26 DE MAYO – DÍA DEL LIBRO-

"Maravilloso poder el del libro cuya lectura es un acontecimiento en la vida de un corazón".

Lamartine

 

"Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma".

Cicerón

 

EN ESCOLARES DE MAYO Y JUNIO DICEN PRESENTES:

JUANA DE IBARBOUROU – “EL CÁNTARO FRESCO”
JUAN JOSÉ MOROSOLI – “MUCHACHOS”

A ELLOS… A SUS LIBROS…

EN EL DÍA DEL LIBRO:

NUESTRO HOMENAJE!!!!

 

MATERIAL SELECCIONADO PARA PRIMER NIVEL DE PRIMARIA


EL CÁNTARO FRESCO (1920) – JUANA DE IBARBOUROU

En este libro, Juana de Ibarbourou, vierte su intenso amor a la naturaleza en exquisitos poemas en prosa rebosantes de ternura hacia las humildes criaturas del campo. Aún las cosas inanimadas cobran vida y se transfiguran al conjuro de su fina sensibilidad y excepcional don poético.

Comenzamos con:

“Noches de lluvia” en la cual sentimos la sensibilidad de la poetisa hacia aquellos que no tienen un hogar cómodo, digno, en una noche de lluvia, así como hacia aquellos que directamente las grandes tormentas se lo han llevado todo.
Es conciente que ella sola no puede remediar la situación, pero igual se siente avergonzada y prefiere dormirse!!!

¡QUÉ ALMA BUENA!!!

Recordemos cuántas familias en estos momentos están en esta situación debido a las grandes inundaciones en muchos de nuestros departamentos (Durazno, Soriano y Treinta y Tres – Uruguay). Cuántos necesitan comida, abrigo, cuántos han perdido sus casas. ¡Qué difícil situación!
Ayudemos con lo que podamos y sobre todo con el corazón, como nuestra Juana, valorando lo que tenemos en casa pensando que nuestra casa debe ante todo ser un HOGAR, lleno de comprensión, cariño, amistad, paz y AMOR.

NOCHES DE LLUVIA

Yo amo las noches de lluvia. Son de una intimidad intensa y dulce como si nuestra casa se convirtiera, de pronto, en el único refugio tibio e iluminado del universo.
Los objetos que nos rodean adquieren una familiaridad más afectuosa y más honda;; la luz parece más límpida; el fuego, la mecedora, los ovillos de la lana, el lecho, las mantas, todo es más nuestro y más grato.

La alcoba, realmente, se convierte en nido, en nido caliente y claro y sereno, en medio del viento gruñidor, de la lluvia furiosa o mansa, del frío que hace acurrucar cabeza con cabeza a las parejas de pájaros. Me imagino mi casa, entonces, como un pequeño y vivo diamante apretado entre el puño de un negro gigantesco. ¡Qué beatitud!
Hago por no dormirme para gozar esas horas de gracia propicial al ensueño y al amor. Pero a veces, también, me asalta de pronto la visión de pobres ranchos agujereados, de chicos friolentos, de mujeres que no tienen como yo una casa tibia ni abrigada cama blanda y para quienes estas noches así son un suplicio. Y entonces sí, me esfuerzo por dormir. Ya que no puedo remediar yo sola su infinita miseria, les doy el sacrificio de la conciencia de mi bienestar. Me duermo, me duermo, avergonzada de paladear un gozo que atormenta a millares de seres humanos.


EL CÁNTARO FRESCO

Han traído para el almuerzo un ventrudo recipiente de barro lleno de agua recién sacada del pozo. Y es ésta tan fría que, rezumando por todos los poros del cántaro, ha cubierto la rojiza superficie de un fresco manto húmedo. A trechos, el vapor acuoso es más espeso y forma gotas gruesas que caen sobre el mantel blanco. En el comedor reina una penumbra dulce. Por una rendija del postigo entra, tendiéndose en la parte superior de la ventana hasta el piso del centro de la habitación, como una tirante cinta amarilla, un rayo de sol que, en el suelo, se concentra simulando un ovillo dorado. A veces, al mover un ligero soplo de brisa la cortina, el redondel de sol se mueve también, y Titanio, el pequeño terranova que hace rato lo observa, salta sobre él. Y ladra al ver que lo que el quizás supone un extraño insecto, se trepa como una mariposa burlona a su pata peluda. De la cocina llega ruido de loza; del patio un chirriar confuso de cigarras.
En espera del almuerzo empieza a invadirme la modorra de este cálido mediodía de Diciembre. Mi hijo, con esa sana hambruna de los seis años, pellizca un trozo de pan, sentado ya en su sillita, junto a la mesa, esperando la llegada del padre. Mis agujas de tejer, la labor, el ovillo, han resbalado poco a poco de mi falda a la estera. Yo apoyo mi mejilla en la fresca superficie húmeda del cántaro. Y ésta fácil y sencilla felicidad me basta para llenar la hora presente.


SELVA

Selva; he aquí una palabra húmeda, verde, fresca, rumorosa, profunda. Cuando uno la dice tiene en seguida la sensación del bosque todo afelpado de musgos, runruneante de píos y de roces, lleno de los quitasoles apretados y movibles de las copas de los árboles, bajo los cuales las siestas ardientes son tan dulces y donde en tan grato, tan grato, tenderse a soñar. ¡Selva! ¡Oh Dios mío, qué palabra tan alegre y tan fresca! ¡Qué palabra para mí tan llena de reminiscencias! Huele a eucaliptos, a álamos, a sauces, a grama; suena a viento, a agua que corre, a pájaros que cantan y pían, a roce de insectos y croar de sapitos verdes; evoca redondeles de sol sobre la tierra, frutas silvestres de una dulzura áspera, caravanas de hormigas rojas cargadas de hojitas tiernas, penumbra verdosa y fresca, soledad. ¡Oh Dios mío, evoca mis quince años y toda mi alegría sana, inconsciente y salvaje!


LA MARIPOSA

Una mariposa pequeña y amarilla ha venido a revolotear en torno a la luz. ¡Qué giros locos, qué círculos precipitados y continuos!
-¿De dónde vienes, pequeñita? ¿Has estado acaso en aquel bosque rumoroso que yo recorría encantada y sin miedo cuando era niña? ¿Bebiste alguna vez una minúscula gota de agua en aquella laguna bordeada de juncos y mimbres, que hay cerca del bosque de que te hablo? ¿Has dormido alguna noche en una matita de verbena? ¿Has curioseado en muchos ramajes? Ese polvo amarillento que te cubre, ¿es polen de achiras, de achiras silvestres? ¡Oh pequeñita, yo juraría que tienes olor a campo en las alas!


MELANCOLÍA

Estoy enferma. Llueve. Por los vidrios de la ventana resbalan precipitadas gotas brillantes. Los álamos de la carretera tienen un color verde claro, tan claro, que parece que esa fuera su sonrisa bajo el agua fresca. Siempre que llueve me voy a corretear por el camino sin paraguas, con la cabeza descubierta, dichosa de mojarme. Y una vez entre los árboles, con los álamos, el viento y la lluvia, me parece estar en familia. Río, canto, corro, ¡yo tan constantemente taciturna! Y cuando retorno a mi casa tengo la sensación de haber estado entre mis hermanos. Pero hoy no puedo hacer eso. He empezado a toser, a toser… Y lo más que me permiten es abrir una rendija de la ventana y recoger un poco de lluvia en el hueco de mi mano ardiente. Se ha colado entonces un soplo de viento, que, en un silbido leve, parece decirme que él, los álamos y la lluvia me aguardan. Los ojos se me han llenado de lágrimas.

-¡No puedo, viento, estoy enferma!


EL CERCO AZUL

Frente a mi casa hay un tupido cerco de enredaderas. Y todas las mañanas amanece azul, como si un trozo de cielo, durante la noche, se hubiera desmenuzado sobre él.
Muy temprano, apenas me levanto, corro a abrir la ventana de mi cuarto para mirar el hermoso cerco azul. Debe ocultar muchos nidos porque son muchos los gorriones que entran, salen, y se agitan chillando entre el verde laberinto de sus tallos. A veces los chicos del barrio arrancan puñados de sus bellas flores y se las ponen en las gorras mugrientas. Es como si llevaran penachos de cielo sobre la sucia cabeza. Pero las tiran en seguida. Ayer vi que el lechero al pasar, pegó al cerco con el látigo y la vereda quedó cubierta de campanillas mutiladas. Yo sentí indignación profunda ante ese inconsciente y torpe acto de maldad. Creo que, mirando ese cerco, ya tengo un diario motivo de alegría para todo el verano.
No sé por qué me serena verlo tan lleno de viva y sana belleza. Y creo que me da una constante lección de optimismo floreciendo sin tasa, cubriéndose mañana a mañana con sus campanillas azules, a pesar de la avidez inconstante de los muchachos del barrio y de la crueldad torpe del lechero, que al pasar, le pega con el látigo.


EL GESTO MÍO

Fulgura tal cantidad de estrellas esta noche, que me pregunto cómo puede haber en el cielo espacio para tanto lunar de oro. Tal vez por eso, a ratos, algunas se desprenden quizás empujadas por las otras que quieren sitio y cruzan la alta sombra como una larga flecha rubia. Yo no me canso de mirar y mirar el cielo esta noche. E inconscientemente cuando veo desprenderse una estrella, alargo mi mano con la absurda pretensión de apresar a la vagabunda. ¡Ay! ¡Es un gesto muy mío éste de tender siempre las manos hacia las cosas más imposibles!


LA NOCHE

Me gusta el sol, el calor, el ruido, la luz. Pero la noche me conmueve de una manera… Siempre, antes de acostarme, abro el balcón de mi cuarto y me paso un rato largo mirando el cielo y la sombra. Y es ésta, noche a noche, una hora de conmoción espiritual constantemente renovada. Nunca me pasa nada de extraordinario y sin embargo me son familiares todas las emociones. Basta un roce, un grito, un poco de luna, un trozo perdido de música, el canto áspero de un grillo, a veces nada, la emoción viene sola, para que vibre mi sensibilidad agudizada por mi vida solitaria y silenciosa. Mi alma parece un hilo en continua tensión: se pone vibrante al menor roce. Y frente al mundo, de noche, el fenómeno se hace más intenso. Yo no sé qué tienen la sombra y la luna!


LOS ÁRBOLES

Ese transformar de los árboles en muebles, ¿no es un suplicio monstruoso? El árbol, hecho leña, va a poseer el alma multicolor y maravillosa del fuego; va a concluirse más pronto, pero antes sentirá flamear su espíritu en las lenguas inquietas de la llama y en las estrellitas de las chispas; saciará su afán de ascensión y de cielo subiendo hecho humo, hecho nube, él, que siempre estiraba la verde cabeza de su copa a las nubes. Pero, convertido en mueble, no es más que una momia, la forma más horrible de perdurar. Recorro las habitaciones de mi casa y pienso:
-¿Cuántos árboles habrán talado para que yo tenga todo esto? ¿Qué selvas enormes se han abatido para amueblar todas las casas del mundo? Me lleno de tristeza pensando en el duelo del rocío, de los pájaros y del viento. Y me lleno de angustia imaginando el dolor de los gajos heridos, de los troncos mutilados, de todas las selvas de la tierra caídas bajo las hachas brillantes de los leñadores.
Esta madera ahora inmóvil y muda, ¡cómo habrá susurrado y florecido en un tiempo!


VESTIDOS NUEVOS

Creo que a veces las plantas son como las mujeres: les gusta cambiar de traje. Por eso en Otoño arrojan al suelo todas su hojas amarillas y en Primavera se cubren de brotes brillantes. ¡Es que, de veras, es tan lindo ponerse un vestido nuevo. Y las acacias se adornan de moños blancos, los aromas de linares de oro, los plátanos de borlitas verdes y los ciosotis , como “Piel de Asno” le piden al hada de las flores un vestido hecho de cielo.
¡Hasta los cardos, tan ásperos, sienten despertar su coquetería y se prenden entre las duras greñas un penacho azul! ¡Me río yo de los botánicos que quieren explicar gravemente los fenómenos de la florescencia y de la vegetación! ¡Si al brotar y al florecer las plantas no obedecen a otro impulso más que al deseo de ponerse un bonito vestido nuevo! Por eso, también, crecen con preferencia en torno de las acequias, de los estanques, de los arroyuelos: para tener un espejo en que mirarse.

MATERIAL SELECCIONADO PARA SEGUNDO NIVEL DE PRIMARIA

Sugerimos a los maestros/as formular cuestionarios, reflexiones, opiniones, debates, para cada uno de los fragmentos citados.
Es muy importante trabajar en forma grupal y remarcar las moralejas que nos dejan estas hermosas lecturas.



MUCHACHOS - fragmentos – JUAN JOSÉ MOROSOLI

1)

Cuando el primer toque de campana de la Iglesia soltaba las palomas hacia el campo, se levantaba Doña Manuela y llamaba a Perico.
A éste le costaba poco levantarse. Apenas tenía que vestirse, pues dormía con lo puesto: un pantalón a media pierna, que sostenía con tirantes de lienzo en forma de equis, cruzándole los hombros, y una camisa de tela florida.
Doña Manuela entraba y salía del rancho con baldes y palanganas, vigilando al muchacho hasta que éste se había lavado bien la cara y manos. Luego comenzaba con su peinado. Tenía una cabellera abundante que dejaba caer sobre el pecho, abierta y extendida, que luego iba escarmenando despacio, a peinilla y agua.
Perico trajinaba en el medio del rancho que le correspondía de habitación. Disponía al fin yerba y pava y comenzaba a cebar mate dulce. Era el desayuno.
-Tome mama.
Comenzaba a sentirse los cencerros de los carros de los panaderos y los tumbos lejanos de las carretas que entraban al pueblo con sus cargas de leña, zapallos o sandías.
Madre e hijo, sentados en sendas sillas petizas, de asiento de cuero de vaca, iban dando cuenta de la cebadura.
El patio –fondo, un sitio completo, se iba llenando de vuelos de pájaros. Higueras, cedrones, membrilleros y saúcos en profusión, cubrían la tierra. El cerco con caballete erizado de vidrios de botella, desaparecía entre el hinojal y la ruda macho.
Una paz llena de frescura venía de las plantas y de la mañana y se enredaba junto a ellos.

Ahora Doña Manuela cargaba sobre la cabeza la bolsa de ropa para lavar. Perico hacía lo mismo con una bolsa más pequeña. Tan pronto ganaba la calle, acompasaba el paso y soltaba el bulto, dejando caer los brazos, siguiendo a la madre en un alarde de equilibrio perfecto.
Ya en el arroyo la lavada, Perico quedaba en libertad hasta las 11, en que iba a almorzar a lo de las Señoritas de Méndez, protectoras del “Colegio Sagrado” y a quienes el muchacho hacía los mandados.
Estas mujeres tenían cierta autoridad sobre Doña Manuela, pues la madre de ésta, y ésta misma, habían sido criadas en la casa solar de las Señoritas.
Cuando la madre de Perico resultó embarazada, abandonó la casa, pues la familia Méndez era muy rígida en cuestiones de moral.
La siguieron ayudando con lavados y trabajos fuera de la casa.
Manuela era la que limpiaba una vez al mes el panteón de la familia y lavaba los pisos de la casona patriarcal. Al comienzo del verano iba a la estancia a efectuar una limpieza general, pues allí no había sino hombres que apenas entraban en el cuerpo enorme de la construcción casi colonial. En estos viajes le acompañaba Perico.

Tras el almuerzo Perico iba al colegio, y luego de las horas de clase quedaba en libertad total, hasta que volvía a su casa a cenar.
Estas horas las cruzaba Perico en una actividad febril. En ellas iba penetrando en los secretos de la vida ajena, aprendiendo malas palabras y resbalando en el conocimiento de las cosas de los hombres.
Tenía una intuición maravillosa que le permitía filtrarse en esos silencios que ponen en ciertas conversaciones los mayores, cuando hay niños delante.
Sabía más que los otros muchachos de su edad, cuando estaba n rueda con ellos, les asombraba con cuentos oídos a los hombres en sus vagabundeos.
Al volver a su casa, su madre le esperaba con un sencillo y repetido:
-¿Qué tal m´hijo?
El contaba detalles de sus horas, Lo que había hecho en casa de las Señoritas, algún episodio de la jornada escolar, alguna noticia de la vida del pueblo.
-Cerraron la calle de lo de Píriz… Parece que está en las últimas…
A pesar de que en el pueblo –sobre todo por las tardes- eran pocos los ruidos y el tránsito de vehículos, era costumbre que cuando algún vecino estaba enfermo de gravedad, se extendiera una cuerda de esquina a esquina, indicando que les estaba prohibido a carruajes y carros transitar por la calzada.
Otras veces iba a entregar algún lavado o a comprar “algún olvido” en el almacén.
Tras la cena frugal, quedaba otra vez en libertad por un rato, hasta que se cerraba la jornada para él con la primer pitada del guardia civil, anunciando horas. Eran las ocho.

Aquella mañana volvía de la panadería con una canasta llena de pan. En la esquina de la plaza, pegado a la pared un guardia civil “bombeaba” un grupo de muchachos amigos de Perico, que en la esquina de la otra cuadra jugaban “a la figurita”. El grupo rodeaba a los dos jugadores que junto a la pared iban dejando caer los cartones. La comisaría estaba sólo a tres cuadras, calle derecha.
Había caminado dos o tres pasos, cuando sintió detrás suyo, encorvándose para ocultarse, a El Carancho. Se iba a volver, cuando éste le previno.
-Seguí contra la pared… Viá cazar aquéllos…
Perico sintió vergüenza de su papel. A lo mejor detenían a un compañero por su culpa.
A los siete u ocho metros, los otros advirtieron la presencia del guardia civil:
-¡Guarda el mataperro!
El grupo se desgranó entre gritos y risas. Perico se detuvo. Se irguió El Carancho:
-Bueno, tás preso vos!
-¿Yo?
-Sí, vos mismo.
Perico asombrado preguntó:
-¿Por qué?
-Porque me ven de allá –y señaló la comisaría- y porque se me antoja!
Perico sintió que una ola de rabia le subía desde lo hondo. Rabia que le relampagueó una luz cortada entre los ojos. Lágrimas.
-Usté es un mataperro de m…!
Perico dio un tirón para desasirse. Saltaron los panes de la canasta.
Desde el cerco del frente asomó una cabeza. Era Leandro, su mejor amigo:
-¡Bienecho por acagüete!
El Carancho soltó la mano de Perico:
-¡Juntá el pan!
Perico comenzó a llorar. Aquel grito que llegó desde el cerco le aflojó las lágrimas y le hizo doler por dentro. Era un dolor dulce, hacia sí mismo, a quienes los compañeros lastimaban en su sentimiento más puro: la fraternidad.
Si no hubiera sido por eso, tal vez El Carancho hubiera tenido que golpearlo para llevarlo a la comisaría.

Cuando llegó a su casa anochecía. Su madre lo esperaba llena de preguntas.
-Decí dónde estuviste cachafaz!
Perico levantó la cabeza y emparejó su mirada a la de la madre.
Tenía en los ojos una mirada que lo erguía frente a la mirada severa de ella.
-¡Tuve preso!
-¡Ajá! ¡Preso!
-Sí. Fue una injusticia. ¡Me la van a pagar!
La madre que tenía el rebenque justiciero lo dejó caer.
Perico tenía una mirada que hacía muchos años no penetraba en Doña Manuela. Una mirada que hacía años estaba bajo la tierra.
-¿Quién te llevó? ¿Por qué?
Le apremiaba a preguntas, solidaria con el muchacho castigado injustamente, convencida por aquella mirada que venía desde el hombre que le dio aquel hijo, que estaba allí mismo, y que recién ahora mostraba en la voz y en una extraña fuerza irradiada desde lo profundo, sometiéndola y exaltándola.
La mujer que pelea y sangra por un hombre afloraba en preguntas, enérgica:
-¡Contá! ¡Decí pues!... ¡Los voy a acomodar!
Esto a Perico le hizo más daño que un talerazo. Replicó:
-¿V´andar como las Mendoza?
Las Mendozas eran unas vecinas llenas de hijos, que siempre andaban a las greñas por causa de éstos –unos mano larga, pícaros y llenos de vicios- a los que defendían a pesar de todo.
La madre alcanzada en su dignidad, buscaba salir del trance.
-Las Señoritas irán a la comisaría.
Tendrían que borrar aquella primera “entrada” que es la que pierde para siempre. La que separa dos etapas como una virginidad que se pierde.
-Ahora caminá a lavarte y te acostás!
Perico se lavó y entró en el medio rancho donde vivía.
Tras la cena apurada y nerviosa, ella hizo lo mismo.

Sintió dos o tres pitadas de la ronda. No podía dormir. Oía a su hijo revolverse en el catre y suspirar. Presentía que tras el silencio ardía el insomnio del muchacho.
-¿Qué tiene m´hijo?, pregunta súbitamente condolida.
-Nada… Que no tengo sueño nomás!...
Seguían las vueltas que hacían crujir el catre.
-¿Se siente mal?, volvía a inquirir la madre.
-No.
Temblaba aún a contestación, cuando sintió un sollozo estrangulado entre las ropas. Fue primero así, sordo y medio muerto por las cobijas flojas y espesas, después cortado por quejidos apretados pecho adentro. Fue por fin un llanto que parecía nacer y morir machucándose contra algo sensible y caliente que producía dolor oír.
Fluía ahora naturalmente, corriendo ancho y sin bordes. A veces se interrumpida, tonificándose en algo viril, espesándose, sin nada de cristal. Era un llanto viril, con mordiscos y puñales. Un llanto de garganta de hombre que hacía olvidar al niño.
Ahora la madre, casi feliz, fingía no oír, ignorar aquella escena con silencio y oscuridad que estaba pariendo un hombre.
Tras una pausa larga, en que ella sólo existió para oír, preguntó:
-¿Quiere algo Perico?
Nada de “m´hijo” esta vez. Le vino quien sabe de donde tratarlo así, de esta nueva manera que amachaba a aquel niño estremecido de ira por la primera injusticia sufrida.
-No, nada.
Se quedó callado un rato y luego sereno ya, la voz firme:
-Mama: ¿quiere que nos pongamos a tomar mate?
-No. Véngase pacá mejor.
El se levantó e hizo luz.
Como se quedara indeciso:
-Acuéstese conmigo… apague la luz y venga.

Se acostó. Una tibieza diferente a la de su lecho le ganaba carne y alma, aniñándole suavemente. La madre le puso la mano en la frente y comenzó a golpearle suavemente. También ella sentía una dulzura desconocida.
Nunca el niño había dormido con ella. Cuando su hombre vivía, Doña Manuela había compartido el lecho con él. El niño dormía solo. Ya era “crecidito” Perico cuando se quedó sin padre. Sólo recordaba vagamente, que un día le llevaron las Señoritas, y que vio después –cuando le trajeron a despedirse del muerto- un montón de hombres vestidos de ropa azul, empuñando palas gastadas de trabajo, que hacían camino para dejarle pasar.
Tras la muerte del padre las costumbres no cambiaron. Perico siguió durmiendo tras el tabique de lienzo que dividía la pieza.
Ahora estaba allí, acostado con la madre.
Los dos estaban gozando dulcemente del lecho común, callados y felices. El niño sintiéndose pequeño por primera vez. La madre anegada de una ternura en pensamientos que nunca conociera.
No alcanzaban palabras para gozar del momento, ni las deseaban a pesar de que el silencio esperaba alguna voz.
Volvió el pito de la ronda, una y otra vez. Después un gallo que parecía estar solo tras las paredes, batió las alas con fuerza y lanzó el primer canto mañanero, Rasgó el silencio como un metal, y pareció romper el ámbito de la pieza que tenía quietos y unidos madre e hijo.
La distancia devolvió otro canto de gallo y al fin comenzaron a sentirse otros, lejanos y cercanos, distintos y en coro, mil cantos más.
Comenzaba a despegarse la sombra de la tierra.

Tomaban mate, bajo el cobertizo donde ella solía lavar cuando el mal tiempo le impedía ir al arroyo. Un farol colgaba de un puntal.
La lucecilla en el borde del día, tan desusada, les daba la sensación de que estaban haciendo algo raro, trascendental.
Un carnicero que venía silbando se detuvo en la portera de frente de cama.
-¡Doña Manuela!
-¿Eh?
-¿Pasa algo?
-Nada. ¿Por qué?
A esta hora de luz prendida…
-No. Tomando mate… con Perico.
-¡Ajá!..., y echó a andar.
Una pausa larga. Perico levantó los ojos mirando al cielo donde las estrellas comenzaban a apagarse.
La madre soplaba el fuego, avivándolo. Se miraban contentos, redescubiertos. Recíen totalmente madre e hijo.
-Este se creyó que había algún velorio.
-Talvé.
Es que estaban mismo como en un velorio.
El del niño, que había muerto en la calle para los otros, y renacido para goce propio y el de la madre.
El del niño muerto a manos de los otros niños y de la injusticia.
Estaban mismo como en un velorio de angelito en que no se piensa en la muerte sino en el cielo y en alas y nubes.
Conversaban.
Lentamente Doña Manuela le iba contando cosas del padre, descubriéndole un pasado en el pasado en el que el niño nunca había pensado siquiera. Hechos que ella tampoco hubiera creído recordar y que ahora, frente al hijo, comenzaban a estar vivos nuevamente.
Sentía un placer que parecía despertado por una cosa viva, con brazos, voz y sangre.
-Vinieron todos los que trabajaban con él. Como salieron del turno. Uno fue de la idea de venir con las herramientas. Parecía que iban a trabajar y que él iba adelante.
Le entregaba al evocar el muerto una herencia bárbara de hombre y de fuerza.
Casi se sentía feliz de que aquel hombre hubiera muerto entero, joven, desangrándose como un toro, y no poco a poco como un enfermo.

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2)

Perico fue a llevar el lavado del señor Matías. Era éste el nuevo gerente del Banco, pues Don Alberto, a quien Doña Manuela también le hacía el lavado, había sido trasladado. El señor Matías era un “hombre solo” que pagaría muy bien y daría poco trabajo. Su ropa era casi limpia. Como siempre la ropa de los ricos. Hasta aquel día se había alejado en el hotel, pero ahora estaba allí, en la casa vecina a la de las Señoritas.
El gerente necesitaba un muchacho para que le cebara mate de mañana, pegara unos escobazos e hiciera algún mandado. No quería mujeres en la casa.
El señor Matías era un hombre como de cincuenta años, delgado, de maneras finas, que a Perico no le gustó nada, pues la primera vez que lo vio –fue en el hotel- lo “midió” de arriba abajo con una mirada inquisidora.
Le dijo que necesitaba un muchacho. Más o menos como él.
-Cuestión de que te calces y te vistas mejor.
Pagaba seis pesos al mes.
-Yo te compraré botines y un guardapolvo. Al llegar a la casa te los pondrás y al irte te los sacás.
Perico le dijo que habaría con la madre.
La madre estaba conforme. Lo consultó con las Señoritas y éstas dijeron que aquello era una verdadera suerte, pues Gerente había uno solo en el pueblo.
-Capaz que allí está la suerte de Perico…
-Sí. Y los hombres solos son más generosos que los que tienen familia…

El primer día de Perico golpeó y el señor Matías salió a abrirle.
Venía vestido con un camisón que le llegaba a los pies. Unas pantuflas de terciopelo con unas borlas aparecían bajo el camisón. Tenía además un gorro como el que ponen a los niños de pecho, de lana tejida.
En la cara tenía un brillo raro. Sin duda alguna grasa o crema.
A Perico le jugueteó una sonrisa en la cara que el hombre advirtió, pues endureció el gesto.
-Entrá.
Entró.
-Mañana entrarás sin golpear. Te daré una llave. Me despiertas con el mate.
-Está bien, señor.
-Ahora a prender el fuego y a cebar mate. Vas poniendo muy despacio el agua… Sin chorrear, eh.
-¡No sabré otra cosa, pero cebar mate!
-Mejor.
Perico dio vuelta ¡Qué macanudo! ¿Se creería aquel camisudo que él no sabía ni eso?
Casi en voz alta se iba diciendo él esto. Y agregó:
-Creo que este va a joder poco…!
Allí en la cocina largó la risa. El mate parecía un dedal. Ni las mujeres usaban aquello tan chico.

Volvió Perico.
-¡Ta el mate, señor!
-¿Y por qué no lo trajiste?
-¡Ah! ¿Lo quería cebado?
Sí. Tenía que cebárselo y traérselo a la cama.
-¿Y que creías vos?
-¿Yo…? Nada.
No había nada que hacerle. Aquel hombre no sabía tomar mate.
Vino con el mate y la pava.
-No. La pava la dejás allá.
El se quedó esperando que el señor terminara de sorber. Pero el señor no parecía enterarse de la espera. Sorbía muy despacio mientras leía un libro.
Le volvió al fin el mate. Perico volvió con otro y se repitió aquello de esperar allí, al borde de la cama “como un payaso”, quieto y sin conversar.
Al tercero o cuarto mate no podía más, exasperado por aquellas esperas. Esto hasta que vio un retrato. El señor le alcanzó el mate. Como no encontraba la mano del muchacho esperándole se asombró:
-¡Eh! ¿Qué haces?
Le temblaba la voz.
-Nada. Mirando esa mujer.
Fue y volvió con otro mate.
El gesto del hombre era más dulce.
-Entonces mirando la mujer, ¿no…? ¿Te gusta?
-Si, señor.
-¿Y por qué te gusta?
Perico no contestó. El hombre esta vez devolvió el mate enseguida.

Al entrar nuevamente vio que el señor Matías miraba el retrato, visiblemente abstraído. Casi no lo sintió cuando él ya estaba junto a él.
Perico sintió gran curiosidad frente a aquella actitud del señor que ahora ya no era el mismo de hacía un rato.
Sin duda estaba todo él con aquel retrato, olvidado del muchacho que esperaba el mate, pero que ahora lo esperaba sin aquella molesta y nerviosa actitud que le ocasionaba verdadera tortura.
-Andá. Dejalo. Me traes agua caliente y luego no entres hasta que te llame…
Volvió con la pava llena de agua caliente. El hombre entibió el agua que estaba en la palangana y le devolvió la pava. Cerró la puerta.
Perico esperó. Salió vestido de calle.
-Bueno, -le dijo ya sobre la puerta,- ahora barres bien, sacas al sol la ropa de cama, esperas un rato y luego la tiendes. Tira además el agua que hay debajo…
Esto indignó a Perico.
-Yo no soy mujer pa tender camas y tirar escupideras.
El hombre se detuvo como si lo hubiera picado una víbora.
-Te voy a enseñar a contestar, mocoso!
Perico levantó la cabeza y le aguantó la mirada indignada.
-Voy a hablar con tu madre –le dijo.
-Por mi puede hablar con la p… que lo p…
El hombre salió y Perico se fue tras él.
Llegó a su casa. La madre preguntó:
-¿Ya volvés?
-Sí, el patrón me mandó tirar la escupidera y tender la cama.
Le dije que no era mujer y me mandé mudar nomás!
-¡Caminá a partir leña!
Doña Manuela se quedó pensando:
-A mí no me dijo que era para eso –y sonrió.

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3)

Algunos sábados por la tarde, Perico iba a pescar a la laguna de los troncos que estaba allí nomás –apenas tres cuadras de su casa- limitada por los hornos de ladrillo del vasco Don Juan Vizcaya y los lavaderos.
Un camino bordeaba el “Cerro del molino” y separaba el pueblo del valle anegadizo, ancho de una cuadra, que terminaba en la orilla del arroyo.
Vigilaba el valle, evitando que los aprovechados echaran animales a pastorear, el negro Funes, instalado en el viejo estanco de los españoles que daba nombre al paso.
Por el cerro ascendían los ranchos tropezando y agachándose, en vivas actitudes de marcha o de cansancio. El sol en poniente los tomaba de abajo, empujándolos hacia el molino, mordiéndoles de luz las puertas por las que las sombras intentaban ganar el campo.
Un enjambre de estrellas comenzaba a agujerear la noche.
Un coro de ladridos de perros y cuzcos iba y venía como un oleaje hasta Perico y otro coro que estaba más allá de sus espaldas, formado por el croar de millones de ranas parecía disputarse el silencio con la perrada, como una lucha de los ruidos del campo y el pueblo.
Por algún silencio que parecía ordenado por un músico invisible, se entraban los acordeones de los negros Ramos –un amigo de las notas finas y ágiles y el otro rezongando siempre por los bajos de sus contracantos y acompañamientos- que se pasaban por el año entero “sacando” piezas para el carnaval. Tras un cortejo de sauces llorones estaba Perico.
La laguna dibujaba una ese de márgenes cubiertas de sauces criollos.
En las grandes secas los interiores de esta ese quedaban al descubierto, formando islotes que los muchachos convertían en bañaderos.
La arboleda no permitía ver desde los lavaderos, llenos de mujeres, de niñas, a los bañistas desnudos que se lanzaban de las ramas en zambullidas inverosímiles.
Aquella tarde Perico llegó al pesquero cuando la noche ya borraba los senderos y los cenizales de los fogones de los pescadores.
Cortó una rama en horqueta, arrolló el aparejo y luego dejó caer la línea formando en el extremo un nudo corredizo flojo, apoyado en uno de los brazos de la estaca. Así la lazada, al cerrarse en alguna picada imprevista en caso de algún pequeño descuido, al armar un cigarro o distraerse, evitaba que la línea fuese al agua.
Luego la caña. Se sentó. El pequeño farol y la lata de los avíos al lado.
Un fino polvo de claridad estaba aun en el poniente separando la tierra del cielo. Un vislumbre lechoso estampaba el molino en el otro horizonte. La noche y Perico parecían estar solos ahora. Un lento movimiento de la boya lo hizo poner en cuchillas. Así dominaba el plano de la laguna.
La boya y la pluma se veían aún levantadas de las sombras como sobrenadando en el aire.
Fue entonces que en la otra curva frotaron un fósforo.
Oyó el roce y luego percibió la llama sorbida.
El silencio alejó otra vez al pescador cercano.
Volvió a ponerse de pie. Un rumor asordinado llegaba nuevamente a él se agachaba buscando mover con los ojos la boya y la pluma de la línea, como si fuera él mismo el que las arrastrara al hondón de la laguna esponjada del crespones del saucedal, cribado de estrellas.
Como un corazón comenzó a latir el motor de la usina de la luz, en el extremo lejano del pueblo.
Una luz parpadeó ahora en la arboleda cercana, zona del otro pescador. Luego el leve golpear de una lata vacía en la tierra.
La luz dejó la orilla y fue a revelar la boya del otro, cruzó la laguna y fue al llegar a la otra orilla que murió sorbida por la sombra de la barranca arbolada.
Perico sintió entonces la necesidad de conocer al otro.
Pegó un tirón de la caña fingiendo resolver una disparada franca del pez.
-¡Ya se me fue carajo!
Desde el oto pesquero, la otra voz:
-¿El qué?
Era Leandro.
-Nada. Que se me fue nomás.
No se habían visto luego de aquel suceso del cerco. Leandro había dicho que nunca hubiera creído que Perico hiciera lo que había hecho. Este por su parte sintió el suceso como un desgarramiento. Salió de él más triste que indignado. No era que Leandro le hubiera hecho una porquería. Era que Leandro había muerto para él.
Eso y nada más.
Una vez, al volver una esquina, Perico vio que desde la otra aparecía Leandro. Fingió perder algo en el suelo y se agachó.
Cuando se incorporó el otro había desandado el camino hecho.
Así era.
Se evitaban mutuamente.
Un silencio

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4)

-¿Qué te pasa mama? ¿Ta enferma?
Ella le dice que no, y pregunta a su vez:
-¿Las señoritas no te dijeron nada?
Perico intuye un peligro para su libertad.
-¡No! ¿Por qué?
-Quieren que te ocupes de algo…
-¿Quieren?
-Sí. Ellas y él.
No pregunta quienes son ellas y él. Son las señoritas y el cura.
-Tú ya sos grande, Perico…
Ella nunca había pensado que él fuera grande.
-Te estás criando… Uno no se da cuenta como se crían los hijos…
-Sí, sos grande… tenés ya un cuerpo de hombre…
Sí. Entre los chicos del grupo destaca aquel torso bajo y ancho de bigornia y aquellos brazos robustos y cortos. Ahora le habían dicho a ella, las señoritas –“y esas no mienten”- que entra a ver jugar al billar -¡y por plata! En el boliche de los Magariños…
Que una noche había ido a mirar bailar a los milicos, allá en el rancho largo de la Vieja Saavedra, una celestina famosa en el pueblo.
Ya se sabe lo que son estos bailes que organiza la Vieja cuando los soldados cobran el mes… Lo que son y como terminan: en unas verdaderas batallas entre la policía y los bailarines, pues la gente de tropa y los policianos son como perro y gato.
-Lo poco bueno que aprende en la escuela lo olvida en la calle…
Las mujeres exageraban las aventuras de Perico por esa tendencia que tiene la gente de vida muy cerrada en la religión a considerar los actos de las gentes que viven al margen de ella…
-El gerente lo echó y no se sabe por qué…
-Usted, no le dijo lo que fue…?
-Sí, pero ellas no creen…
Agregaba una de ellas:
-Por no sacar una escupidera no lo va a echar… Si todos los pobres creyeran que eso deshonra estaríamos lucidos! El gerente es un hombre delicado y no querría decir la causa del despido… ¡pero vaya a saber qué cosa habría hecho!
Perico se indignaba:
-¿Y usted aguantó?
-Sí. Bien sabes que yo no las contradigo… Son muy buenas…
Sí, piensa Perico, serán buenas, pero creen que la vida es una Iglesia… Y como viven metidas en la Iglesia hasta pueden pensar mal…
-Está bien –dice.
Va el mate. Viene el mate.
Grande será si lo dicen los otros… Y si es grande para unas cosas es grande para todas… No se iba a pasar la vida con un atado de ropa en la cabeza, cruzando el pueblo, como una mujer…
Lo saca la madre del soliloquio.
-No te vas a pasar la vida apedreando pájaros y paseando, como un muchacho suelto…
El no dice nada. Ahora casi no oye lo que dice la madre.
Sigue con sus pensamientos. Algunos casi le hacen reír.
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Está mal que ellas y el cura -no él mismo- hayan pensado que es grande y que debe trabajar…
Recuerda que Goyito Ferreira –mucho más chico que él- trabajaba de lechero. Se levanta a las dos de la mañana a ordeñar… Reparte la leche… Compró un puñalito de plata y oro y un cinto para sujetarlo… Tiene tabaquera y yesquero que lleva en el bolsillo… Y cuando alguno le dice que es muy chico para fumar como un hombre, responde:
-El tabaco lo compro con mi plata… Para eso trabajo… Si tengo el vicio me lo pago…
Juan Mozo se fue con el padre que es carbonero. Tiene doce años, hace la comida para ocho obreros del carbonal, tira tiros de revólver a los carpinchos, distingue las víboras de la cruz de las otras que no son venenosas, a las que agarra con la mano…
La voz de dona Manuela lo trae a la realidad. Lo despierta. Ella también acaba de regresar de un viaje hacia la niñez de Perico y retoma la frase que dejó trunca:
En la Casa Parroquial te dan empleo…
-¿Eh?
-Sí. Cuidas plantas… barres el colegio… riegas el jardín… repartes invitaciones de funerales de muertos ricos…
Hasta ese momento él estuvo tratando de canalizar sus pensamientos en un deseo de desembocar en una solución, porque es grande y tiene que trabajar… ¿Pero andar entre polleras de curas y mujeres?
-¡Eso no! Una cosa es andar con atados de ropa en la cabeza y otra cosa eso… Si soy grande no voy a andar aguantando curas y viejas… Y termina con estas palabras:
-¡Y no voy más a la escuela tampoco!
-¿Cómo…? ¿Cómo es eso?
-Como es nomás…! Y si voy a la escuela será a la del Estado…
-A la del Estado, repite –donde no hay niños que paguen hasta doce pesos, y otros “gratis” como él… Ni ricos ni pobres… ¡Y a los alcahuetes se le rompen los dientes!
Doña Manuela se asombra:
-¿Pero qué querés decir?
Que allá los niños que pagaban siempre tenían razón… Además están separados. En los recreos los otros juegan con pelotas –“pelotas que hasta son de inflar”- y ellos, los gratuitos, miran tristes, inmóviles contra el muro, para no estorbar las corridas de los que se divierten.
Y no eran los otros niños los que les prohibían participar en los juegos. Eran los maestros, que decían que ellos eran muy brutos y era mejor que no jugaran…
Una vez preguntó Héctor Almeida, el hijo del Jefe de Policía:
-¿Y por qué no quiere que Perico no juegue conmigo?
-Ahora podría jugar contigo… Pero cuando sea más grande va a querer meterse entre la gente. Son costumbres que no convienen…
-Esas son bobadas, dice la madre, y no tiene nada que ver con la enseñanza… ¿No enseñan para todos?
El no busca la contestación. Si ella dice que son bobadas está bien, Para él no va más y se acabó. Si ella no encuentra que aquello está mal, él no tiene la culpa.
-¡Si no entiende eso, no entiende nada!
La frase atrevida indigna a la madre:
-¡Caminá a traer el rebenque!
El va y lo trae. Se lo entrega.
-Por favor mama, no me pegue…!
No era un ruego. Era más bien una advertencia.
Ella titubea. Él se da vuelta. Ofrece la espalda. La deja que resuelva la situación. Pasa un siglo en la espera ¿Qué hace ella?
El está de espalda. Espera los golpes que sabe no llegarán. Sin embargo los espera con una rebeldía pronta a estallar ahora.
Como no llega el castigo se pone de frente. La actitud doliente de la madre le despierta el niño. Se estrella de dulzura y va hacia ella.
-Perdón mama… No quise decir eso… perdón…
Y la abraza lleno de lágrimas.

Perico va a trabajar a lo de don José, el zapatero, de aprendiz.
Don José es piamontés. Bajo y sanguíneo. El taller está detrás del mostrador en un salón muy grande y destartalado.

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5)
Don José era el zapatero del batallón. Casi todos los días Perico llevaba allí las botas recompuestas.
Contra el muro, frente al cuartel, con la vista fija, clavada en el portón, en angustiosa espera, una multitud de niñas y niños vestidos con pingajos, aguardaban el poco de rancho que les daban a los soldados con familia.
Las latas ahumadas colgaban de sus manos. Era una multitud callada, que parecía concentrar toda su atención en el portón vacío.
Perico era muy sensible a ese espectáculo. Aquel friso de miseria le entristecía terriblemente.
Eso hasta que enfrentaba a los hombres. Entonces una rabia sorda le subía desde el alma. Los soldados eran para él culpables de que aquellos niños callados y pegados al muro, estuvieran allí, con la lata sucia esperando comida.
Cruzó la calle, enfrentó al soldado de guardia y se dispuso a franquear el portón.
-Parate un poco, le dijo el soldado.
-¿Qué? ¿No puedo entrar?
-¿No te animás a hacer un mandado?
-¿Adónde?
-Vas hasta allá –señaló un rancho que distaba apenas cincuenta metros- y le decís a la mujer que te de el encargue… Vas al boliche de la esquina. Ten van a dar una botella… La llevás al rancho y ya está…
El había oído decir que los soldados cambiaban las provisiones que les vendían los habilitados, por caña y tabaco. Los bolicheros explotaban el vicio haciendo el trueque con ganancias escandalosas.
El no iba a andar con esos asuntos. Por eso se negó.
-Yo no puedo. Vengo a traer las botas.
-Es un momento. Andá.
-No –le contestó- estoy apurado.
-Ta bien. ¡Me la vas a pagar mocoso de m…!
Y tras la indecisión de Perico que no se atrevía a cruzar el portón:
-Entrá. ¡Y ojo con abrir el pico!
Tan pronto traspuso el portón, advirtió la presencia del sargento, que estaba allí, escuchando sin duda la conversación.
-¿Qué te dijo? –le preguntó-
-¿A mí? ¡Nada!
-¿Cómo nada? ¿Te vas a hacer el bobo? ¿No sabés que no podés hablar con el guardia?
-Fue él que me habló.
-Ahora te vas a entender con el capitán.
Perico fue hasta donde éste. Le entregó las botas. El hombre no pareció muy conforme con el trabajo.
-Decile al gringo que esto está como el culo de él…
Desde la puerta el sargento hizo la venia. Pidió entrar.
Habló despacio con el capitán. Dio dos o tres pasos hacia atrás, esperando.
-¡Ah! ¿Con que estuviste con el guardia? No sabés que es un compromiso para vos…? ¿Qué te dijo?
-Me pidió que le hiciera un mandado.
-¿Adonde?
-No sé. No me dijo.
Se dirigió al sargento:
-¿Usted no sabe?
-Sí mi capitán. Era al rancho y al boliche.
-Ta bien.
Se dirigió a Perico:
-No salís de aquí hasta que no confieses.
Perico sintió ganas de llorar. Los niños que estaban pegados contra el muro como figuras de cartón, y los soldados –aquéllos que vio al entrar- lavando ropas como mujeres, se le vinieron a la memoria.
Frente a él, cruzando el patio, unos reclutas pasaban marcando el paso al compás de un tambor. Por un momento olvidó al capitán y el sargento que estaban allí, frente a él, empequeñeciéndole, lastimándole el espíritu ya dolorido de aquellas cosas que había visto y que veía.
-Bueno. Traiga al soldado y un rebenque. Vamos a ver si soltás la lengua.
-Me pidió que fuera al rancho… Me iban a dar un paquete.
-¿Qué más?
-Allí tenía que dejarlo en el boliche y me daban una botella.
-Ta bien. Te vas a comer un plantón por alcagüete . ¡Tan chico y tan fallito!
-Yo no quise ir.
-Vos no fuiste cuando me viste a mí.
Eso dijo el sargento y agregó:
-Ya habías dejado las botas para ir.
Perico sintió asco de aquel hombre.
-Bueno andate –dijo el capitán- y metete en otra que yo te acomodo…
Cuando salió ya no estaba el soldado aquel del mandado. Habían cambiado la guardia.
Apresuró el paso y ganó la calle. Entonces comenzó a llorar largamente, como si le hubieran quitado una cosa que deseaba sobre todas.
Los niños seguían allí, pegados al muro de la espera. El sargento había dicho aquello que había dicho. ¡Parecía mentira que un hombre pudiera calumniar así a un niño…!
Tras sus propias palabras el soldado vicioso estaría tal vez sufriendo quién sabe qué castigo.
Lentamente le fluían las lágrimas.
Los niños seguían allí contra el muro de la espera. Tenían una lata colgada del brazo. No jugaban ni hablaban. Esperaban. Eran hijos de hombres como aquel soldado y aquel sargento.
Al doblar la esquina se volvió. Los niños seguían allí esperando.
Clavados contra el muro. Clavados por las miradas anhelantes, contra el portón por donde vendrían a llenarles de rancho las latas sucias…

Antes de ir a la zapatería volvió a su casa. Sentía ganas de llorar. Una sola cosa le preocupada. La de que su madre no estuviera allí.
Apresuraba el paso como temiendo no llegar.
La idea de encontrar su casa vacía le angustiaba. Como si fuera herido, desangrándose, a un lugar alejado de los lugares donde transcurre la vida.
Pero estaba su madre.
Lloró copiosamente. Le contó al fin el suceso y resolvieron que ya no iría más a la zapatería.

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