LEYENDAS
DEL ÑACURUTÚ
Sergio López Suárez
GARRA CHARRÚA
Muchas personas sostienen que el mito
de la “garra charrúa” nació hace mucho tiempo,
entre los años 1924 y 1950, cuando un grupo de uruguayos deslumbró
al mundo jugando espectacularmente al fútbol…
¡Ja, Ja! ¡Nada que ver! Esa es una de las tantas versiones
libres que andan circulando por ahí, porque la única y
verdadera historia del origen de la garra charrúa la llevo aquí,
justo a la altura de mi pecho…
¿No me creen?
Bueno, sí, lo reconozco, es difícil de creer…
Tal vez si les anoto algunos datos sobre quién soy yo, les resulte
más fácil creerme. Presten atención: soy un ave,
me llamo Ñacurutú; soy pariente directo de las lechuzas,
hablo usando el dialecto de los pájaros, tengo un par de ojos
que parecen huevos fritos, y siempre llevo colgada de mi pescuezo una
garra enorme que perteneció a mi tatarabuelo, Gran Lechuzón
Ñacurutú Primero.
Nuestra tradición familiar asegura que esta uña larga
y gruesa que cuelga de mi cuello es la famosa garra charrúa…;
pero mi mamá me dice que en verdad se trata simplemente de una
garra que mi tatarabuelo perdió en una pelea con un zorro que
lo quería comer.
Como se darán cuenta, en las historias familiares, así
como en la historia de los indígenas que habitaron la tierra
charrúa, existen distintas versiones para explicar sucesos no
muy conocidos.
Sin embargo, como soy un ñacurutú de ley, y como valoro
mucho recordar con respeto nuestras tradiciones, decidí escribir
estas leyendas tal como mi tatarabuelo las contaba a los búhos
y lechuzas que solían escucharlo acurrucados en el viejo ceibo
de la comunidad.
Para escribir estas historias usé tinta azul fabricada con hojas
de jacarandá… Y la pluma para el trazado de las letras
fue, ¡por supuesto!, la garra puntiaguda que me legó el
entrañable Gran Lechuzón Ñacurutú Primero,
mi adorado y divertido tatarabuelo.
Cuestionario
• ¿Qué sostienen algunas
personas con respecto a la “garra charrúa”?
• ¿Qué es un ñacurutú? ¿de
quién es pariente?
• ¿Cómo se comunica y a qué son parecidos
sus ojos?
• ¿Qué lleva colgada en su pescuezo?
• ¿A quién perteneció dicha garra?
• Según el ñacurutú ¿qué afirma
su tradición familiar?
• ¿Qué le dice la mamá con respeto a eso?
• ¿Qué decisión tomó el ñacurutú
respetando la tradición familiar?
• ¿Dónde escuchaban los búhos y las lechuzas
las leyendas que le contaba el tatarabuelo del ñacurutú?
• ¿Para narrar sus leyendas, de que color era la tinta
que usó el ñacurutú? Dicha tinta ¿estaba
fabricada por hojas de qué árbol?
• Y la garra ¿en qué la utilizaba?
Para
recordar
Ñacurutú:
Es la mayor de nuestras lechuzas, llega a medir hasta medio metro de
altura. Muchos consideran que es la más voraz de las aves rapaces;
el ñacurutú es capaz de comer roedores, liebres, comadrejas,
zorrinos, mulitas, patos, perdices y muchos animales. Puede vivir hasta
cuarenta años.
Ceibo:
El ceibo pertenece a la familia de las leguminosas; es un árbol
originario de la zona subtropical de América, no muy alto, de
tronco retorcido y madera porosa muy liviana. Las semillas se guardan
en vainas encorvadas. Sus flores son rojas, de un color carmín.
Es flor nacional en Uruguay y Argentina.
Jacarandá:
Árbol sudamericano parecido al timbó y al árbol
de Artigas, pero que se caracteriza por las flores de color azul alilado
que aparecen en primavera.
LEYENDA DEL LAJAU
“¡Lajau!, dijo el dios Tupá
que estaba creando las plantas.
Y Lajau, el ombú, apareció por primera vez en la tierra
de los ñacurutúes.
Enseguida Tupá procedió como lo hacía habitualmente:
tomó con mucho cuidado el ombú y lo colocó sobre
su mesa de trabajo, al lado de los diminutos árboles que terminaba
de inventar.
La copa del ombú tenía el tamaño de un coquito
de butiá. El buen dios sabía que el ombú no estaba
conforme con las dimensiones que acababa de otorgarle.
“Ya tendrás tiempo de crecer; cuando yo mismo te instale
en la tierra”, repetía con dulzura Tupá, habándole
al ombú y a cada una de sus pequeñas creaciones vegetales.
Un rato después, mientras Tupá calentaba el agua para
tomar unos mates, escuchó que los arbolitos hablaban animadamente
entre ellos. Lo que en un principio fue un simpático cuchicheo
de hojas, pronto se transformó en un alboroto insufrible de troncos,
ramas y raíces, que taladró los oídos del buen
Tupá.
-Bueno, ¡basta por hoy!, ¡cállense un poco, escandalosos!
–ordenó Tupá, sacudiendo en el aire un matecito
recién cebado-. ¡Escúchenme con atención,
manojo de hortalizas! ¡Llegó la hora del “me gustaría”!
Bastó con que Tupá mencionara el “me gustaría”,
para que el escándalo terminara bruscamente.
-¿Qué es eso del me gustaría? –preguntó
el ombú.
-Es una oportunidad que les doy a mis creaciones –respondió
Tupá.
-¿Una oportunidad para qué? –indagó de nuevo
el ombú.
-Y… es una oportunidad para que me digan cómo les gustaría
ser…
-¿Cómo nos gustaría ser cuando seamos grandes?...
O ¿cómo queremos ser desde ahora que somos chicos? –insistió
el ombú, dudando, porque no es común que un dios ande
por ahí preguntándoles a las cosas cómo les gustaría
ser en el futuro.
-Dejame pensar un poco… -dijo Tupá-. Yo les pregunto cómo
querrían ser ustedes cuando sean grandes… Pero para eso
tendrían que ir preparándose desde ahora que son pequeños,
¿no?
-¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! –respondieron
todos a la vez…
Y de inmediato, arriba de la mesa de Tupá se armó ¡bruta
discusión!, porque cada árbol quería ser el primero
en mencionar su deseo. La escandalosa algarabía que producían
los arbolitos creció hasta que Tupá decidió cortar
por lo sano.
-¡Bueno, basta! ¡Despacito por las piedras! –gritó
el buen dios, fulminando con una mirada al monte enano que tenía
enfrente-.
Será mejor que nos ordenemos un poco… A ver, vos, quebracho:
¿cómo te gustaría ser de ahora en adelante, hasta
que seas bien viejito?
El quebracho titubeó un poco antes de responder.
-En fin, la verdad es que yo… Creo que a mí me gustaría
que… Pienso que…
-¿Podrías decidirte de una vez? –lo apremió
Tupá.
-¡Sí, sí, ya lo tengo! –anunció, feliz,
el quebracho-. Quiero ser fuerte y durísimo, para resistir los
golpes que la suerte me dé.
-¡Está bien, que así sea! –decretó
Tupá tocando al quebracho con un solo dedo. Y enseguida el quebracho
se volvió duro y fuerte.
-¿Y a vos, jacarandá, que te gustaría?...
-La verdad, diosito, que yo me conformo con vestir de lila durante algunos
meses del año.
-¡Está bien, que así sea! –decretó
Tupá tocando al jacarandá con un solo dedo. Y enseguida
el jacarandá envolvió su copa con mil flores lilas.
-¿Y a vos, timbó, cómo te gustaría ser?
–preguntó Tupá, apurando la cosa porque la noche
se les venía encima.
-Yo quisiera tener mil orejas, para escuchar al viento y el canto de
los pájaros…
-¿Orejas? –preguntó, extrañado, Tupá.
-Sí, orejas –confirmó muy seguro el timbó-.
Y si son negras, mejor.
-¡Está bien!, gustos son gustos; ¡que así
sea! –decretó Tupá tocando al timbó con un
solo dedo. Y enseguida el timbó se cargó de frutos oscuros
parecidos a orejas.
Así continuó Tupá por casi dos horas, hasta que
llegó el turno del ombú, quien había tenido un
buen rato para pensar.
-¿Y a vos, ombú, qué es lo que te gustaría?...
–indagó contento Tupá, porque era el último
pedido que debía conceder esa noche.
El ombú respondió sin titubear:
-Yo no quiero madera dura ni flores de colores ni perfumes excitantes
ni espinas gruesas ni mil orejas negras…
-¡Pará, pará un poquito, ombú! –dijo
Tupá de repente-. ¿No podés abreviar un poco?
No necesitás nombrar todo lo que no querés, decime simplemente
aquello que te gustaría.
El ombú entendió bien la indirecta, por eso expresó
de un tirón su deseo:
-Yo quisiera un tronco voluminoso de madera blanda, más esponjosa
que la de la palmera; y una copa espesa, para brindar mi sombra a bichos
y hombres que vengan a mí en busca de amparo…
-¡Está bien, que así sea! Decretó Tupá
tocando al ombú con un solo dedo. Y enseguida el ombú
tuvo el tronco grueso de madera blanda y una copa inmensa, tal como
había pedido.
Y dicen que Tupá, conmovido por el árbol que pedía
virtudes para compartirlas con bichos y gente, decidió otorgarle
un don único, un don que eternizara la bondad vegetal que el
ombú demostraba tener…
Y aseguran que Tupá, en un arrebato de infinita generosidad,
y sin un solo toque de sus dedos, allí mismo decretó que
el ombú fuera inmortal…
Todavía hoy en día los hombres
discuten sobre la supuesta inmortalidad del ombú…
Contaba mi tatarabuelo, Gran Lechuzón Ñacurutú
Primero, que cuando él era chico, también analizaban si
era verdad esto de que Tupá había hecho al ombú
inmortal. Él admitía que algo de cierto tenía esta
leyenda, porque muchos ñacurutúes habían visto
que, si bien un ombú parecía morir por uno de sus lados-
desmigajando su tronco en blanco aserrín-, paralelamente podía
verse que nuevos brotes del ombú iban germinando por el lado
opuesto…
Cuestionario
• ¿Cómo se llamaba
el dios creador de las plantas?
• ¿Qué planta apareció por primera vez en
la tierra de los ñacurutúes?
• ¿Qué significa Lajau?
• ¿Qué hizo Tupá con el ombú?
• ¿Qué sabía el dios acerca del ombú?
¿qué le dijo respecto a eso?
• Tupá ¿le hablaba sólo al ombú?
• ¿Qué acostumbraba tomar el dios Tupá?
• En determinado momento ¿qué comenzaron a hacer
los arbolitos?
• ¿Qué hizo Tupá ante lo sucedido?
• Menciona cómo quería ser cada árbol en
el futuro: el quebracho, el jacarandá, el timbó y el ombú.
• Tupá ¿cumplió los deseos de cada arbolito?
• ¿Cuál fue el deseo del ombú?
• ¿Cuál fue el don que el dios le dio a dicho árbol?
• ¿Qué habían visto los nacurutúes
según el Gran Lechuzón Ñacurutú Primero
qué hacía pensar que la leyenda de Tupá y el ombú
era cierta?
Para recordar
Lajau:
Ombú
Ombú
(Lajau): Su nombre es una voz guaraní que
significa sombra o bulto oscuro. Típico árbol corpulento
perteneciente a la flora nativa de Uruguay, Argentina y algunas zonas
de Brasil. Suele superar los diez metros de altura y su tronco puede
alcanzar varios metros de diámetro. Se lo encuentra frecuentemente
aislado, y en agrupaciones vegetales como en la llamada Isla de los
ombúes, en el cerro Arequita, Lavalleja, Uruguay, y el famoso
Bosque de ombúes, que se extiende alrededor de la laguna de Castillos,
en el departamento de Rocha, Uruguay. Este bosque fue declarado área
protegida, pues se trata de la formación de ejemplares de esta
especie más numerosa del planeta; algunos de los ombúes
de esta agrupación tienen más de quinientos años.
Quebracho:
Árbol grande, de tronco generalmente recto y largo, de color
castaño rojizo profundo, con follaje verde oscuro y flores amarillentas.
Se piensa que su nombre proviene de la contracción “quiebra
hacha”, por la dureza de su madera. Se utiliza para confeccionar
postes para alambrados y durmientes para las vías férreas.
También la gran resistencia de su madera es aprovechada para
confeccionar morteros, palos de amasar, ceniceros, bochas, y como madera
de obra, para construcciones que están a la intemperie. El elevado
contenido de tanino que posee permite la obtención de ese producto,
fundamental para el curtido de cueros.
Jacarandá:
Árbol sudamericano parecido al timbó y al árbol
de Artigas, pero que se caracteriza por las flores de color azul alilado
que aparecen en primavera.
Timbó:
Árbol conocido también con otros nombres: timbopuitiá,
timbó colorado, timbó pacará, oreja de negro (cambá-nambí).
Cambá-nambí (guaraní) alude a la forma de oreja
del fruto, una legumbre lisa de color pardo oscuro que forma un círculo
incompleto, con orificio, y en cuyo interior contiene entre cinco y
catorce semillas. El fruto es lo más característico de
este árbol, de ahí su denominación de “oreja
de negro”. La corteza es de color gris ceniza. La madera del timbó
es liviana, resistente y muy durable, aun si está en contacto
con el agua; por estas razones es muy utilizada para confeccionar muebles
y muchísimos artículos. En los ambientes selváticos
del norte argentino el timbó puede alcanzar los treinta metros
de altura. Desde tiempos inmemorables el timbó ya era usado por
los aborígenes. Tanto las hojas como la corteza y los frutos
tienen aplicaciones en la medicina popular.
Tupá:
El supremo dios del bien para los charrúas.
LEYENDA DEL HORNERO
Mi tatarabuelo, quien –como ustedes
saben- se llamaba Gran Lechuzón Ñacurutú Primero,
se emocionaba mucho cada vez que narraba esta leyenda, porque en ella
se cuenta la historia de un lejano pariente plumífero que los
aborígenes llamaron ogaraití, y al que nosotros conocemos
con el nombre de hornero, el pájaro arquitecto.
Contaba mi tatarabuelo que Ogaraití era un indio joven, fuerte
y valeroso, que vivía con su padre en la profundidad del espeso
monte nativo…
Ogaraití era un excelente cazador; difícilmente un ñandú
lograda escapar de las boleadoras de dos piedras arrojadas por él.
Laiusam, llamaban los indígenas a esta peligrosa arma arrojadiza
que el joven aborigen manejaba con letal eficacia; y pocas veces una
yuambú –una perdiz- pudo esquivar la flecha disparada con
el poderoso afia, el arco fabricado por el padre de Ogaraití.
Un atardecer, cuando Ogaraití retornaba cargando un fabuloso
tatú que acababa de atrapar, escuchó una melodía
entonada por una dulce voz femenina.
Ogaraití se acercó sigilosamente para descubrir a quién
pertenecía la admirable voz…
Se sorprendió mucho cuando comprobó que la canción
era entonada por la hija del cacique de la tribu.
Cuando Ogaraití vio el hermoso rostro de la india quedó
turulato por su belleza; se enamoró tanto que perdió las
ganas de cazar, perdió la puntería y casi pierde el respeto
de su padre, quien debió reprenderlo muchas veces diciéndole
que se dejara de bobadas, y que prestara mayor atención a sus
responsabilidades indígenas.
Para suerte del padre, el hijo se dejó de pavadas; no porque
decidiera hacerle caso, sino porque las lunas anunciaban que a Ogaraití
le había llegado el momento de abandonar la niñez aceptando
el arribo definitivo a la juventud…
La tradición indígena indicaba que para ser aceptados
legalmente como jóvenes, todos los niños que llegaban
a la edad de Ogaraití debían competir entre ellos midiendo
sus capacidades, enfrentándose a tres difíciles pruebas:
una carrera a pie; una carrera a nado y una resistencia al ayuno.
Además, de acuerdo con las leyes impuestas por los ancestros,
si un mismo competidor ganaba las tres pruebas, al triple vencedor debían
concederle un premio significativo.
En esta oportunidad, el joven que triunfara tendría como premio
la autorización para casarse con la hija del cacique.
Como podrán imaginarse, para Ogaraití ese era el premio
más sensacional que podían concederle. Por eso no tuvo
problema cuando debió competir corriendo a través de un
campo colmado de abrojos y ortigas.
Fascinado de amor por la india de cara perfecta, Ogaraití corrió
como solía hacerlo el venado del campo cuando era perseguido
por una partida de veloces cazadores.
Ogaraití no sintió los pinchazos de los abrojos clavados
en sus pies desnudos ni percibió los alfilerazos ardientes propios
de las ortigas.
Por correr así, pronto Ogaraití sacó una ventaja
inmensa al grupo de jóvenes que competían con él,
y la consecuencia lógica de correr tan rápido fue que
Ogaraití resultó el ganador absoluto de la primera prueba.
Cuando le tocó competir en la carrera a nado, Ogaraití
pensó que le sería muy difícil ganar esta prueba,
porque los jueces habían elegido una zona en donde la corriente
del río Uruguay era terriblemente fuerte.
Sin embargo, no bien se sumergió en las heladas aguas del venerado
Uruguay, Ogaraití comenzó a deslizarse sin dificultad
sobre la corriente turbulenta.
Al nadar como si fuera un enorme bagre marino, Ogaraití sintió
que la fuerza de sus poderosas brazadas provenía del espíritu
de ese pez gigante que sus ancestros llamaban bagadú, y del amor
descomunal que sentía por la hija del cacique.
Ogaraití nadó feliz… Y feliz calculó el rumbo
que lo llevaría a la playa de la orilla opuesta.
El muchacho emergió en el lugar exacto donde esperaban los tres
jueces que arbitraban las competencias.
-Ogaraití ganó por muchas olas de ventaja –comentó
el juez ubicado a la derecha.
-Ogaraití ya ganó dos pruebas… -agregó el
juez del medio.
-Si Ogaraití vence en la tercera prueba, podrá casarse
con la hija del cacique… -sentenció el juez instalado a
la izquierda.
Ogaraití escuchó los comentarios de los jueces, pero no
se ilusionó, porque el joven guerrero sabía que en la
tercera prueba debería enfrentarse a exigencias muy distintas.
-En la próxima prueba competirás contra ti mismo. Aquí,
en esta playa, deberás estar inmóvil y deberás
resistir sin comer por nueve días y sus correspondientes noches…
-anunció el juez más alto, dirigiéndose al empapado
Ogaraití.
-Y solamente podrás beber agua del río que dejaremos junto
a ti en estas nueve vasijas de barro… -advirtió el juez
más petiso.
-Además, te cubriremos con este cuero, que por nueve días
y nueve noches será tu cárcel personal… -decretó
con voz sombría el juez más flaco.
Ogaraití aceptó resignado las extrañas condiciones
de la tercera prueba; y ya metido en la terrible cárcel de cuero,
rogó a los dioses que le dieran el poderío de It, el fuego,
para resistir sin comer durante tantos días y sus correspondientes
noches.
Sin embargo, el destino de Ogaraití tenía preparada una
sorpresa extraordinaria, que la narración de Gran Lechuzón
Ñacurutú Primero enfatizaba con placentera devoción.
Es bueno saber que, aunque no lo parezca, toda la tribu, durante el
transcurso de la tercera prueba, estaba pendiente de la salud de los
jóvenes que competían. Tres veces al día, sin que
los competidores lo supieran, eran observados desde cerca por cuatro
indios veteranos. Y todas las noches, una delegación integrada
por ancianos de la tribu acompañaba a los jueces, para retirar
de la competencia a los jóvenes que ya no resistían más.
Sólo Ogaraití resistió la totalidad de días
y noches establecidas por la tercera prueba.
La novena noche, cuando los jueces iban a liberar a Ogairití,
ocurrió el milagro. Aconteció en el momento justo en que
la tribu entera rodeaba a Ogaraití para declararlo ganador absoluto
de la competencia. Ante los ojos asombrados de la comitiva, Ogaraití,
junto con el curso que lo envolvía, comenzó a achicarse…
Y antes de que una lechuza chistara tres veces, Ogaraití se transformó
en un pájaro de plumas marrones, que salió volando hacia
donde estaba la hija del cacique. Luego de revolotear sobre la india
que amaba, Ogaraití se elevó hasta las ramas de un lapacho
y lanzó desde allí su primer canto alegre y melodioso.
Y antes de que la lechuza cantara de nuevo, y mientras la tribu aún
no había salido de su asombro, se completó el milagro
con otro hecho extraordinario: la hija del cacique también se
transformó en un ave de color rojizo…
Y cuentan quienes lo vieron, que en cuento la india fue pájaro,
escapó volando hasta las ramas del lapacho en donde la esperaba
inquieto el valiente Ogaraití.
Y agrega la leyenda que ese fue el origen de la pareja de horneros,
las aves arquitectas, las aves enamoradas cuyo nido de barro perpetúa
la silueta de Ogaraití, el valiente charrúa que se redujo
encerrado en una cárcel de cuero.
Cuestionario
• ¿De quién se habla
en esta leyenda?
• ¿Cómo lo llamaban los aborígenes?
• ¿Quién era Ogaraití, según el Gran
Lechuzón Ñacurutú Primero? ¿Dónde
vivía? ¿A qué se dedicaba?
• ¿Qué arma manejaba con gran facilidad?
• Recuerdas cómo se llamaba el arco que fabricó
su padre para dicha arma.
• Un atardecer cargando un……. Ogaraití escuchó………….
• ¿Qué descubrió Ogaraití en ese momento?
• ¿De quién se enamoró?
• ¿Qué le sucedió al enamorarse que lo llevó
a perder casi el respeto de su padre?
• ¿A qué etapa de su vida entraba Ogaraití?
• ¿Qué indicaba la tradición indígena
para ser aceptados legalmente como jóvenes?
• ¿Cuáles eran las pruebas?
• ¿Cuál era el premio que recibía el joven
que ganaba las tres pruebas?
• Al saber cuál era dicho premio ¿cómo se
comportó Ogaraití en las pruebas?
• Especifica detalle de cada competencia.
• ¿Cuáles eran las condiciones de la tercera prueba?
• ¿Cuál y por qué fue el ruego que hizo Ogaraití
a los dioses?
• Durante la tercera competencia ¿qué hacía
toda la tribu?
• ¿Quién fue el único que soportó
todas las pruebas?
• La novena noche, cuando finalizaba la competencia, ¿qué
milagro ocurrió? Detalla los acontecimientos.
• ¿Cómo se completó el milagro?
• ¿Qué árbol fue protagonista de esta emocionante
historia?
• Cuenta la leyenda que fue el origen de la pareja de………
Para recordar
Afia:
Arco o arma. Los arcos de los charrúas eran simples. Se conservan
dos arcos considerados charrúas: uno de ellos mide 1,75 m y el
otro 1,55 m. Las flechas eran más bien cortas, medían
aproximadamente 60 cm. y eran hechas con palo de sándalo o con
cañas tacuaras. Las puntas de las flechas eran fabricadas con
rocas duras, como el cuarzo, el ágata o el sílex, que
incrustaban en cortes realizados en un extremo de la madera o caña
tacuara, y que ataban con fibras vegetales. En el otro extremo de la
flecha ponían plumas de aves.
Bagadú:
Es un pez que llega a medir cerca de un metro. También es conocido
con el nombre de “bagre de mar”. Algunos pescadores lo denominan
“mochuelo”. Aunque vive la mayor parte del tiempo en el
mar, cuando llega la estación de cría, peces de esta especie
penetran en la laguna de los Patos (Brasil), pasan a la laguna Merín
y remontan el río Cebollatí, donde se encuentran sobre
todo en diciembre y enero.
Un dato muy curioso es que el bagadú macho deja de comer durante
varias semanas porque recibe en su boca entre 30 y 50 huevos que la
hembra deposita allí para que sean incubados por el padre. (¡Este
sí que es un excelente ejemplo de papá consagrado a sus
hijos!).
Laiusam:
Boleadora de dos piedras o ramales.
Ogaraití:
Hornero. Es un ave exclusivamente americana, pequeña, de color
rojizo. Para la construcción de su admirable nido utiliza barro
con restos de vegetales.
El poeta Juan Burghi, en su poema “El Hornero”, celebra
las virtudes del pájaro arquitecto:
…Que al realizar su tarea/ exalta sus claros sones, / cual si
a fuerza de canciones/ moldeara el barro que emplea. Privilegiada misión/
de hacer una obra cantando, / que así en ella van quedando/ el
alma y el corazón.
Tatú:
(Armadillo) Mamífero de América del Sur que tiene el cuerpo
cubierto de seis a ocho placas córneas móviles. Se caracteriza
por enrollarse en forma de bola. Posee cabeza chica, patas cortas con
cuatro dedos en las anteriores y pies con poderosas uñas. Tiene
el hocico puntiagudo. Su cuerpo llega a medir cuarenta centímetros
y su cola, veinticinco. Puede llegar a pesar hasta treinta kilos.
Tupá:
El supremo dios del bien para los charrúas.
Yuambú:
Perdiz; ave propia de nuestro continente, de color ocre con manchas
negras y pardas, que vive en campos abiertos, pajonales o grandes pastizales.
Pasa la mayor parte del tiempo escarbando el suelo para buscar alimentos:
gusanos, insectos, semillas y pequeños frutos. Se caracteriza
por producir un siseo violento al agitar velozmente sus alas cuando
arranca vuelo. Es muy común que el vuelo sorpresivo de una perdiz
sobresalte a quienes caminan por campos en los que estas aves tienen
sus nidos.
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información sobre el LAPACHO
Material
extraído de “Leyendas del Ñacurutú”
– Sergio López Suárez – ilustraciones de Sebastián
Santana – Segundo Premio Nacional de Literatura para Niños,
categoría inéditos – Ministerio de Educación
y Cultura, 2007 – Grupo Santillana de Ediciones, S.A. (Alfaguara)
– primera edición: febrero 2009.