venía silbando se detuvo en la portera de frente
de cama.
-¡Doña Manuela!
-¿Eh?
-¿Pasa algo?
-Nada. ¿Por qué?
A esta hora de luz prendida…
-No. Tomando mate… con Perico.
-¡Ajá!..., y echó a andar.
Una pausa larga. Perico levantó los ojos mirando al cielo donde
las estrellas comenzaban a apagarse.
La madre soplaba el fuego, avivándolo. Se miraban contentos, redescubiertos.
Recíen totalmente madre e hijo.
-Este se creyó que había algún velorio.
-Talvé.
Es que estaban mismo como en un velorio.
El del niño, que había muerto en la calle para los otros,
y renacido para goce propio y el de la madre.
El del niño muerto a manos de los otros niños y de la injusticia.
Estaban mismo como en un velorio de angelito en que no se piensa en la
muerte sino en el cielo y en alas y nubes.
Conversaban.
Lentamente Doña Manuela le iba contando cosas del padre, descubriéndole
un pasado en el pasado en el que el niño nunca había pensado
siquiera. Hechos que ella tampoco hubiera creído recordar y que
ahora, frente al hijo, comenzaban a estar vivos nuevamente.
Sentía un placer que parecía despertado por una cosa viva,
con brazos, voz y sangre.
-Vinieron todos los que trabajaban con él. Como salieron del turno.
Uno fue de la idea de venir con las herramientas. Parecía que iban
a trabajar y que él iba adelante.
Le entregaba al evocar el muerto una herencia bárbara de hombre
y de fuerza.
Casi se sentía feliz de que aquel hombre hubiera muerto entero,
joven, desangrándose como un toro, y no poco a poco como un enfermo.
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2)
Perico fue a llevar el lavado
del señor Matías. Era éste el nuevo gerente del Banco,
pues Don Alberto, a quien Doña Manuela también le hacía
el lavado, había sido trasladado. El señor Matías
era un “hombre solo” que pagaría muy bien y daría
poco trabajo. Su ropa era casi limpia. Como siempre la ropa de los ricos.
Hasta aquel día se había alejado en el hotel, pero ahora
estaba allí, en la casa vecina a la de las Señoritas.
El gerente necesitaba un muchacho para que le cebara mate de mañana,
pegara unos escobazos e hiciera algún mandado. No quería
mujeres en la casa.
El señor Matías era un hombre como de cincuenta años,
delgado, de maneras finas, que a Perico no le gustó nada, pues
la primera vez que lo vio –fue en el hotel- lo “midió”
de arriba abajo con una mirada inquisidora.
Le dijo que necesitaba un muchacho. Más o menos como él.
-Cuestión de que te calces y te vistas mejor.
Pagaba seis pesos al mes.
-Yo te compraré botines y un guardapolvo. Al llegar a la casa te
los pondrás y al irte te los sacás.
Perico le dijo que habaría con la madre.
La madre estaba conforme. Lo consultó con las Señoritas
y éstas dijeron que aquello era una verdadera suerte, pues Gerente
había uno solo en el pueblo.
-Capaz que allí está la suerte de Perico…
-Sí. Y los hombres solos son más generosos que los que tienen
familia…
El primer día de
Perico golpeó y el señor Matías salió a abrirle.
Venía vestido con un camisón que le llegaba a los pies.
Unas pantuflas de terciopelo con unas borlas aparecían bajo el
camisón. Tenía además un gorro como el que ponen
a los niños de pecho, de lana tejida.
En la cara tenía un brillo raro. Sin duda alguna grasa o crema.
A Perico le jugueteó una sonrisa en la cara que el hombre advirtió,
pues endureció el gesto.
-Entrá.
Entró.
-Mañana entrarás sin golpear. Te daré una llave.
Me despiertas con el mate.
-Está bien, señor.
-Ahora a prender el fuego y a cebar mate. Vas poniendo muy despacio el
agua… Sin chorrear, eh.
-¡No sabré otra cosa, pero cebar mate!
-Mejor.
Perico dio vuelta ¡Qué macanudo! ¿Se creería
aquel camisudo que él no sabía ni eso?
Casi en voz alta se iba diciendo él esto. Y agregó:
-Creo que este va a joder poco…!
Allí en la cocina largó la risa. El mate parecía
un dedal. Ni las mujeres usaban aquello tan chico.
Volvió Perico.
-¡Ta el mate, señor!
-¿Y por qué no lo trajiste?
-¡Ah! ¿Lo quería cebado?
Sí. Tenía que cebárselo y traérselo a la cama.
-¿Y que creías vos?
-¿Yo…? Nada.
No había nada que hacerle. Aquel hombre no sabía tomar mate.
Vino con el mate y la pava.
-No. La pava la dejás allá.
El se quedó esperando que el señor terminara de sorber.
Pero el señor no parecía enterarse de la espera. Sorbía
muy despacio mientras leía un libro.
Le volvió al fin el mate. Perico volvió con otro y se repitió
aquello de esperar allí, al borde de la cama “como un payaso”,
quieto y sin conversar.
Al tercero o cuarto mate no podía más, exasperado por aquellas
esperas. Esto hasta que vio un retrato. El señor le alcanzó
el mate. Como no encontraba la mano del muchacho esperándole se
asombró:
-¡Eh! ¿Qué haces?
Le temblaba la voz.
-Nada. Mirando esa mujer.
Fue y volvió con otro mate.
El gesto del hombre era más dulce.
-Entonces mirando la mujer, ¿no…? ¿Te gusta?
-Si, señor.
-¿Y por qué te gusta?
Perico no contestó. El hombre esta vez devolvió el mate
enseguida.
Al entrar nuevamente vio
que el señor Matías miraba el retrato, visiblemente abstraído.
Casi no lo sintió cuando él ya estaba junto a él.
Perico sintió gran curiosidad frente a aquella actitud del señor
que ahora ya no era el mismo de hacía un rato.
Sin duda estaba todo él con aquel retrato, olvidado del muchacho
que esperaba el mate, pero que ahora lo esperaba sin aquella molesta y
nerviosa actitud que le ocasionaba verdadera tortura.
-Andá. Dejalo. Me traes agua caliente y luego no entres hasta que
te llame…
Volvió con la pava llena de agua caliente. El hombre entibió
el agua que estaba en la palangana y le devolvió la pava. Cerró
la puerta.
Perico esperó. Salió vestido de calle.
-Bueno, -le dijo ya sobre la puerta,- ahora barres bien, sacas al sol
la ropa de cama, esperas un rato y luego la tiendes. Tira además
el agua que hay debajo…
Esto indignó a Perico.
-Yo no soy mujer pa tender camas y tirar escupideras.
El hombre se detuvo como si lo hubiera picado una víbora.
-Te voy a enseñar a contestar, mocoso!
Perico levantó la cabeza y le aguantó la mirada indignada.
-Voy a hablar con tu madre –le dijo.
-Por mi puede hablar con la p… que lo p…
El hombre salió y Perico se fue tras él.
Llegó a su casa. La madre preguntó:
-¿Ya volvés?
-Sí, el patrón me mandó tirar la escupidera y tender
la cama.
Le dije que no era mujer y me mandé mudar nomás!
-¡Caminá a partir leña!
Doña Manuela se quedó pensando:
-A mí no me dijo que era para eso –y sonrió.
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3)
Algunos sábados por
la tarde, Perico iba a pescar a la laguna de los troncos que estaba allí
nomás –apenas tres cuadras de su casa- limitada por los hornos
de ladrillo del vasco Don Juan Vizcaya y los lavaderos.
Un camino bordeaba el “Cerro del molino” y separaba el pueblo
del valle anegadizo, ancho de una cuadra, que terminaba en la orilla del
arroyo.
Vigilaba el valle, evitando que los aprovechados echaran animales a pastorear,
el negro Funes, instalado en el viejo estanco de los españoles
que daba nombre al paso.
Por el cerro ascendían los ranchos tropezando y agachándose,
en vivas actitudes de marcha o de cansancio. El sol en poniente los tomaba
de abajo, empujándolos hacia el molino, mordiéndoles de
luz las puertas por las que las sombras intentaban ganar el campo.
Un enjambre de estrellas comenzaba a agujerear la noche.
Un coro de ladridos de perros y cuzcos iba y venía como un oleaje
hasta Perico y otro coro que estaba más allá de sus espaldas,
formado por el croar de millones de ranas parecía disputarse el
silencio con la perrada, como una lucha de los ruidos del campo y el pueblo.
Por algún silencio que parecía ordenado por un músico
invisible, se entraban los acordeones de los negros Ramos –un amigo
de las notas finas y ágiles y el otro rezongando siempre por los
bajos de sus contracantos y acompañamientos- que se pasaban por
el año entero “sacando” piezas para el carnaval. Tras
un cortejo de sauces llorones estaba Perico.
La laguna dibujaba una ese de márgenes cubiertas de sauces criollos.
En las grandes secas los interiores de esta ese quedaban al descubierto,
formando islotes que los muchachos convertían en bañaderos.
La arboleda no permitía ver desde los lavaderos, llenos de mujeres,
de niñas, a los bañistas desnudos que se lanzaban de las
ramas en zambullidas inverosímiles.
Aquella tarde Perico llegó al pesquero cuando la noche ya borraba
los senderos y los cenizales de los fogones de los pescadores.
Cortó una rama en horqueta, arrolló el aparejo y luego dejó
caer la línea formando en el extremo un nudo corredizo flojo, apoyado
en uno de los brazos de la estaca. Así la lazada, al cerrarse en
alguna picada imprevista en caso de algún pequeño descuido,
al armar un cigarro o distraerse, evitaba que la línea fuese al
agua.
Luego la caña. Se sentó. El pequeño farol y la lata
de los avíos al lado.
Un fino polvo de claridad estaba aun en el poniente separando la tierra
del cielo. Un vislumbre lechoso estampaba el molino en el otro horizonte.
La noche y Perico parecían estar solos ahora. Un lento movimiento
de la boya lo hizo poner en cuchillas. Así dominaba el plano de
la laguna.
La boya y la pluma se veían aún levantadas de las sombras
como sobrenadando en el aire.
Fue entonces que en la otra curva frotaron un fósforo.
Oyó el roce y luego percibió la llama sorbida.
El silencio alejó otra vez al pescador cercano.
Volvió a ponerse de pie. Un rumor asordinado llegaba nuevamente
a él se agachaba buscando mover con los ojos la boya y la pluma
de la línea, como si fuera él mismo el que las arrastrara
al hondón de la laguna esponjada del crespones del saucedal, cribado
de estrellas.
Como un corazón comenzó a latir el motor de la usina de
la luz, en el extremo lejano del pueblo.
Una luz parpadeó ahora en la arboleda cercana, zona del otro pescador.
Luego el leve golpear de una lata vacía en la tierra.
La luz dejó la orilla y fue a revelar la boya del otro, cruzó
la laguna y fue al llegar a la otra orilla que murió sorbida por
la sombra de la barranca arbolada.
Perico sintió entonces la necesidad de conocer al otro.
Pegó un tirón de la caña fingiendo resolver una disparada
franca del pez.
-¡Ya se me fue carajo!
Desde el oto pesquero, la otra voz:
-¿El qué?
Era Leandro.
-Nada. Que se me fue nomás.
No se habían visto luego de aquel suceso del cerco. Leandro había
dicho que nunca hubiera creído que Perico hiciera lo que había
hecho. Este por su parte sintió el suceso como un desgarramiento.
Salió de él más triste que indignado. No era que
Leandro le hubiera hecho una porquería. Era que Leandro había
muerto para él.
Eso y nada más.
Una vez, al volver una esquina, Perico vio que desde la otra aparecía
Leandro. Fingió perder algo en el suelo y se agachó.
Cuando se incorporó el otro había desandado el camino hecho.
Así era.
Se evitaban mutuamente.
Un silencio
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4)
-¿Qué te pasa
mama? ¿Ta enferma?
Ella le dice que no, y pregunta a su vez:
-¿Las señoritas no te dijeron nada?
Perico intuye un peligro para su libertad.
-¡No! ¿Por qué?
-Quieren que te ocupes de algo…
-¿Quieren?
-Sí. Ellas y él.
No pregunta quienes son ellas y él. Son las señoritas y
el cura.
-Tú ya sos grande, Perico…
Ella nunca había pensado que él fuera grande.
-Te estás criando… Uno no se da cuenta como se crían
los hijos…
-Sí, sos grande… tenés ya un cuerpo de hombre…
Sí. Entre los chicos del grupo destaca aquel torso bajo y ancho
de bigornia y aquellos brazos robustos y cortos. Ahora le habían
dicho a ella, las señoritas –“y esas no mienten”-
que entra a ver jugar al billar -¡y por plata! En el boliche de
los Magariños…
Que una noche había ido a mirar bailar a los milicos, allá
en el rancho largo de la Vieja Saavedra, una celestina famosa en el pueblo.
Ya se sabe lo que son estos bailes que organiza la Vieja cuando los soldados
cobran el mes… Lo que son y como terminan: en unas verdaderas batallas
entre la policía y los bailarines, pues la gente de tropa y los
policianos son como perro y gato.
-Lo poco bueno que aprende en la escuela lo olvida en la calle…
Las mujeres exageraban las aventuras de Perico por esa tendencia que tiene
la gente de vida muy cerrada en la religión a considerar los actos
de las gentes que viven al margen de ella…
-El gerente lo echó y no se sabe por qué…
-Usted, no le dijo lo que fue…?
-Sí, pero ellas no creen…
Agregaba una de ellas:
-Por no sacar una escupidera no lo va a echar… Si todos los pobres
creyeran que eso deshonra estaríamos lucidos! El gerente es un
hombre delicado y no querría decir la causa del despido…
¡pero vaya a saber qué cosa habría hecho!
Perico se indignaba:
-¿Y usted aguantó?
-Sí. Bien sabes que yo no las contradigo… Son muy buenas…
Sí, piensa Perico, serán buenas, pero creen que la vida
es una Iglesia… Y como viven metidas en la Iglesia hasta pueden
pensar mal…
-Está bien –dice.
Va el mate. Viene el mate.
Grande será si lo dicen los otros… Y si es grande para unas
cosas es grande para todas… No se iba a pasar la vida con un atado
de ropa en la cabeza, cruzando el pueblo, como una mujer…
Lo saca la madre del soliloquio.
-No te vas a pasar la vida apedreando pájaros y paseando, como
un muchacho suelto…
El no dice nada. Ahora casi no oye lo que dice la madre.
Sigue con sus pensamientos. Algunos casi le hacen reír.
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Está mal que ellas y el cura -no él mismo- hayan pensado
que es grande y que debe trabajar…
Recuerda que Goyito Ferreira –mucho más chico que él-
trabajaba de lechero. Se levanta a las dos de la mañana a ordeñar…
Reparte la leche… Compró un puñalito de plata y oro
y un cinto para sujetarlo… Tiene tabaquera y yesquero que lleva
en el bolsillo… Y cuando alguno le dice que es muy chico para fumar
como un hombre, responde:
-El tabaco lo compro con mi plata… Para eso trabajo… Si tengo
el vicio me lo pago…
Juan Mozo se fue con el padre que es carbonero. Tiene doce años,
hace la comida para ocho obreros del carbonal, tira tiros de revólver
a los carpinchos, distingue las víboras de la cruz de las otras
que no son venenosas, a las que agarra con la mano…
La voz de dona Manuela lo trae a la realidad. Lo despierta. Ella también
acaba de regresar de un viaje hacia la niñez de Perico y retoma
la frase que dejó trunca:
En la Casa Parroquial te dan empleo…
-¿Eh?
-Sí. Cuidas plantas… barres el colegio… riegas el jardín…
repartes invitaciones de funerales de muertos ricos…
Hasta ese momento él estuvo tratando de canalizar sus pensamientos
en un deseo de desembocar en una solución, porque es grande y tiene
que trabajar… ¿Pero andar entre polleras de curas y mujeres?
-¡Eso no! Una cosa es andar con atados de ropa en la cabeza y otra
cosa eso… Si soy grande no voy a andar aguantando curas y viejas…
Y termina con estas palabras:
-¡Y no voy más a la escuela tampoco!
-¿Cómo…? ¿Cómo es eso?
-Como es nomás…! Y si voy a la escuela será a la del
Estado…
-A la del Estado, repite –donde no hay niños que paguen hasta
doce pesos, y otros “gratis” como él… Ni ricos
ni pobres… ¡Y a los alcahuetes se le rompen los dientes!
Doña Manuela se asombra:
-¿Pero qué querés decir?
Que allá los niños que pagaban siempre tenían razón…
Además están separados. En los recreos los otros juegan
con pelotas –“pelotas que hasta son de inflar”- y ellos,
los gratuitos, miran tristes, inmóviles contra el muro, para no
estorbar las corridas de los que se divierten.
Y no eran los otros niños los que les prohibían participar
en los juegos. Eran los maestros, que decían que ellos eran muy
brutos y era mejor que no jugaran…
Una vez preguntó Héctor Almeida, el hijo del Jefe de Policía:
-¿Y por qué no quiere que Perico no juegue conmigo?
-Ahora podría jugar contigo… Pero cuando sea más grande
va a querer meterse entre la gente. Son costumbres que no convienen…
-Esas son bobadas, dice la madre, y no tiene nada que ver con la enseñanza…
¿No enseñan para todos?
El no busca la contestación. Si ella dice que son bobadas está
bien, Para él no va más y se acabó. Si ella no encuentra
que aquello está mal, él no tiene la culpa.
-¡Si no entiende eso, no entiende nada!
La frase atrevida indigna a la madre:
-¡Caminá a traer el rebenque!
El va y lo trae. Se lo entrega.
-Por favor mama, no me pegue…!
No era un ruego. Era más bien una advertencia.
Ella titubea. Él se da vuelta. Ofrece la espalda. La deja que resuelva
la situación. Pasa un siglo en la espera ¿Qué hace
ella?
El está de espalda. Espera los golpes que sabe no llegarán.
Sin embargo los espera con una rebeldía pronta a estallar ahora.
Como no llega el castigo se pone de frente. La actitud doliente de la
madre le despierta el niño. Se estrella de dulzura y va hacia ella.
-Perdón mama… No quise decir eso… perdón…
Y la abraza lleno de lágrimas.
Perico va a trabajar a lo
de don José, el zapatero, de aprendiz.
Don José es piamontés. Bajo y sanguíneo. El taller
está detrás del mostrador en un salón muy grande
y destartalado.
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5)
Don José era el zapatero del batallón. Casi todos los días
Perico llevaba allí las botas recompuestas.
Contra el muro, frente al cuartel, con la vista fija, clavada en el portón,
en angustiosa espera, una multitud de niñas y niños vestidos
con pingajos, aguardaban el poco de rancho que les daban a los soldados
con familia.
Las latas ahumadas colgaban de sus manos. Era una multitud callada, que
parecía concentrar toda su atención en el portón
vacío.
Perico era muy sensible a ese espectáculo. Aquel friso de miseria
le entristecía terriblemente.
Eso hasta que enfrentaba a los hombres. Entonces una rabia sorda le subía
desde el alma. Los soldados eran para él culpables de que aquellos
niños callados y pegados al muro, estuvieran allí, con la
lata sucia esperando comida.
Cruzó la calle, enfrentó al soldado de guardia y se dispuso
a franquear el portón.
-Parate un poco, le dijo el soldado.
-¿Qué? ¿No puedo entrar?
-¿No te animás a hacer un mandado?
-¿Adónde?
-Vas hasta allá –señaló un rancho que distaba
apenas cincuenta metros- y le decís a la mujer que te de el encargue…
Vas al boliche de la esquina. Ten van a dar una botella… La llevás
al rancho y ya está…
El había oído decir que los soldados cambiaban las provisiones
que les vendían los habilitados, por caña y tabaco. Los
bolicheros explotaban el vicio haciendo el trueque con ganancias escandalosas.
El no iba a andar con esos asuntos. Por eso se negó.
-Yo no puedo. Vengo a traer las botas.
-Es un momento. Andá.
-No –le contestó- estoy apurado.
-Ta bien. ¡Me la vas a pagar mocoso de m…!
Y tras la indecisión de Perico que no se atrevía a cruzar
el portón:
-Entrá. ¡Y ojo con abrir el pico!
Tan pronto traspuso el portón, advirtió la presencia del
sargento, que estaba allí, escuchando sin duda la conversación.
-¿Qué te dijo? –le preguntó-
-¿A mí? ¡Nada!
-¿Cómo nada? ¿Te vas a hacer el bobo? ¿No
sabés que no podés hablar con el guardia?
-Fue él que me habló.
-Ahora te vas a entender con el capitán.
Perico fue hasta donde éste. Le entregó las botas. El hombre
no pareció muy conforme con el trabajo.
-Decile al gringo que esto está como el culo de él…
Desde la puerta el sargento hizo la venia. Pidió entrar.
Habló despacio con el capitán. Dio dos o tres pasos hacia
atrás, esperando.
-¡Ah! ¿Con que estuviste con el guardia? No sabés
que es un compromiso para vos…? ¿Qué te dijo?
-Me pidió que le hiciera un mandado.
-¿Adonde?
-No sé. No me dijo.
Se dirigió al sargento:
-¿Usted no sabe?
-Sí mi capitán. Era al rancho y al boliche.
-Ta bien.
Se dirigió a Perico:
-No salís de aquí hasta que no confieses.
Perico sintió ganas de llorar. Los niños que estaban pegados
contra el muro como figuras de cartón, y los soldados –aquéllos
que vio al entrar- lavando ropas como mujeres, se le vinieron a la memoria.
Frente a él, cruzando el patio, unos reclutas pasaban marcando
el paso al compás de un tambor. Por un momento olvidó al
capitán y el sargento que estaban allí, frente a él,
empequeñeciéndole, lastimándole el espíritu
ya dolorido de aquellas cosas que había visto y que veía.
-Bueno. Traiga al soldado y un rebenque. Vamos a ver si soltás
la lengua.
-Me pidió que fuera al rancho… Me iban a dar un paquete.
-¿Qué más?
-Allí tenía que dejarlo en el boliche y me daban una botella.
-Ta bien. Te vas a comer un plantón por alcagüete . ¡Tan
chico y tan fallito!
-Yo no quise ir.
-Vos no fuiste cuando me viste a mí.
Eso dijo el sargento y agregó:
-Ya habías dejado las botas para ir.
Perico sintió asco de aquel hombre.
-Bueno andate –dijo el capitán- y metete en otra que yo te
acomodo…
Cuando salió ya no estaba el soldado aquel del mandado. Habían
cambiado la guardia.
Apresuró el paso y ganó la calle. Entonces comenzó
a llorar largamente, como si le hubieran quitado una cosa que deseaba
sobre todas.
Los niños seguían allí, pegados al muro de la espera.
El sargento había dicho aquello que había dicho. ¡Parecía
mentira que un hombre pudiera calumniar así a un niño…!
Tras sus propias palabras el soldado vicioso estaría tal vez sufriendo
quién sabe qué castigo.
Lentamente le fluían las lágrimas.
Los niños seguían allí contra el muro de la espera.
Tenían una lata colgada del brazo. No jugaban ni hablaban. Esperaban.
Eran hijos de hombres como aquel soldado y aquel sargento.
Al doblar la esquina se volvió. Los niños seguían
allí esperando.
Clavados contra el muro. Clavados por las miradas anhelantes, contra el
portón por donde vendrían a llenarles de rancho las latas
sucias…
Antes de ir a la zapatería
volvió a su casa. Sentía ganas de llorar. Una sola cosa
le preocupada. La de que su madre no estuviera allí.
Apresuraba el paso como temiendo no llegar.
La idea de encontrar su casa vacía le angustiaba. Como si fuera
herido, desangrándose, a un lugar alejado de los lugares donde
transcurre la vida.
Pero estaba su madre.
Lloró copiosamente. Le contó al fin el suceso y resolvieron
que ya no iría más a la zapatería.
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